75 años de Mensaje: fidelidad y esperanza

En esta edición dedicamos parte de nuestras páginas a mirar la propia historia de la revista y el momento de su nacimiento, junto a los temas que nos ocupan cada mes… Setenta y cinco años después de aquel primer número, seguimos creyendo, como creyó Alberto Hurtado, que hay un mensaje que vale la pena seguir entregando. [También disponible en audio]

«Hoy, 1 de octubre de 1951, nace nuestra revista. Ha sido bautizada Mensaje, aludiendo al Mensaje que el Hijo de Dios trajo del cielo a la tierra y cuyas resonancias nuestra revista desea prolongar y aplicar a nuestra patria chilena y a nuestros atormentados tiempos». Con esas palabras, el padre Alberto Hurtado abrió, hace setenta y cinco años, el primer número de esta revista. Lo hizo menos de un año antes de morir, con la lucidez de quien —acaso presintiéndolo— sabe que no tiene tiempo que perder, y convencido de que Chile necesitaba un espacio donde la fe pudiera pensar la historia y la historia dejarse iluminar por la fe.

¿Desde dónde escribía? El Chile de 1951 era un país aparentemente tranquilo, pero con un partido político proscrito por ley, con una pobreza que Alberto Hurtado conocía no por estadísticas, sino por haberla recogido de noche en las calles, y con una Iglesia que todavía discutía si le correspondía o no intervenir en las cuestiones sociales. Él ya había fundado el Hogar de Cristo y la Acción Sindical Chilena, y había publicado un libro incómodo que preguntaba si este era realmente un país católico. Mensaje fue, en cierto sentido, su última fundación; confió a la palabra escrita lo que antes había confiado a la caridad organizada y a la acción sindical. No sabía seguramente que esa intuición seguiría viva tres cuartos de siglo después. Nosotros sí lo sabemos, y por eso este mes queremos detenernos no solo a celebrar, sino a preguntarnos qué hemos hecho con lo que se nos entregó y qué nos pide hoy esa herencia. Aquella expresión suya —«nuestros atormentados tiempos»— no ha perdido vigencia: con distinta intensidad, cada generación de esta revista ha conocido los suyos.

UNA VOZ EN TIEMPOS DIFÍCILES

En la historia de un país, setenta y cinco años corresponden a un tiempo largo y accidentado. Mensaje nació bajo el gobierno de Gabriel González Videla y acompañó después la efervescencia reformista de los años sesenta, la recepción latinoamericana del Concilio Vaticano II, los debates sobre la reforma agraria y la propiedad, los años de la Unidad Popular y la fractura que vino a partir de ellos. Sobrevivió a la dictadura militar, cuando escribir con libertad tenía un costo real y buena parte de la prensa había sido clausurada, intervenida o disciplinada por el miedo. Acompañó luego una transición que prometía más de lo que podía cumplir, la crisis de los abusos que golpeó a la Iglesia y a la misma Compañía de Jesús en su credibilidad más profunda, el estallido social, la pandemia, dos procesos constitucionales fallidos y el clima de desconfianza que hoy nos rodea.

En todo ese tiempo, la revista no ha dejado de publicarse ni un solo mes. No es un dato menor. Pocas publicaciones de su género, en Chile o en América Latina, pueden decir lo mismo. Y esa continuidad no ha sido nunca cómoda, porque nunca hemos entendido nuestra tarea como la de acompañar sin fricción a quien ejerce el poder —político, económico o también eclesial—, sea quien sea. El padre Arturo Gaete S.J. solía recordar que, en una visita a Chile, el padre general Pedro Arrupe S.J. pidió a Mensaje ser crítica, pero constructiva. Es un encargo que evocamos con modestia y sin jactancia, porque sabemos cuánto cuesta estar a su altura. Mensaje ha puesto su voz al servicio de los derechos humanos cuando eran negados; de la justicia social cuando era postergada; de una educación pensada como bien común y no como mercancía; de una lectura informada del mundo cuando el país tendía a encerrarse en sí mismo; y de una cultura entendida como lugar de encuentro y no como adorno de las élites. No siempre acertamos en el diagnóstico ni en el tono; hay páginas de nuestro archivo que, por cierto, hoy escribiríamos de otro modo. Pero rara vez callamos cuando el silencio hubiera sido más cómodo.

Aquella expresión suya —«nuestros atormentados tiempos»— no ha perdido vigencia: con distinta intensidad, cada generación de esta revista ha conocido los suyos.

