La democracia: una palabra compartida

La democracia comienza a renovarse cada vez que una sociedad vuelve a confiar en la fuerza del diálogo, en la responsabilidad de sus ciudadanos y en la convicción de que ninguna diferencia política puede borrar aquello que nos constituye como iguales: nuestra común dignidad humana. [También disponible en audio]

Hay momentos en que las democracias vuelven la mirada hacia sus instituciones. Se discuten reformas políticas, sistemas electorales, mecanismos de representación o nuevas reglas para fortalecer la gobernabilidad. Es comprensible. Las instituciones son importantes: canalizan las diferencias, distribuyen el poder y permiten que las decisiones colectivas se adopten dentro de un marco de legitimidad.

Chile vive hoy uno de esos momentos. La discusión sobre una reforma al sistema político busca responder a problemas reales: la fragmentación de la representación, la dificultad para construir acuerdos estables, la crisis y la escasa representatividad de los partidos políticos, y la creciente distancia entre la ciudadanía y sus instituciones. Es un debate necesario, que merece ser abordado con responsabilidad y amplitud de miras, pero sería también un error pensar que el futuro de la democracia depende únicamente de la calidad de sus instituciones.

MÁS ALLÁ DE LAS INSTITUCIONES

Antes de ser una forma de organizar el poder, la democracia es una manera de participar y de comprender la convivencia humana. No nace simplemente de una ingeniería constitucional ni se sostiene solo por la eficacia de sus normas. Descansa, sobre todo, en una convicción: que los conflictos pueden resolverse mediante la palabra y el derecho, antes que por la fuerza; que quienes discrepan no dejan por ello de pertenecer a una misma comunidad política; que incluso el adversario puede tener una parte de verdad que solo el diálogo y la deliberación permiten descubrir. La democracia exige precisamente esa disposición recíproca, a saber, aceptar que nadie posee por sí solo la razón y que el bien común se busca con otros, no contra ellos. Esta es, no obstante, una de las convicciones más frágiles de nuestro tiempo.

Vivimos rodeados de palabras y, sin embargo, cada vez nos cuesta más conversar. La velocidad de las redes sociales, la lógica de la confrontación permanente y la necesidad de reaccionar de inmediato favorecen un lenguaje que simplifica, caricaturiza y descalifica. La palabra deja de ser el lugar donde buscamos comprender la realidad junto a otros y se transforma, con demasiada facilidad, en un instrumento para imponer posiciones, movilizar emociones o desacreditar al adversario. Cuando esto ocurre, el deterioro de la democracia comienza mucho antes de que cambie una sola ley.

No es casual que en tantos países se hable hoy de polarización, de desconfianza hacia las instituciones o del avance de discursos populistas. Esos fenómenos no nacen únicamente de problemas económicos o de fallas institucionales. Expresan también un desgaste cultural: la dificultad creciente para aceptar que la pluralidad no constituye una amenaza, sino la condición misma de la vida democrática. Ninguna sociedad moderna habla con una sola voz. Pretender lo contrario significa desconocer la riqueza y la complejidad de una comunidad de ciudadanos libres y, sin embargo, diversos.

La democracia no elimina el conflicto. Tampoco promete unanimidad. Su originalidad consiste más bien en ofrecer un espacio donde las diferencias puedan expresarse, confrontarse y buscar caminos de entendimiento sin romper el vínculo que hace posible la vida en común. Allí radica su grandeza y también su fragilidad. Ninguna institución puede mantener viva esa disposición si los ciudadanos dejan de reconocer la legitimidad de quienes piensan distinto.

UN PATRIMONIO QUE DEBEMOS CUIDAR

En este sentido, Chile posee motivos para la esperanza. A pesar de los conflictos profundos de su historia, nuestro país ha demostrado una importante capacidad para enfrentar sus desacuerdos dentro del marco institucional. Desde el retorno a la democracia, hemos conocido alternancias políticas, ampliaciones significativas de derechos, procesos constitucionales de gran intensidad y debates públicos que, aun en medio de profundas diferencias, han encontrado cauces democráticos. No son logros menores. En un mundo donde muchas democracias experimentan retrocesos preocupantes, conviene valorar una tradición que ha permitido preservar la paz social y la continuidad institucional, incluso en momentos de fuerte tensión.

