La patria: una tarea inconclusa

La patria, como la democracia y como toda comunidad verdaderamente humana, no está nunca terminada: se renueva cada día en la decisión de seguir perteneciendo, de seguir escuchando y de seguir trabajando para que nadie quede fuera de ella. [También disponible en audio]

Septiembre nos convoca, como cada año, a celebrar la patria. Pero este año la palabra parece resonar de un modo distinto. Tenemos un nuevo gobierno instalado hace apenas algunos meses y una megarreforma que, tras completar su tramitación en el Congreso, se encuentra todavía a la espera de una definición sobre su entrada en plena vigencia. Su aprobación no ha disipado las dudas de una parte importante del país. Septiembre llega además después de un invierno marcado por sequías, temporales y una crisis climática que ya no pertenece al terreno de las advertencias, sino al de la experiencia cotidiana. Y llega, una vez más, en un mundo donde la guerra sigue siendo, para demasiados pueblos, una posibilidad real más que un recuerdo lejano.

En medio de todo esto, cabe preguntarse qué estamos celebrando exactamente cuando celebramos la patria.

UN SUELO QUE TIEMBLA

Los terremotos de nuestros países vecinos no son solamente noticias internacionales que recibimos con distancia y compasión. Nos recuerdan que la tierra que llamamos patria no es una idea abstracta ni una posesión asegurada. Es un suelo real, vulnerable, expuesto a fuerzas que no controlamos y que, además, compartimos con otros pueblos.

Chile sabe bien lo que significa que la tierra tiemble. Por eso, quizás, estos sismos en Venezuela y Colombia pueden ayudarnos a mirar más allá de nuestras propias fronteras. La solidaridad que nace frente a una catástrofe nos recuerda que nuestra suerte está más entrelazada con la de nuestros vecinos de lo que cierta imagen de excepcionalidad nacional nos hace pensar.

Algo semejante ocurre con el clima. Cuando hablamos de sequía, incendios, temporales o de un verano cada vez más hostil, no estamos hablando de problemas ajenos a la idea de nación. Hablamos del territorio mismo sobre el cual esa nación se sostiene. Una patria es también una tierra que recibimos y que estamos llamados a cuidar. Sus heridas geológicas y climáticas no reconocen fronteras políticas.

Quizás este sea uno de los primeros ejercicios de humildad que necesitamos recuperar: reconocer que la patria no es solo aquello que dominamos, sino también aquello de lo que dependemos. No somos dueños absolutos del territorio que habitamos. Lo compartimos con otros seres humanos, con las generaciones que nos precedieron y con aquellas que vendrán después.

LOS TEMBLORES QUE NO SE MIDEN EN LA ESCALA DE RICHTER

Pero a los temblores del suelo se suman otros, menos visibles y no por ello menos profundos. Chile estrenó gobierno este año, acompañado de expectativas y temores que atraviesan nuestra convivencia. La llamada megarreforma, después de meses de tramitación, terminó su paso por el Congreso, pero su aprobación no consiguió producir el consenso que una transformación de esa envergadura debería aspirar a generar.

Una parte importante del país la mira con desconfianza. Algunos, porque temen que debilite la recaudación fiscal; otros, porque dudan que sus beneficios alcancen efectivamente a quienes más los necesitan. Más allá de las posiciones concretas, hay aquí una cuestión que conviene no perder de vista: una reforma puede ser técnicamente defendible y, al mismo tiempo, no lograr la confianza necesaria para que una sociedad pueda reconocerse en ella.

Ninguna ley, por sí sola, puede producir esa confianza. Ella se construye conversando, escuchando, explicando, cediendo cuando corresponde y reconociendo que el otro puede tener razones que no habíamos considerado. Una patria no se decreta por ley ni se resuelve en una comisión mixta. Se construye cotidianamente entre personas que piensan distinto y que, sin embargo, deciden seguir perteneciendo a una misma comunidad.

Este es quizás uno de los desafíos más importantes de nuestro tiempo. Hemos aprendido a identificar con facilidad aquello que nos divide, pero nos cuesta más reconocer aquello que todavía nos permite compartir un mismo horizonte. La democracia no consiste solamente en elegir autoridades o aprobar leyes. Supone también la disposición a convivir con quienes no piensan como nosotros y a buscar, en medio de las diferencias, aquello que puede ser común.

ESCUCHAR ANTES DE CELEBRAR

Ernest Renan definió alguna vez la nación como un «plebiscito de todos los días»: una voluntad renovada de seguir viviendo juntos. La imagen conserva toda su fuerza. Una nación no es solamente una herencia recibida. Es también una decisión que cada generación debe renovar.

