Semana Santa: Jesús nos lleva alapa

La Semana Santa, para quien lo quiera, es un esfuerzo —por cierto arduo, porque recordar a Jesús llevando sobre sus hombros a los rendidos lo es— de rajar la vivencia irrelevante del tiempo para que irrumpa un tipo de tiempo, si lo hubiera, que pueda sanarnos y mejorarnos.

“Que llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada”, dice más o menos Serrat en una canción.

Tengo un ateo dentro de mí. Es mi mejor amigo. No exagero, es el mejor: nadie me cuida más de la pérdida del sentido de la realidad que nos está devorando. Conversamos. Discutimos.

Anoche en sueños mi amigo ateo me dijo: “Semana Santa”. “¿Y qué?”, le respondí. Como no lo voy a saber. Soy cura. Tengo en la agenda el retiro que debo dar el viernes y el sábado, el vía crucis, la misa de Pascua, etcétera, lo típico. “Lo típico no debiera ser típico”. Me rebatió mi amigo. “Este es un grave problema en el clero. El cura tiene que ayudar a redescubrir lo atípico en lo típico”. No le entendí bien.

Mi amigo ateo se explayó. “Pon atención a lo que está ocurriendo con los contemporáneos, sea cual sea su pelaje. El futuro, el afán porque sus hijos sean más que ellos, que sean universitarios, por ejemplo, ha comenzado a alienarlos a ellos y a sus mismos hijos”. La conversación fluyó con facilidad. También yo pude compartir mis ideas.

La humanidad se encuentra en una competencia feroz. No solo hay que hacerlo mejor que los demás. Es imperioso adelantárseles. El secreto de la derrota de los otros está en la velocidad. Este, que es el motor de la actividad empresarial y comercial, ha contaminado las otras áreas de la existencia. La vida se acelera. Supuestamente vamos ganando. Van ganando, en verdad, los psiquiatras y los psicólogos. “Las pastillas contra la ansiedad”, agrega mi amigo ateo. Los lentos están condenados a hacer las cosas mal. Las especies animales se extinguen, se agotarán las aguas y las personas no pueden perder un minuto.

“La calidad del tiempo se degrada”, sentencia mi amigo. No hay posibilidad de parar, detenerse, respirar, mirar hacia arriba, hacia el lado. Mirar para atrás es un riesgo mortal. “Corre, corre, la guaraca, al que mira para atrás se le pega en la pelá”, decíamos cuando niños. Correr y olvidar. Olvidar para correr. Correr todavía más rápido. Es la única manera de ser intrascendentes y de esto, tristemente, se trata. Solo quede enfocarse en el futuro, aunque no nos lleve a ningún lado, porque todo se vuelve irrelevante. Todo, menos sobrevivir. Los descansos, el ocio, adentrarse en la realidad que pudiera subyacer al realismo tóxico que nos ingiere, son combustible para funcionar más rápido y mejor. Si el invento del reloj puso en jaque la eternidad, el cronómetro con que se nos controla de día y de noche ha trivializado el tiempo por completo. “Cronos devora a sus hijos”. Pero de la intrascendencia de nuestras acciones no hay fuga posible. Solo queda interrumpirla. Suprimirla no se puede y es indebido hacerlo. “También nos alienaría. Rendiríamos culto a un más allá que no tiene nada que ver con el más acá”. Insiste mi amigo, crítico de la religión como opio del pueblo.

Con esto me quedo. La Semana Santa es una ocasión de interrumpir un modo vivir la temporalidad que traga nuestras acciones y las evacúa como estiércol sin llanto alguno. Incluso un ateo creerá que es sensato parar, interrumpir el curso del año, para recordar a Jesús, siempre y cuando se lo haga para traer a la memoria que él es el representante de las víctimas de la aceleración general de la vida. Nadie que quiera correr más rápido que sus competidores puede detenerse a recoger a los perdedores. Fueron más lentos, más lerdos, perdieron la carrera. “¡Mala suerte!”, se dice. “No me carguen una culpa más. No la soporto”, agregan. Es comprensible: “No me dan las fuerzas para llevar a nadie alapa”. Jesús lleva a la humanidad alapa. Esta es la diferencia. No se fuga de la historia, pero va más despacio, recogiendo a los perdedores y sus bultos.

Es precisamente esta imposibilidad de cargar con nuestros muertos, esta imperiosa necesidad de olvidarse el ser humano de sí mismo, esta condena a la intranscendencia que sufrimos, la que me mueve a resistir.

Resisto. Aun si no tuviera fe, no podría dejar de recordar a Jesús.

La Semana Santa, para quien lo quiera, es un esfuerzo —por cierto arduo, porque recordar a Jesús llevando sobre sus hombros a los rendidos lo es— de rajar la vivencia irrelevante del tiempo para que irrumpa un tipo de tiempo, si lo hubiera, que pueda sanarnos y mejorarnos.

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Fuente: http://jorgecostadoat.cl/wp

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