Una Iglesia herida

Semana Santa es un tiempo de conversión. El primer paso en el proceso de conversión consiste en la valentía de aceptar los hechos, reconociendo la presencia de la maldad.

Revista Mensaje

26 marzo 2018, 5:18 pm
14 mins

La Iglesia católica está viviendo su propia Semana Santa. Los casos de abuso y los insuficientes y, a veces, errados procedimientos para afrontarlos le han significado una grave caída ante los creyentes y ante la opinión pública, en general. Se ha configurado una situación crítica. Numerosos católicos se formulan hoy cuestionamientos sobre su adscripción y su cercanía a ella, a la vez que para los sacerdotes y religiosos surge una grave obligación de reflexionar y replantearse los modos de proceder en su misión. De hecho, en su encuentro con los sacerdotes y personal consagrado en la Catedral de Santiago, efectuado el 16 de enero último, el papa Francisco termina su discurso con la siguiente pregunta: «¿Cómo es la Iglesia que tú amas? ¿Amas a esta Iglesia herida que encuentra vida en las llagas de Jesús?».

UNA INSTITUCIÓN CUESTIONADA

Según la encuesta PUC-Adimark (2017), el 59% de la población en Chile se profesa católica; el mismo sondeo en el 2006 arrojaba un 70%. Es decir, en once años se observa una diferencia decreciente de 11 puntos. En la medición correspondiente al año 2017, solo el 26% de aquellos que son padres desearían que sus hijos se eduquen en un colegio religioso. Por otra parte, en la realizada por el CEP, el año 2002, la Iglesia católica gozaba del 47% de confianza ciudadana, bajando el 2015 a 29%. Un resultado similar se da en la CADEM, publicada el 5 de febrero de este año, cuando el 68% de los encuestados desaprueba del trabajo que ella desempeña.

Más allá de los datos estadísticos específicos, la experiencia cotidiana confirma que esta institución ha perdido un alto porcentaje de credibilidad frente a la sociedad chilena. Teniendo en esta crisis un lugar central el delito de los abusos cometidos por los ministros de la Iglesia, el papa Francisco se ha manifestado sobre ella en numerosas ocasiones. De hecho, en su reciente visita a Chile, en el encuentro con sacerdotes y personal consagrado en la Catedral de Santiago, hizo referencia a la experiencia del misterio pascual, manifestando que es preciso tener «la lucidez de llamar a la realidad por su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo y no rumiar la desolación».

UN TIEMPO DE CONVERSIÓN

Semana Santa es un tiempo de conversión. El primer paso en el proceso de conversión consiste en la valentía de aceptar los hechos, reconociendo la presencia de la maldad. Esto exige un profundo y sincero agradecimiento al coraje de los denunciantes de los abusos cometidos, porque, a través de ellos, se han dado a conocer actos abusivos que constituyen un delito.

Simplemente, no cabe una postura defensiva frente a tales denuncias, sino que, todo lo contrario, se hace necesaria una actitud de acogimiento doloroso pero agradecido. Solo debido a las denuncias ha sido posible darse cuenta de situaciones dramáticas y criminales, y, por ende, encontrar caminos de reparación y prevención.

Al respecto conviene señalar una aclaración: la respuesta ética frente a tales situaciones exige, en primer lugar, el principio de justicia y la consecuente reparación. Esta justicia no tiene una finalidad vengativa, sino que es una expresión pública de una sociedad que rechaza este tipo de comportamientos. Al pensar en el bienestar de sus miembros, la sociedad tiene el derecho y el deber de sancionar conductas que causan daño a la convivencia ciudadana.

¿Significa esto que el hacer pública una denuncia forma parte del principio de justicia? No necesariamente, porque todo depende de la voluntad de la víctima. Los reclamos de que todo tiene que hacerse público o de que la sociedad tiene el derecho de saberlo todo, no siempre tiene consistencia ética y, a veces, puede caer en la trampa nociva de una justicia medial. En el caso de abuso sexual, la víctima tiene todo el derecho de exigir privacidad, sin negar que el hacerlo público tiene ventajas pedagógicas de prevención. Desde el punto de vista ético, lo esencial e irrenunciable consiste en hacer justicia a la víctima y asegurarse que no se repita.