Por eso, una patria que solo mira hacia atrás —hacia sus próceres, sus glorias militares o un pasado idealizado— corre el riesgo de convertirse en nostalgia. Una patria viva, en cambio, exige una disposición permanente a escuchar. Y escuchar verdaderamente supone algo más que tolerar que el otro hable: significa intentar comprender sus razones antes de apresurarnos a juzgarlas.

Esta disposición vale para la vida cívica, pero también para la vida eclesial. Una comunidad —sea Iglesia o nación— necesita que sus miembros puedan reconocerse, hablar y escucharse mutuamente. Cuando algunos dejan de sentirse escuchados, la comunidad comienza a fragmentarse y aquello que debería ser común se vuelve cada vez más estrecho.

Tal vez por eso una celebración como la de septiembre pueda ser una ocasión privilegiada para preguntarnos no solo qué nos une, sino también a quiénes no estamos escuchando. ¿Quiénes sienten que esta patria no los reconoce? ¿Quiénes experimentan que sus preocupaciones quedan fuera de las conversaciones importantes? ¿Quiénes viven en territorios o condiciones donde la promesa de una vida digna parece todavía lejana?

HACERLA GRANDE, BELLA, HUMANA, FRATERNAL

San Alberto Hurtado comprendió la patria precisamente desde esta perspectiva. En un discurso patrio pronunció unas palabras que conviene volver a escuchar cada dieciocho de septiembre y que adquieren un particular sentido en el Chile de hoy: «Nuestros Padres nos dieron una Patria libre, a nosotros nos toca hacerla grande, bella, humana, fraternal. Si ellos fueron grandes en el campo de batalla, a nosotros nos toca serlo en el esfuerzo constructor» (Prédica de acción de gracias pronunciada por el Padre Hurtado en el Te Deum del 18 de septiembre de 1948, en Chillán).

Hay en estas palabras una concepción de la patria muy distinta de aquella que simplemente celebra una obra terminada. La patria es una tarea. Es algo que se recibe, pero también algo que debe ser construido. No basta con agradecer lo heredado; cada generación tiene la responsabilidad de preguntarse qué hará con esa herencia.

Alberto Hurtado sabía que ese esfuerzo constructor no podía reducirse al progreso material ni a la grandeza de la nación, entendida en términos abstractos. Se trataba de hacer posible, entre los miembros de la «familia nacional», una vida digna para todos.

Aquí la pregunta por la patria se vuelve, inevitablemente, una pregunta por quienes quedan en sus márgenes. Y es que no hay patria plenamente realizada mientras persistan formas de exclusión; mientras haya personas que no accedan a oportunidades básicas; mientras existan territorios y comunidades —en Chile y en América Latina— que deban defender su tierra, su agua o su forma de vida frente a fuerzas que las consideran obstáculos antes que parte legítima de esa familia nacional.

Hacer patria, entonces, es también preguntarnos a quiénes hemos dejado fuera de ella.

Aquí la pregunta por la patria se vuelve, inevitablemente, una pregunta por quienes quedan en sus márgenes. Y es que no hay patria plenamente realizada mientras persistan formas de exclusión.

UNA FIESTA PARA RENOVAR LA TAREA

Quizás esa sea la clave para celebrar estas Fiestas Patrias en un año de tantos temblores. No celebrar una posesión ya asegurada, sino renovar una tarea inconclusa.

La patria no se agota en el himno, la bandera, la cueca, las parrilladas o el desfile de las Fuerzas Armadas. Se juega también en la manera en que decidimos tratarnos cuando no estamos de acuerdo; en nuestra disposición a compartir el peso de las decisiones difíciles; en la voluntad de cuidar una tierra que puede temblar sin aviso y que pertenece también a quienes vendrán después de nosotros.

Celebrar la patria puede ser, por eso, un acto de gratitud, pero también de humildad. Gratitud por una historia que no comenzamos nosotros y que hemos recibido de otros. Humildad para reconocer que esa historia no está terminada y que tampoco nosotros tenemos la última palabra sobre ella.

Ninguna generación recibe una patria completa. Cada una recibe una tarea. A nosotros nos corresponde hacerla, como pedía Alberto Hurtado, «grande, bella, humana, fraternal». Y quizás hoy, cuando tantas certezas parecen temblar, hacer patria consista, ante todo, en volver a descubrir que seguimos necesitándonos unos a otros.

Que estas Fiestas Patrias no sean solamente una pausa para celebrar lo que hemos sido. Que sean también una oportunidad para preguntarnos qué país queremos seguir construyendo juntos. Porque la patria, como la democracia y como toda comunidad verdaderamente humana, no está nunca terminada: se renueva cada día en la decisión de seguir perteneciendo, de seguir escuchando y de seguir trabajando para que nadie quede fuera de ella.

logo

Suscríbete a Revista Mensaje y accede a todos nuestros contenidos

Shopping cart0
Aún no agregaste productos.
Seguir viendo
0