Seamos testimonio e identifiquémonos con la otra y el otro en sus luchas y en sus vidas.
Este domingo nos enfrentamos a una Lectura de Mateo, breve, pero muy profunda. Probablemente la mayoría sabemos a grandes rasgos cómo fue el bautismo de Jesús: dónde, por quién, que el cielo se abrió, Dios habló y una paloma apareció como representación del Espíritu Santo, pero hoy la Palabra me hace pensar y detenerme en dos puntos distintos que quiero compartir.
Primero, la voluntad de Jesús en ir a presentarse ante un acto de fe, de arrepentimiento, que en su esencia no estaba dirigido a Él, porque se trata de conversión, pero aún así se dirige, y al igual que las distintas personas que se encontraban en el lugar, pide ser bautizado por Juan, como cada mujer y hombre presente; se identifica como pecador, se identifica como tú y como yo, y se sumerge en el agua para empezar de nuevo con el corazón en Dios, como quienes estaban ahí en el Jordán. ¡Qué humildad la de Jesús! Siendo rey, poderoso, siendo Dios, se une a los arrepentidos. Nada fue al azar.
Estos días ha sido imposible que algo no se remueva en nuestro interior con lo ocurrido en Latinoamérica: los bombardeos, la terquedad, la avaricia, las celebraciones, la muerte, el miedo, la esperanza, los discursos, ¡uf, hay de todo! Y todo obedece a la sed de poder de quienes gobiernan los países, la necedad es tremenda, y me cuestiono cómo en ellos no puede habitar un poquito de la humildad y amor de Jesús, cómo es tanta su incapacidad de poder identificarse con las personas a quienes gobiernan y también con quienes nacen en una tierra distinta, pero que son tan humanos como ellos/as.
Basta con leer unos minutos las redes sociales para sorprendernos con la xenofobia latente en nuestro país, y se nos olvida que ellos también son bautizados, que forman parte de nuestra Iglesia, la del Jesús humilde, la de la Sagrada Familia migrante. Tenemos una tarea de conversión, los gobernantes y nosotras/os, en la cuota que a cada quien toca en esta sociedad.
Me cuesta, pero hay que orar, respetar, empatizar y volver a orar.
Una segunda idea que me llamó la atención del texto del bautismo es muy distinta y me llena de ternura, y es lo que dice Juan a su primo: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?», y se parece mucho a lo dicho por su madre Isabel cuando es visitada por María: «¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor?». Estas frases de sorpresa y sencillez me hacen pensar que tal vez Juan aprendió de Isabel su forma, vio en ella una fe que adoptó en su misión, porque Isabel fue mujer de testimonio.
Me pregunto entonces: ¿Quiénes han sido testimonio para mí? ¡Vaya que muchas personas!, pero principalmente las personas que me criaron. Mi madre y mi padre, y con admiración mis dos ancestras amadas, mis abuelas: Angelina, mujer de campo que, si bien no sabía rezar el Rosario, ahí estaba, firme con él a su lado, y orando como le naciera de su corazón; y María, por otro lado, mujer evangélica que, sin saber leer, proclamó el amor de Dios. Testimonios que agradezco profundamente, y que son parte de lo que hoy soy. Te invito a que identifiques también a quiénes han sido testimonio de fe en ti, a detenerte y guardarlo en el alma, conversarlo, publicarlo, etc., porque la fe es transmisión, es compartir, es testimonio y aprendizaje mutuo.
¿Quiénes han sido testimonio para mí? Vaya que muchas personas, pero principalmente las personas que me criaron.
Que el Espíritu de la Ruah nos anime a sumergirnos en el agua con los miedos, las heridas, los prejuicios y las dudas; para que sigamos caminando firmes, libres, y que nos ayude a ser testimonio e identificarnos con la otra y el otro en sus luchas y en sus vidas.
Fuente: Mujeres Iglesia Chile / Imagen: Pexels.