Después de más de tres años, el conflicto en Sudán se ha «regionalizado», explica Federico Donelli, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Trieste. Se ve alimentado por la participación de diversos actores externos, tanto continentales como internacionales. Mientras tanto, la emergencia humanitaria se agrava cada vez más: 14 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares debido a la violencia entre el ejército y los grupos paramilitares.
No es una «proxy war» (“guerra por poder”), sino una «guerra civil que se ha ido convirtiendo progresivamente en un conflicto regionalizado, en el que diversos actores externos respaldan, directa o indirectamente, sus propias redes de influencia». Federico Donelli, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Trieste e investigador del Wilson Center de Washington, describe así el conflicto que estalló el 15 de abril de 2023 en Sudán, a partir del cual —señala— «se han desarrollado verdaderas economías de guerra transnacionales: oro, goma arábiga, combustible, armas y seres humanos».
Después de más de tres años de enfrentamientos violentos y sangrientos entre el ejército liderado por el general Abdel Fattah al-Burhan y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) del general Mohamed Hamdan Dagalo, hoy las partes combaten en varios frentes: cerca de Nyala, capital de Darfur del Sur y principal bastión de los paramilitares en la parte occidental del país, y también en Wad Madani, capital del estado centro-oriental de Al-Jazira, reconquistada por el ejército el año pasado tras haber estado bajo el poder de las RSF. Pero el más importante sigue siendo Kordofán (dividido territorialmente en tres regiones: norte, sur y oeste), que «representa una especie de eje estratégico entre las distintas zonas de control», explica Donelli. «El ejército ha recuperado Jartum y mantiene el control de gran parte del noreste, mientras que las RSF han consolidado su presencia en Darfur. Kordofán se encuentra justo en el medio, por lo que su control puede permitir conectar o separar estas dos zonas. Además, es fundamental para los corredores terrestres, es decir, para las líneas de conexión y abastecimiento entre Darfur, Sudán central y Sudán del Sur. Es un espacio a través del cual puede decidirse el equilibrio territorial del conflicto, que es una guerra cada vez más de desgaste en la que el control de los territorios, las infraestructuras y las vías de acción se vuelve fundamental. El riesgo es que Kordofán se convierta en el territorio decisivo para consolidar la fragmentación que, de facto, ya existe en Sudán», advierte.
En Jartum, reconquistada el año pasado por el ejército, la situación es insostenible. Las autoridades han alentado el regreso de la población, pero la ciudad «está profundamente afectada, destruida por los combates. Hay infraestructuras completamente dañadas, servicios esenciales que no funcionan, viviendas destruidas y, sobre todo, una gran parte de la población se ha visto obligada a huir. Por lo tanto, debemos distinguir en cierta medida entre un regreso administrativo de la capital y un verdadero regreso de la sociedad sudanesa», precisa. Desde que comenzó la guerra en abril de 2023, alrededor de 14 millones de personas se han visto obligadas a huir de Sudán; 9 millones son desplazados internos y 4,4 millones se encuentran fuera de las fronteras. Y las cifras de víctimas son imposibles de verificar, pero ascienden al menos a 150.000.
Hace un año, los paramilitares se tomaron El Fasher, capital de Darfur del Norte. La ONU ha estimado que más de 6.000 personas fueron asesinadas en los primeros tres días de la ofensiva de las RSF, en un contexto en el que ambas partes beligerantes han sido acusadas de haber cometido en estos años crímenes horribles, ejecuciones sumarias, secuestros, torturas y violencia sexual. «El Fasher ha sido en cierto modo un ejemplo emblemático de los límites de la respuesta internacional», reflexiona el profesor de la Universidad de Trieste. «Ha habido numerosas denuncias, sanciones, intentos de mediación, apelaciones al derecho internacional», pero «no se ha logrado modificar los incentivos, o mejor dicho, los desincentivos, que permitirían a las partes dejar de combatir«, señala. Sin embargo, agrega, «la responsabilidad de las atrocidades no puede atribuirse exclusivamente a un solo actor. Mientras las presiones internacionales se concentren únicamente en los beligerantes sudaneses, pero no logren intervenir en las redes externas que alimentan el conflicto, es muy difícil intervenir para tratar de hacer justicia».
Hace un año, los paramilitares se tomaron El Fasher, capital de Darfur del Norte. La ONU ha estimado que más de 6.000 personas fueron asesinadas en los primeros tres días de la ofensiva de las RSF.
El país africano «forma parte de una competencia regional e internacional más amplia. Egipto, por ejemplo, considera que Sudán es un asunto de seguridad nacional y es importante tanto para la estabilidad dentro de sus fronteras meridionales como para la cuestión del Nilo, que sabemos que es vital para El Cairo. Arabia Saudita, por su parte, está interesada en la estabilidad del Mar Rojo y en la preservación de un Estado sudanés unitario», explica. Un informe reciente de la Misión Internacional Independiente de Investigación sobre Sudán de las Naciones Unidas también ha dejado claro que personas y entidades que operan desde los Emiratos Árabes Unidos, o que están registradas allí, han desempeñado un papel significativo en el reclutamiento, el financiamiento, el transporte y el despliegue de al menos dos mil exmercenarios colombianos en Sudán, a lo que se suman drones y armas, en apoyo a los paramilitares de las RSF en Darfur y Kordofán.
«En segundo plano» hay varios actores: Rusia, China y Turquía, además de otros que están «más vinculados geográficamente a Sudán», agrega. En estas últimas horas han surgido nuevas tensiones entre Jartum y Adís Abeba relacionadas con el conflicto que ha vuelto a estallar en el norte de Etiopía. El exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa Nacional de Etiopía, Birhanu Jula, acusó a Sudán, Egipto y otros actores externos de apoyar a grupos hostiles a Adís Abeba, señalando que el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray y Eritrea no podría oponer una resistencia eficaz sin ayuda.
«La guerra civil sudanesa se suma a una dinámica ya de por sí muy delicada, con las tensiones en la frontera entre Sudán y Etiopía, en la zona llamada Al-Fashaga, que históricamente ha sido un área de disputa, ya que es una de las más fértiles de la región», agrega. Durante décadas, un acuerdo informal entre los dos gobiernos permitió que miles de agricultores etíopes, en su mayoría de la etnia amhara, cultivaran tierras bajo la administración formal de Sudán, pero en los últimos años, Jartum ha acusado a Etiopía de haber «apoyado sobre todo a las RSF», justo cuando se estaba creando «una convergencia de intereses entre el ejército sudanés y Egipto», explica.
Por último, hay que considerar «que el que podría pagar más el precio de estas dinámicas a corto y mediano plazo es Chad. La guerra está traspasando las fronteras nacionales y todo lo que ocurre en Darfur tiene consecuencias para Chad. Y el primer efecto, lamentablemente, es el humanitario», señala. Hoy en día, Chad acoge a más de un millón y medio de refugiados, de los cuales más de 1.400.000 son sudaneses, según la ONU. Otro aspecto, agrega Donelli, es que «la frontera de Sudán es uno de los puntos de paso de esa economía transnacional por la que circulan armas, combatientes, capitales y redes comerciales. Y, junto con Libia, se ha convertido en uno de los espacios por los que también pasan las redes logísticas que alimentan el conflicto».
Fuente: www.vaticannews.va/es / Imagen: Pexels.