La modernidad nos acostumbró a vivir como si Dios no existiera. Sin embargo, en la posmodernidad, marcada por el valor de la experiencia individual y la exaltación de la libertad, Dios ya no está prohibido; puede ser nombrado, aunque muchas veces queda reducido a ser solo una posibilidad entre muchas. Es importante cultivar una fe que no se reduzca únicamente a la búsqueda de consuelo o bienestar. Necesitamos salir de nosotros mismos, reconocer a Dios como el Misterio que desborda nuestras categorías, que no puede ser instrumentalizado ni reducido a nuestras expectativas.