QUIENES LA HAN SOSTENIDO

Ninguna revista sobrevive setenta y cinco años por inercia. Detrás de esta continuidad hay una sucesión de directores y de equipos editoriales que, generación tras generación, decidieron sostener el mismo proyecto sin convertirlo en su proyecto personal. Hubo entre ellos temperamentos diversos, énfasis propios, incluso lecturas divergentes de lo que la revista debía priorizar en cada época. Sin embargo, siempre se mantuvo la convicción de que Mensaje no le pertenece a quien la dirige en un momento dado, sino a una tradición que se recibe y que hay que devolver mejorada, o al menos intacta, a quien venga después.

G. K. Chesterton decía que la tradición es una forma de democracia extendida en el tiempo, que da su voto también a nuestros antepasados. Algo de eso hay en el oficio de dirigir esta revista. No se trata de imponer una mirada propia, sino de custodiar una fidelidad que nos antecede y nos sobrevive. Quien hoy firma estas líneas sabe que ocupa, por un tiempo, un lugar que otros ocuparon antes con más talento y que otros ocuparán después, y que la revista seguirá siendo ella misma mucho después de que hayamos dejado de dirigirla. Vale la pena decirlo con gratitud: a los directores que nos precedieron, a los equipos que hicieron el trabajo silencioso de cada cierre, a las personas que mes a mes la escribieron y a la Compañía de Jesús, que sostuvo este proyecto también cuando hacerlo no era fácil.

EL VALOR DEL CONSEJO AMPLIADO

Esa misma lógica explica el lugar que ha tenido, a lo largo de la historia de Mensaje, su consejo ampliado: el espacio donde la revista se piensa en compañía de miradas que no son las del director ni las del equipo editorial. Académicas y académicos, religiosas y religiosos, laicas y laicos, mujeres y hombres de distintas generaciones, disciplinas y sensibilidades políticas se reúnen periódicamente a discutir la pauta, a corregir sesgos que ninguno de nosotros ve por sí solo, a proponer temas que de otro modo no habrían aparecido.

Hay en esto algo profundamente ignaciano. El discernimiento, en la tradición de la Compañía de Jesús, no es una deliberación solitaria que después se comunica, sino un ejercicio que se hace en común y que supone la disposición a que el propio juicio sea corregido. La pluralidad del consejo no diluye la identidad de la revista; la protege de convertirse en tribuna de una sola voz. Y tiene además un valor que excede lo editorial: en un país que ha ido perdiendo la costumbre de sentar en la misma mesa a quienes piensan distinto, sostener durante décadas una conversación donde el desacuerdo no rompe el vínculo es, en pequeño, una contribución pública. El consejo ampliado es el ejercicio doméstico de esa misma democracia que después reclamamos para la sociedad entera.

ENTRE LA FE Y LA CULTURA, ENTRE LA IGLESIA Y LA SOCIEDAD

Mensaje es, desde su origen, una obra de la Compañía de Jesús, y esa pertenencia no es un detalle institucional, sino algo que marca a fondo su identidad. La revista ha querido ser, durante estos setenta y cinco años, un puente entre la fe y la cultura, y entre la Iglesia y una sociedad chilena cada vez más plural y, en muchos sentidos, más secular. No hemos entendido esa tarea como la de defender posiciones eclesiásticas ante el mundo, sino como la de ayudar a que la fe piense con la cultura de su tiempo y a que la cultura no descarte, sin escucharlas, las preguntas que la fe sabe formular.

Hay en ello una manera muy antigua de entender la misión. La Compañía ha buscado siempre las fronteras: los lugares donde la Iglesia y el mundo se tocan, se interrogan y a veces se malentienden. Mensaje es una de esas fronteras. Es un modo concreto en que la Compañía de Jesús ejerce su misión en Chile —no desde el púlpito ni desde la gestión de obras, sino desde la palabra escrita, pensada con rigor y ofrecida al debate público sin pedir privilegios ni inmunidades—. Es una tarea incómoda por definición, expuesta a dos riesgos simétricos: convertirse en boletín interno de la institución que la sostiene, o convertirse en una revista cultural más, con un origen religioso ya decorativo. Evitar ambos exige una fidelidad creativa: lealtad a la Iglesia y, al mismo tiempo, libertad para pensar con ella de un modo crítico. Creemos que esa tensión, sostenida con honestidad, es precisamente lo que ha hecho perdurable a esta revista, y que el día en que dejemos de sentirla habremos perdido algo esencial.

