Un espacio y un relato

Aprender a redescubrir el espacio aun cuando él se nos muestra como paradójico o extraño es un elemento central de la construcción del relato.

Es sugerente pensar que para que haya relato, una narrativa o una forma de escritura precisamos la presencia de un espacio que contenga, libere y posibilite la palabra. En el relato accedemos a una reorganización o una ficción de los fragmentos que poseemos y por ello podemos pensar que un relato es un juego entre los fragmentos. Podemos hablar de espacio-continente (Cf. Michelson, Liviana 2020), es decir, de construcciones sociales que permitan el despliegue de la palabra y del pensamiento, pero también reconocemos que existen espacios en los cuales no hay posibilidad de la palabra. Es tan relevante la presencia de un espacio que lo primero que Dios creó fue el espacio y luego al ser humano. Es necesario el espacio para que se despliegue el relato, la palabra liberada y performativa (produce un efecto: el lenguaje, por ejemplo, sacramental o del culto: yo te bautizo, yo te ordeno, yo consagro, yo te bendigo…).

Por ello el espacio da qué pensar o nos hace pensar, porque los espacios son complejos, poseen texturas, tramas y dramas. Por ello se comprende por ejemplo lo que el filósofo Byung-Chul Han indica cuando dice que vivimos en el tiempo positivo o liso, es decir, en la presencia de formas que no generan discusión o construcción de palabras. Lo liso o lo positivo no genera pensamiento. Por ello solo hay mundo, pensamiento y lenguaje cuando estamos en medio de una quebradura, de una desgarradura. El relato aparece entonces como el intento explicativo o epistemológico del mundo/espacio. Por ello primero espacio y luego relato (experiencia – teología, experiencia – ciencia…). Otro ejemplo: Mario Uribe (2020), y a propósito de lo acontecido en octubre de 2019, indica que los espacios (la cité: ciudad) tiene un relato, un modo de hablar. La ciudad es compleja, dinámica y equívoca.

El espacio da qué pensar o nos hace pensar, porque los espacios son complejos, poseen texturas, tramas y dramas.

Algunas perspectivas teóricas nos pueden ayudar. El antropólogo Marc Augé (2008), en su libro sobre los lugares de la sobremodernidad, distingue lugar y no-lugar. El primero es el espacio donde nace la identidad, la relación y la historia. El segundo es el espacio sin identidad, sin relaciones y sin historia. Por ello el no-lugar es el signo de la sobremodernidad (nombre dado por Augé a nuestra época). Augé además indica que ambos tipos de espacio coexisten. Por su parte el filósofo, teólogo y pensador vinculado al psicoanálisis lacaniano Michel de Certeau, propone una lectura al concepto de espacio. De Certeau indica que es a través de las palabras que atravesamos el espacio y por ello el espacio supone una práctica social. En cambio, el “lugar” es la idea urbanista. El espacio es dar vida a un lugar proyectado por el urbanismo. Por ello el espacio es animado y simbólico.

Comentando la obra de De Certeau, Marc Augé sostiene: “Practicar el espacio, escribe Michel de Certeau, es repetir la experiencia alegre y silenciosa de la infancia; es, en el lugar, ser otro y pasar al otro” (Certeau, citado en Augé 2008). Augé indica que la infancia tiene que ver con el primer viaje, con la apertura al mundo, con mi definición y diferenciación. El viaje es eros desplegado (Onfray 2016). Por ello Augé (2008) indica que “todo relato vuelve a la niñez”. Por su parte Boris Cyrulnik (2017) indica que el relato tiene una función fundamental en la infancia. Con ello se abre un proceso dinámico en donde el contexto posibilita la plasticidad del relato.

Aprender a redescubrir el espacio aun cuando él se nos muestra como paradójico o extraño también es un elemento central de la construcción del relato. Aprender a construir palabras y proyectar sueños de lo que puede contener el corazón del mismo verbo es una cuestión que desafía y atraviesa las noches en vistas a un amanecer en donde las palabras vuelvan a tener sentido y, por ende, los espacios.


Imagen: Pexels.

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