Ceniza

Recordar el carácter transitorio de cuanto nos rodea nos ayuda a apreciar aún más el valor de lo que permanece.

Nos impresiona la majestuosidad de un árbol que se alza frente a nosotros y cuya copa acaricia el cielo. Su tronco denota fuerza, firmeza, aplomo y seguridad. Con su madera podemos construir vigas resistentes capaces de sostener un imponente edificio, un esbelto puente o un complicado andamiaje. Sin embargo, su extraordinaria fortaleza sucumbe ante los envites del fuego. Si arde, se consume. Se desintegra. Mejor dicho, se convierte en cenizas.

Este fenómeno natural es una metáfora de la existencia. Para bien o para mal, cualquier manifestación de poder nos afecta. No nos deja impasibles. Despierta nuestra admiración y asombro o, por el contrario, genera estupor y pavor. Ahora bien, tarde o temprano, hasta la torre más alta puede acabar desmoronándose. Todo acaba mostrando su fragilidad. Todo gigante descansa sobre pies de barro. Todo héroe tiene su talón de Aquiles.

Tarde o temprano, hasta la torre más alta puede acabar desmoronándose. Todo acaba mostrando su fragilidad.

La raíz etimológica de ceniza nos remite a la palabra polvo, sinónimo de inconsistencia e irrelevancia; testimonio del carácter efímero de la vida. Nos evoca la nada. Entonces, si en esto consiste la existencia, ¿hay esperanza?

La vida no es una nimiedad. Reconocer la caducidad de cuanto nos parece real es una invitación a valorar lo que vale la pena, lo que sobrevive al polvo y a las cenizas. Es absurdo aferrarnos a lo pasajero pensando que es para siempre. Por el contrario, recordar el carácter transitorio de cuanto nos rodea nos ayuda a apreciar aún más el valor de lo que permanece.

Aunque el árbol más frondoso acabase pasto de las llamas, la vivencia de la sombra que nos ha cobijado o el asombro provocado por su contemplación persisten para siempre.

Tal vez todo pasa, pero no del todo. Algún día nos convertiremos en polvo. Lejos de desalentarnos, esta certeza tiene que ser un toque de atención para vivir el aquí y el ahora en plenitud. Puesto que lo vivido con intensidad y autenticidad no se marchita.

La imposición de la ceniza al empezar la Cuaresma nos recuerda levedad de nuestra condición. Ahora bien, aunque seamos polvo y nuestro destino sea acabar siendo polvo, se nos brinda la oportunidad de creer en una Buena Noticia. En palabras del sabio Qohelet, “cuanto Dios hace es duradero” (Qo 3, 14), y nosotros somos una obra de Dios llamada a perdurar.


Fuente: https://pastoralsj.org / Imagen: Pexels.

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