EL DESAFÍO DE LA INMEDIATEZ

Hace un año, al cumplir setenta y cuatro, dedicamos buena parte de nuestro editorial al nuevo escenario comunicacional: la desinformación, la aceleración, la fragmentación de las audiencias. Doce meses después, esa descripción no ha hecho sino confirmarse. Vivimos en un tiempo que premia la reacción inmediata y castiga la pausa; que confunde la cantidad de información con la calidad del juicio; que trata la profundidad como un lujo anticuado. A ello se ha sumado, en los últimos años, la posibilidad de generar textos plausibles en cantidades ilimitadas y a costo casi nulo, lo que vuelve más urgente la pregunta por quién responde de lo que se publica y por qué habríamos de confiar en ello.

Simone Weil escribió que la atención es la forma más rara y pura de la generosidad. La frase describe bien lo que está hoy en disputa: no solo nuestro tiempo, sino nuestra capacidad de detenernos en algo que no fue diseñado para retenernos. En ese contexto, seguir publicando una revista mensual, con artículos que exigen semanas de trabajo y lectores dispuestos a dedicarles tiempo, es casi un acto de resistencia cultural. No pretendemos competir con la velocidad de las redes ni imitar su lógica. Nuestra apuesta sigue siendo la contraria: ofrecer un espacio donde los problemas del país y del mundo —la violencia, la desigualdad, las migraciones, la crisis climática, los cambios que la inteligencia artificial introduce en la vida humana y en el trabajo— puedan pensarse con la hondura que merecen y no solamente con la urgencia con la que se nos presentan. Eso es lo que una publicación mensual puede ofrecer, es decir, el juicio reposado, la segunda lectura, el argumento que resiste el paso de las semanas. En ello reconocemos hoy la forma más actual de la intuición que tuvo Alberto Hurtado en 1951: abrir un espacio donde nuestro tiempo pueda ser pensado, y no solo padecido.

LA ESPERANZA QUE NOS MUEVE

No queremos que estos setenta y cinco años se conviertan en un ejercicio de nostalgia. La nostalgia mira el pasado como un lugar mejor al que ya no se puede volver, y por eso termina siempre desarmando la voluntad de construir futuro. Lo que celebramos este mes de octubre no es una época dorada ya cerrada, sino una tarea que sigue abierta y que, en varios sentidos, recién comienza a mostrar toda su exigencia. Tampoco queremos ceder a un romanticismo fácil sobre el papel que esta revista ha jugado o puede jugar; sabemos que nuestro alcance es modesto frente a la magnitud de los problemas que enfrentamos, que las condiciones materiales de una publicación como esta son hoy más frágiles que hace cincuenta años, y que setenta y cinco años de fidelidad no garantizan por sí solos los que vendrán.

Lo que sí podemos ofrecer, con la lucidez que exige este tiempo, es una esperanza que no cierra los ojos ante la dificultad. Ya lo hemos dicho en estas páginas: la esperanza no es optimismo. El optimismo calcula probabilidades y se desinfla cuando los resultados no acompañan; la esperanza sostiene el compromiso precisamente cuando los signos son adversos. Desde esa distinción, queremos seguir trabajando; seremos una voz que busca la verdad antes que el aplauso, que privilegia la calma y la profundidad frente al ruido, que vincula la fe con la cultura y la Iglesia con la sociedad chilena, y que se niega a aceptar que la violencia, la desinformación o el cinismo tengan la última palabra.

En esta edición dedicamos parte de nuestras páginas a mirar la propia historia de la revista y el momento de su nacimiento, junto a los temas que nos ocupan cada mes. Queremos agradecer a quienes escriben en ella, a quienes la hacen posible cada mes y, muy especialmente, a nuestros lectores y suscriptores: sin esa comunidad que sostiene el proyecto —muchas veces desde hace décadas— nada de esto existiría. Setenta y cinco años después de aquel primer número, seguimos creyendo, como creyó Alberto Hurtado, que hay un mensaje que vale la pena seguir entregando. Y seguimos convencidos de que la mejor manera de honrar ese origen no es mirarlo con nostalgia, sino trabajar, cada mes, para merecerlo.

Lo que sí podemos ofrecer, con la lucidez que exige este tiempo, es una esperanza que no cierra los ojos ante la dificultad.

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