Mensaje nació para que los acontecimientos no pasen sobre nosotros sin dejar huella, y para que la fe pueda decir algo sobre ellos. [También disponible en audio]
En el segundo número de Mensaje (noviembre, 1951), Alberto Hurtado presentó a los lectores un ensayo titulado «Psicología del joven de la postguerra». Allí contaba que, en medios estudiantiles, había hecho varias veces una misma encuesta: ¿en qué había cambiado sus vidas la guerra que acababa de devastar Europa? «La respuesta fue siempre la misma: ¡en nada!». Y alguno lo resumía con una franqueza casi cómica: «si no fue por el racionamiento de bencina no sé en qué conocimos la guerra».
Alberto Hurtado no reprochaba a esos jóvenes el hecho de haber vivido lejos del horror. Le inquietaba otra cosa: que los grandes acontecimientos del mundo pudieran atravesar una generación sin tocarla, y que el escepticismo y la falta de ideales que observaba en la juventud europea llegaran también a Chile.
Setenta y cinco años después, la pregunta puede volverse hacia nosotros. ¿En qué nos tocan los acontecimientos de estas semanas? Y, sobre todo, ¿qué nos corresponde hacer frente a ellos?
Hay semanas donde el presente se deja leer con especial nitidez. En pleno octubre, temporales que se repiten sin tregua —lluvias torrenciales, granizadas, aluviones como el de Las Condes, anegamientos como los de Talagante— han bastado para que aquello que creíamos firme muestre su fragilidad, del mismo modo que basta un hecho que irrumpe sin aviso para recordarnos que ningún barrio, ninguna institución y ninguna biografía están completamente a resguardo. La crisis climática ya no es un asunto de otras latitudes; se ha vuelto parte de nuestra experiencia cotidiana y, con ella, se reactiva la conciencia de que el suelo que pisamos es menos seguro de lo que suponíamos.
Setenta y cinco años después, la pregunta puede volverse hacia nosotros. ¿En qué nos tocan los acontecimientos de estas semanas? Y, sobre todo, ¿qué nos corresponde hacer frente a ellos?
Frente a esa fragilidad caben dos reacciones. La primera es el repliegue: proteger lo propio, reforzar los muros, confiar en que la seguridad se compra o se delega. Es comprensible, pero también ilusoria: el agua y el barro no respetan deslindes ni muros. La segunda consiste en dejarse enseñar por la fragilidad: reconocer que habitamos una misma tierra vulnerable y que la suerte de unos está anudada a la de otros. Eso se traduce en gestos concretos: acompañar a quienes lo han perdido todo más allá de los días en que son noticia; exigir que la prevención —cauces despejados, quebradas vigiladas, viviendas fuera de zonas de riesgo— sea política sostenida y no reacción de emergencia; asumir en lo cotidiano los cambios que la crisis climática nos pide. Una sociedad que solo sabe protegerse termina por olvidar cómo convivir.
Algo semejante ocurre con la violencia. Se ha ido instalando entre nosotros de muchas maneras: en hogares donde alguien pide ayuda y no siempre la encuentra; en calles donde quienes tienen la tarea de proteger arriesgan —y a veces pierden— la vida en el cumplimiento de ella; en espacios que debieran estar consagrados a la palabra, como los diarios y revistas. Quienes trabajamos en el mundo universitario sabemos cuánto cuesta reconstruir la confianza cuando la discusión cede ante la amenaza, la funa o la agresión directa, y el aula se vuelve un lugar donde se tiene miedo de hablar. El riesgo mayor, sin embargo, es aquel que Alberto Hurtado advertía en sus estudiantes: que nos acostumbremos y acabemos respondiendo también nosotros «en nada», cuando se nos pregunte de qué manera nos afecta todo esto.
Frente a la inseguridad, la tentación es conocida: entregar más poder a quien promete orden, con menos controles. El país acaba de presenciar el retiro de una reforma que habría permitido al Ejecutivo decretar un nuevo estado de excepción por largos meses sin revisión del Congreso. Que haya sido el propio sistema político, desde el oficialismo y desde la oposición, el que pusiera límites es una buena noticia. La seguridad es un derecho de todos —y de modo especial de los más pobres, que son quienes más padecen su ausencia—, pero un poder que cuida no puede eximirse de ser vigilado. Las instituciones que protegen, educan o curan tienen siempre la tentación de controlar a las personas en lugar de servirlas; por eso, necesitan contrapesos y no solo buenas intenciones.
La pregunta de Alberto Hurtado iba dirigida a los jóvenes, y es a ellos a quienes hoy alcanza de manera más concreta, en el mundo del trabajo. El desempleo juvenil se ha instalado en nuestras conversaciones como una cifra más, cuando es, ante todo, una experiencia de exclusión: miles de jóvenes que no encuentran dónde desarrollar sus capacidades al servicio de otros. Se ha recordado recientemente, con razón, que una empresa es una comunidad de personas y no solo una unidad productiva; que puede haber balances positivos con personas ofendidas en su dignidad; que el trabajo no debiera competir con la familia. Son afirmaciones elementales de la doctrina social de la Iglesia, pero escucharlas en el Chile de hoy tiene algo de interpelación. Una sociedad que no ofrece horizonte a sus jóvenes no puede extrañarse de su escepticismo.
¿Cómo hemos llegado a ser lo que somos? La pregunta, que la filosofía contemporánea ha formulado con especial agudeza, tiene también una larga historia cristiana. La tradición de la Iglesia conoce bien el examen de conciencia, el decir veraz sobre uno mismo, la conversión como transformación de la propia vida. Esas prácticas han podido convertirse, a veces, en instrumentos de control; la crisis de los abusos nos lo ha mostrado con dolor. Pero en su raíz expresan una convicción que nuestro tiempo necesita recuperar: nadie está condenado a ser solo el producto de sus circunstancias, y decir la verdad —a veces con riesgo— es el comienzo de cualquier cambio.
Alberto Hurtado lo condensó en una pregunta sencilla que no ha perdido actualidad: ¿qué haría Cristo en mi lugar? No es una pregunta para espectadores. Supone dejarse tocar por lo que ocurre —en la tierra que se revela frágil, en la violencia que se nos vuelve costumbre, en el aula donde se instala el miedo, en el joven que no encuentra trabajo— y preguntarse qué responsabilidad nos cabe en ello.
Mensaje nació para eso: para que los acontecimientos no pasen sobre nosotros sin dejar huella, y para que la fe pueda decir algo sobre ellos. Setenta y cinco años después de aquel segundo número, la respuesta de esos estudiantes sigue siendo una advertencia. Quizás la mejor manera de honrar a Alberto Hurtado sea contestar de otro modo su pregunta: decir con honestidad en qué nos tocan los dolores de nuestro tiempo y asumir, con esperanza, lo que nos corresponde hacer.