El misterio pascual no es un recuerdo lejano, sino una invitación presente: a vivir y educar nuestras emociones, para que permita conectarse con el misterio de Dios, y de esa forma dejarse asombrar, resistir la superficialidad y abrazar la esperanza.
El deseo interminable. Las claves emocionales de la historia, de José Antonio Marina, es un libro que busca valorar y poner en perspectiva el lugar de las emociones en la historia de la humanidad. Desde tiempos antiguos, ellas han acompañado la vida humana: algunas se han mantenido, otras han perdido fuerza en su valoración moral.
La felicidad, por ejemplo, ha sido entendida como sabiduría para Aristóteles, como placer para los hedonistas, y también como plenitud interior. Sin embargo, su sentido se ha ido desdibujando con el paso del tiempo. Otras emociones vinculadas a virtudes morales —el pudor, el arrepentimiento, la resistencia, el honor— gozaron de prestigio social y ético, pero hoy parecen diluirse en la subjetividad. En la sociedad neoliberal, las emociones se conciben como experiencias privadas, sin ponderación comunitaria. Ellas son sin duda un ámbito nuevo en la reflexión académica e interdisciplinaria, salieron de su estrato de menoscabo y de debilitamiento del pensamiento crítico y racional, y enriquecen la mirada que tenemos de la realidad y de nosotros mismos.
En este contexto, cabe preguntarse: ¿cómo dialoga el mundo de las emociones con la conmemoración de la Semana Santa? El misterio pascual se enfrenta a una cultura marcada por la hiperconectividad, la infodemia y la prisa constante. Todo ello reduce el umbral del asombro y nos encierra en estímulos autorreferenciales, más centrados en el «yo» que en la comunidad. Todo es pasajero, poco profundo y no permite conectar con emociones que permitan abrirse al misterio. Así, la muerte y resurrección de Cristo corren el riesgo de convertirse en una anécdota más, sin capacidad de conmover ni transformar.
¿Cómo dialoga el mundo de las emociones con la conmemoración de la Semana Santa?
Sin embargo, la Semana Santa nos invita a detenernos. A descubrir la presencia de Dios en medio de su pueblo sufriente, a reconocer la esperanza que brota del triunfo de la vida sobre la muerte. El misterio pascual se convierte en resistencia frente a la alienación de las redes sociales, y nos conecta con sentimientos profundos de paz, justicia y esperanza. Nos recuerda que la vida tiene un sentido más amplio que el que ofrecen las tecnologías y la cultura del descarte. La lógica de las redes banaliza incluso el dolor: la tragedia se consume en segundos, el duelo se mide en «likes».
La Pascua nos devuelve la certeza de que la humanidad divina habita en cada uno de nosotros, y que solo al abrirnos a la experiencia del misterio podemos rescatar la profundidad de nuestras emociones y la fuerza de nuestra fe. Esa experiencia es la que permitió a los discípulos de Emaús, afirmar: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino?» (Lucas 24:32).
El misterio pascual no es un recuerdo lejano, sino una invitación presente: a vivir y educar nuestras emociones, para que permita conectarse con el misterio de Dios, y de esa forma dejarse asombrar, resistir la superficialidad y abrazar la esperanza. Porque en la resurrección descubrimos que la última palabra nunca la tiene la muerte, sino la vida.
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