Vínculos que salvan: el arte de amar sin ataduras

Desde la experiencia de vínculo con Jesús aprendemos amar más y mejor a los demás.

Domingo 28 de junio de 2026
Mateo 10, 37-42.

AMBIENTACIÓN

Te invito a que busques un espacio y te puedas sentir cómodo/a para conectarte con tu cuerpo y agradecer a Dios Padre y Madre por su presencia en todo tu recorrido. Deja que Jesús abrace tus preocupaciones y angustias que están rondando mientras intentas sosegar tu interioridad. Acoge los ruidos y distracciones que están presentes, busca encontrar un punto fijo donde tu mirada sienta tranquilidad. Trata de relajar tu cuerpo; acoge sin miedo las exigencias que está sintiendo tu cuerpo, ofrécete pequeños gestos de ternura. Percibe con tu energía, se va tornando suave, abraza y sostiene todo tu ser. Si te ayuda, puedes escuchar la canción «Amando hasta el extremo», de Maite López: https://www.youtube.com/watch?v=px_L7P_IwpE&list=RDpx_L7P_IwpE&start_radio=1

LECTURA. ¿QUÉ DICE EL TEXTO?

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.  El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que antepone a todo su propia vida, la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará.

El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, recibirá recompensa digna de un profeta. El que recibe a un hombre justo por ser justo, recibirá la recompensa que corresponde a un justo. Asimismo, el que dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, porque es discípulo, no quedará sin recompensa: soy yo quien se lo digo».

MEDITACIÓN. ¿QUÉ ME DICE EL TEXTO?

El Evangelio de este domingo nos conecta con palabras que muchas veces hemos escuchado, como exigencia, radicalidad, renuncia y sacrificio. Considero que sería un lenguaje inadecuado, dado que Jesús no nos pide que renunciemos, sino que elijamos construir relaciones vinculares desde la transparencia, la rendición de cuentas y la vulnerabilidad, buscando liberar cualquier mensaje opresor que lleva a vivir en una constante culpa y esquizofrenia. Solo puedo amar a Dios amando a los demás. Por lo tanto, el amor hacia la familia es el que sostiene para seguir amando desde el aquí y ahora.

Todos y todas estamos capacitados/a para amar. Algunos pueden tenerlo más desarrollado por los vínculos primarios que hemos construido en la infancia. De ahí que el Evangelio de Mateo nos recuerda que estamos llamados/as a cultivar dos actitudes como discípulos/as misioneros/as. La primera es la vinculación con Jesús, que está por encima de cualquier otra vinculación humana. Esto no es justificativo para rechazar ni para odiar; todo lo contrario: desde la experiencia de vínculo con Jesús aprendemos amar más y mejor a los demás. La segunda son las relaciones vinculares con los otros/as, con quienes construimos, confrontamos y discernimos nuestro servicio. Esto nos lleva a mirar nuestras entrañas y preguntarnos: ¿Cómo está nuestra relación vincular con Jesús y con los hermanos/as? Solo así encontraremos sentido a cada palabra que el Evangelio de Mateo nos está invitando. La vincularidad nos conecta con nuestra propia herida y nos impulsa a reconocernos necesitados/as de cobijo ante cualquier relación y realidad.

Amar a nuestra familia (padre, madre, hermanos), a quienes cuidaron nuestra infancia y nos siguen sosteniendo, implica extender el corazón para aprender amar al modo de Jesús, ya que una cosa no se opone a la otra. Dios es familia y disfruta de la familia; hay que dar tiempo a Dios para aprender a amar como Él. Y seguirle a Él no es dejar de lado a los seres queridos, sino aprender a caminar construyendo vida ahí donde Jesús nos invita a estar, tejiendo redes con otros/as que en el camino del servicio se van tornando nuestra familia.

Dios es familia y disfruta de la familia; hay que dar tiempo a Dios para aprender amar como Él.

Los vínculos que construimos con otras/os no nos tienen que atar. Por el contrario, nos tienen que llevar a fortalecer nuestro servicio y a reconocernos hombres y mujeres necesitados/as de cuidado y protección. Ahí es donde se entreteje la genuinidad del movimiento de la Ruah Divina, ya que con el abrazo de los hermanos/as aprendemos a vivir en sentido de desprendimiento e itinerancia.

Jesús hace referencia a tomar la cruz, que es un signo que nos recuerda que tenemos que asumir el dolor por los vínculos, las enfermedades y las dificultades cotidianas que encontramos en nuestra misión. De ahí que exige acoger la fragilidad propia y ajena. Seguir a Jesús es aprender a poner rostro a las dificultades que vamos encontrando en el camino. Abrazar la propia fragilidad y las propias heridas es dejar que el misterio pascual se reconstruya en nuestra propia vulnerabilidad, acogiendo las incertidumbres y cuestionamientos que genera el ser seguidores/as de Jesús.

El discípulo y la discípula de Jesús aprende a vivir desde la lógica de la gratuidad, reconociendo que todo lo que tiene es don y regalo. Por ello, busca construir lazos de solidaridad y hospitalidad, haciendo que todos tengan vida; de ahí que «el que dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, porque es discípulo, no quedará sin recompensa: soy yo quien se lo digo». Donar la propia presencia a los demás a través de la escucha, el respeto, reconociendo que en la vulnerabilidad se gestan lazos de humanidad. ¿Cuándo te encuentras con los demás, qué priorizas? ¿A quiénes permites que sean testigos de tus dudas,  preocupaciones y sueños?

ORACIÓN. ¿QUÉ ME HACE DECIRLE A DIOS?

Señor Jesús, tú que miras con entrañas de padre y madre, acoge mi cansancio; enséñame a comprender que amar a mi familia es amarte. Tú sabes lo que duele dar la vida por los otros/as en lo escondido. Ayúdame a entender que cada abrazo que doy, cada lágrima que limpio, cada silencio que acompaño es reconocerte a Ti en medio de la incertidumbre y de la oscuridad. Que nunca busque grandezas, sino fidelidad; que mi ternura sea profecía, y mi compasión, semilla de tu amor, porque quien sostiene la vida de los demás, la encuentra en Ti en plenitud.

CONTEMPLACIÓN. ¿QUÉ ME DA A CONOCER?

Trata de volver a leer el Evangelio, observa cómo está la comunidad a la que Jesús se dirige: ¿Qué expresan a través de los gestos, miradas y palabras?, ¿qué logras comprender de lo que Jesús dice a la comunidad?, ¿con quienes compartes cuando Jesús dice que «el que ama a su padre o a su madre más que ha mí, no es digno de mí»; pregúntale a Jesús a que se refiere.

COMPROMISO. ¿QUÉ CAMINO DE VIDA ME INVITA A TOMAR?

Me comprometo, desde lo profundo de mi ser de mujer, a seguir construyendo vínculos que movilicen a vivir en libertad, reconociendo que tu presencia la encuentro en los espacios donde busca ser luz y vida. Cada vez soy consciente que vivir desde tu óptica es mirar que la vida fluye sin tantas jerarquías y burocracias que anulan, y algunas veces falta el aire para continuar. Por eso, desde mi pequeñez, en el lugar donde me encuentro, elijo ser puente, no frontera; consuelo, no indiferencia. Y aunque duela perder comodidades o reconocimientos, mi compromiso es donar la vida para encontrar en la entrega mi verdadera plenitud.


Imagen: Pexels.

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