Precisamente por eso, las amenazas que hoy enfrentamos no deben ser minimizadas. La desconfianza creciente hacia las instituciones, la sospecha permanente sobre las motivaciones del otro, la tentación de dividir la sociedad entre quienes representan al «verdadero pueblo» y quienes serían sus adversarios, o la ilusión de que toda diferencia puede resolverse mediante la descalificación, erosionan lentamente el suelo cultural sobre el que descansa la democracia. Ninguna reforma política, por ambiciosa que sea, podrá reemplazar aquello que solo una cultura democrática puede cultivar: confianza, responsabilidad, respeto por la palabra y disposición a buscar el bien común más allá de los intereses inmediatos.

LA DIGNIDAD COMO FUNDAMENTO DE LA DEMOCRACIA

La reciente encíclica Magnifica Humanitas ofrece una perspectiva de particular relevancia. Su llamado a redescubrir la grandeza de la dignidad humana no constituye únicamente una afirmación teológica. Es también una propuesta para la vida pública. Toda democracia supone que ninguna persona puede ser reducida a un medio para los fines de otros; que cada ser humano posee un valor que antecede a cualquier mayoría, a cualquier poder y a cualquier cálculo de utilidad. Allí donde esa convicción se debilita, también se debilita la posibilidad de una convivencia verdaderamente democrática.

La tradición cristiana puede ofrecer una contribución específica a este desafío. No porque posea respuestas técnicas para los complejos problemas de la política, sino porque recuerda incesantemente que la sociedad se construye desde el reconocimiento del otro como prójimo y no como obstáculo. En un tiempo marcado por la desconfianza y la crispación, esta afirmación posee una inesperada fuerza pública. La democracia necesita instituciones sólidas, pero necesita igualmente una ética del reconocimiento, una pedagogía de la escucha y una renovada confianza en el poder de la palabra.

En el mes en que recordamos a san Alberto Hurtado, esta reflexión adquiere un significado especial. Su figura suele asociarse, con razón, al compromiso con los pobres y a la solidaridad. Pero reducir su legado a la acción asistencial sería desconocer la profundidad de su pensamiento social. Alberto Hurtado comprendió que la pobreza no era únicamente una carencia material; era también una fractura del vínculo social. Por eso insistió tanto en la formación de la conciencia, en la responsabilidad de los laicos, en la educación para la justicia y en la necesidad de construir una sociedad donde cada persona pudiera sentirse parte de un destino común. Su solidaridad fue siempre una forma de fortalecer la comunidad.

La democracia necesita instituciones sólidas, pero necesita igualmente una ética del reconocimiento, una pedagogía de la escucha y una renovada confianza en el poder de la palabra.

UNA TAREA PARA TODOS

En una democracia madura, la solidaridad no consiste solo en atender las necesidades de quienes sufren. Consiste también en hacernos responsables de la calidad del mundo común que compartimos. Significa cuidar el lenguaje con que nos dirigimos unos a otros, rechazar la tentación de convertir toda diferencia en enemistad y comprender que el futuro de una sociedad depende, en buena medida, de la confianza que sea capaz de cultivar entre sus ciudadanos.

Esta ha sido también una de las mejores contribuciones de la Iglesia a la vida democrática de Chile. Cuando ha sido fiel al Evangelio, no ha buscado reemplazar la deliberación política ni ofrecer programas de gobierno. Ha procurado recordar que ninguna comunidad puede sostenerse si olvida la dignidad de la persona, la centralidad del bien común y el valor irrenunciable del diálogo. Su misión no consiste en eliminar el conflicto, sino en humanizarlo; no en hablar por la sociedad, sino en mantener abierta la posibilidad de una palabra que reúna, allí donde otras dividen.

Tal vez esa sea hoy una de las tareas más urgentes. La democracia comienza a deteriorarse antes de que se debiliten sus instituciones. Comienza a deteriorarse cuando dejamos de creer que la palabra puede ser más fuerte que la fuerza, cuando el adversario deja de ser un interlocutor y se convierte en un enemigo, cuando la búsqueda compartida de la verdad es sustituida por la mera afirmación de intereses y cuando solo se acentúa el lado negativo de los demás. Del mismo modo, la democracia comienza a renovarse cada vez que una sociedad vuelve a confiar en la fuerza del diálogo, en la responsabilidad de sus ciudadanos y en la convicción de que ninguna diferencia política puede borrar aquello que nos constituye como iguales: nuestra común dignidad humana.

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