Venezuela: «Los dólares hacen la diferencia»

El país se sostiene por la inventiva, el tesón, la resiliencia, el aguante y la solidaridad de gran parte de la población, sobre todo del pueblo.

Pedro Trigo sj

23 abril, 2021, 4:05 pm
13 mins

Quisiera referirme a un aspecto totalmente inédito de nuestra situación actual en el país. Se trata de la diferencia económica abismal entre unos venezolanos y otros. Lo inédito, además de la magnitud es que, aunque algo tiene que ver con la división de clases, es decir, con la diferente ubicación en el proceso productivo, no es esto lo que da el tono. Lo que da el tono es si se tiene acceso a divisas o no. Y como se exporta muy poco, y la mayoría de las divisas por producción provienen de la explotación minera en la selva de Guayana, que no sigue cauces legales, la mayoría de las divisas que circulan provienen de dos rubros: del tráfico ilegal y de las remesas que envían familiares desde el exterior. En el primero hay que contar desde las drogas hasta las mafias de la migración y del tráfico de niños y mujeres. En el segundo, sobre todo, las remesas de familiares, pero también los apoyos del exterior a organizaciones de solidaridad o más en general a organizaciones internacionales que tienen también su sede en Venezuela.

De las remesas habría que decir que, aunque algunas son para compensar el abandono, por ejemplo, de hijos respecto de padres ancianos o enfermos o la infidelidad, por ejemplo, de un esposo a otro, la mayoría suponen sacrificio y por eso son muestras de amor del bueno y no pocas suponen sacrifico heroico porque en el exterior viven en condiciones peores que aquí, aunque a diferencia, tengan algo de dinero porque hay trabajo.

Además, sigue habiendo divisas por exportaciones como el cacao, para poner un ejemplo muy cualitativo, aunque no muy cuantitativo. No mencionamos los sueldos pagados en dólares, porque estos provienen en definitiva del contacto orgánico de esas empresas con el exterior o a su vinculación con fuentes ilícitas, aun en el caso de que sean legales. Tampoco incluimos el que casi todo se transe en dólares porque los dólares de los compradores provienen de alguna de las fuentes antedichas.

Esto significa que el que, por una razón o por otra, no tiene acceso a dólares o a un sueldo digno, que hemos insistido que casi siempre se debe a la vinculación de los empleadores con el exterior o con lo ilícito, lo que cobra por sueldo como empleado del Estado o por pensión no alcanza para vivir al mínimo. Esto significa que personas de clase media-baja o media-media que perdieron el empleo, ya se han comido los ahorros y están muriéndose de hambre y de enfermedades desasistidas. Y, sin embargo, gente de barrio que reciba remesas o tenga contacto con actividades ilícitas vive y aún vive bien, como nunca había soñado vivir.

Por eso decíamos que la desigualdad abismal de hoy en día en Venezuela no se explica, como antes, por la ubicación en el proceso productivo. Porque la producción está en mínimos históricos. A fin de los años setenta en el país se producía casi todo. Hace unos años en el país no se encontraba casi nada porque se producía muy poco y casi no se importaba. Hoy se encuentra casi todo, porque hay dinero para importar, pero a precios mucho más caros que en Europa. Por eso el dólar ha bajado enormemente su valor adquisitivo. Y por eso lo que hay es accesible a pocos.

Por eso, como el gobierno no exporta casi nada por la vía legal y lo que percibe por impuestos es muy poco, permite y aun propicia el uso del dólar. No lo puede sustituir. Por eso no hay efectivo en bolívares. Un billete nuevo de cien bolívares (es decir, de cien mil) cuesta producirlo más de diez veces su valor nominal, mucho más. Es una situación absolutamente anómala. Si al gobierno le interesara algo el país, enfocaría todo en aumentar la producción con productividad. Pero como solo mira por sí, se dice que ha gastado más dinero en tratar de salvar de la cárcel a un testaferro que lo que ha invertido en vacunar a la población.

MUCHOS VIVEN DE MILAGRO

El país se sostiene por la inventiva, el tesón, la resiliencia, el aguante y la solidaridad de gran parte de la población, sobre todo del pueblo. Esto es un verdadero milagro. No solo en el sentido de que no se explica por lo que se estaba acostumbrado a ver, sino en el sentido estricto teológico, es decir, que sí se explica satisfactoriamente porque Dios está haciéndose presente. Quisiera explicar el punto. Dios no mete la mano en el mundo. Nunca. Si no la metió para liberar a su Hijo cuando lo estaban asesinando vil y bárbaramente, no la va a meter nunca. Pero sí obra por sus manos, que son su Palabra, que es su Hijo, y su Espíritu. Pues bien, afirmamos que en nuestro país mucha gente vive de milagro porque esa gente saca esa fuerza de la obediencia al impulso del Espíritu, que nos mueve a cada ser humano desde más adentro que lo íntimo nuestro. Hay personas que andan tan centradas en lo suyo que ni reparan en este impulso interior, hay otros que lo resisten porque supone un cambio de dirección vital que no quieren efectuar y hay otros, gracias a Dios, muchos actualmente en nuestro país, que aceptan ese impulso y por eso sienten lo que Pablo decía de sí que: “cuando soy débil soy fuerte”, porque “la gracia actúa en la debilidad” (2Cor 12,9 y 10). Es cierto que mucha gente dice “ya no puedo más”, y no sabe cómo puede, y por eso, no solo sigue adelante, sino que comparte de su pobreza. Por eso es literalmente cierto que mucha gente vive de milagro y la prueba de que es cierto es que, repitámoslo, comparte de su pobreza.

También ayuda mucho a mantenerse en vida el apoyo solidario de muchas organizaciones, no pocas de Iglesia, que dan de comer y medicinas y fomentan la capacitación y el emprendimiento, además de la solidaridad. Sin ellas la situación sería desesperada. Objetivamente son la mayor ayuda al gobierno. Pero él, lejos de reconocerlo y apoyarlas, está tratando de cortarles el financiamiento y dificultar su funcionamiento, en parte por el resentimiento de que otros hacen lo que él ni está interesado ni es capaz de hacer, y en parte para que el pueblo no tenga que deber nada a nadie y dependa solo de él, aunque se muera de hambre y de enfermedades desasistidas. También a estos solidarios los anima el Espíritu y por eso no desisten, aunque las dificultades sean crecientes.

¿NO HAY REMEDIO?

Ahora bien, lo que más desanima a los que no tienen dólares ni sueldo digno, que son la mayoría, es que ven que la situación que provoca su falta de oportunidades no se debe a una emergencia. No ven por ningún lado ningún signo de que vayan a aumentar las fuentes de trabajo productivo. Esa es la lógica interna que provoca la emigración, es decir, eso es lo que mueve realmente a la mayoría de los que se van, aunque no todos aleguen esa razón, porque a veces el motivo no es consciente, pero mueve. No es, pues, tanto lo mal que viven, que es cierto que viven muy mal, sino la falta de esperanza: pensar que la situación no tiene arreglo.

Y, paradójicamente, esa es la principal fuerza del gobierno: ha logrado desanimar a la mayoría, que no espera nada de él ni tampoco de la oposición. Tampoco cree que desde fuera nos van a salvar.

Esa es la diferencia absoluta entre esta dictadura que nos domina con métodos totalitarios y las dictaduras del siglo XX. Ellas quitaron la libertad, pero dieron paz: había seguridad total en las personas y bienes y propiciaron fuentes de trabajo. Por eso las apoyaron los intelectuales positivistas, cuyo lema era: “orden y progreso”. Ahora el desorden y la violencia son los mayores que hemos tenido en el país y todo trascurre impunemente, cuando no son las propias fuerzas del orden las que ocasionan la violencia y la extorsión. Y, además, se ha destruido el aparato productivo y se desestimula y obstaculiza a los productores, cuando no se les incautan sus productos. Como decimos, “ni laven ni prestan la batea”.

Nosotros tampoco vemos solución a corto plazo, a no ser que quieran irse con su botín y la certeza de no ser juzgados. A largo plazo la solución pasa por fortalecer a los sujetos para que alcancen una libertad liberada, de manera que no dependan del gobierno ni se la pasen maldiciendo de él, que es otro modo de dependencia, sino que se liguen en comunidades y asociaciones en base a relaciones mutuas abiertas hasta que se logre un cuerpo social articulado. Entonces sí será posible la alternativa. A eso apostamos. Por eso sí tenemos esperanza.

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Fuente: www.revistasic.gumilla.org

Teólogo. Jesuita de origen español, nacionalizado venezolano. Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Quito, Ecuador (1966) y doctor en Teología (1980). Desde 1974 pertenece al Centro Gumilla, centro de investigación y acción social de la Compañía de Jesús en Venezuela, fundado en 1969, donde ha sido director en varias ocasiones y miembro del consejo de redacción de la revista SIC.