Todos, como miembros de la Iglesia, necesitamos enfrentar estas situaciones superando la actitud de rumiar en la desolación. Frente a situaciones de abuso sexual sólo cabe condenarlas y crear condiciones para que no se repitan estos comportamientos delictuales. Ciertamente, el darse cuenta de estas situaciones resulta profundamente doloroso, porque la presencia de las víctimas significa también una traición al Evangelio y la consecuente misión de la Iglesia.

A la vez, es preciso reconocer también que se han dado pasos en la Iglesia para enfrentar, reparar y superar estas situaciones. En las instituciones educacionales se han elaborado estrictos protocolos, se han realizados talleres y jornadas de formación sobre el tema, se han tomado medidas frente a las denuncias, se ha creado el Consejo Nacional de Prevención de Abusos… La venida de monseñor Charles Scicluna, Arzobispo de Malta y delegado papal, para recabar información sobre la acusación de encubrimiento contra el Obispo de Osorno ha devuelto la esperanza de hacer justicia a las víctimas, si viene al caso.

CAMINOS DE CONVERSIÓN

En la celebración de la Semana Santa, la clave de comprensión de su sentido religioso consiste en creer que la vida puede surgir en medio de la muerte. Es la Resurrección que da sentido cristiano a la Cruz.

«Como discípulos, como Iglesia, nos puede pasar lo mismo», recuerda el papa Francisco a los sacerdotes y personal consagrado reunidos en la Catedral de Santiago, porque «hay momentos en los que nos confrontamos no con nuestras glorias, sino con nuestra debilidad». El gran desafío, la profunda conversión es de aquel «quien encuentra en sus heridas los signos de la Resurrección».

El reconocimiento crudo de la propia debilidad hace comprender la fragilidad de otro y redirige la mirada en el Fundador de la comunidad. «Estamos invitados a no disimular o esconder nuestras llagas. Una Iglesia con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y buscar sanarlas». Es el caso de Pedro. «Conocer a Pedro abatido para conocer al Pedro transfigurado, es la invitación a pasar de ser una Iglesia de abatidos desolados a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado». Es decir, «Pedro experimentó en su carne la herida no sólo del pecado, sino de sus propios límites y flaquezas. Pero descubrió en Jesús que sus heridas pueden ser camino de Resurrección».

Además, el camino de conversión de una Iglesia herida pasa por reconocer su auténtico centro y su razón de ser. La misión de la Iglesia no es auto-predicarse, sino proclamar la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, proclamado como el Hijo por el Padre. «Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene nombre: Jesucristo». En este sentido, la debilidad de la propia comunidad proclama a Alguien más grande.

DEJARSE AYUDAR EN EL CAMINO

En la presencia de una institución seriamente cuestionada por la sociedad, los caminos de reparación se hacen particularmente complejos. La falta de su credibilidad hace sospechosos todos sus intentos. Quizás sea el momento de buscar ayuda desde fuera en los casos de abusos sexuales. Frente a la acusación de defensa corporativa, el único camino razonable y creíble será el de hacer partícipes en los procesos a hombres y mujeres de buena voluntad, expertos en el tema y dispuestos a descubrir la veracidad de los acontecimientos.

Además, siguiendo el ejemplo de otros países como Australia y Estados Unidos, ¿no sería más sano y sanador formar una comisión nacional formada por profesionales irreprochables y de buena reputación para que se presenten todas las denuncias contra los ministros de la Iglesia? ¿No será mejor enfrentar la crisis durante un tiempo determinado, que estar esperando el goteo de denuncias que pueden durar en el tiempo en medio de una angustia permanente? No se trataría de una ley de punto final, sino, a partir de lo aprendido, establecer un procedimiento ágil para recibir denuncias, constatar veracidad, imponer una justicia reparativa y crear condiciones para impedir, lo máximo posible, su repetición. De esta manera, se irá cerrando la puerta al encubrimiento y la impunidad, que tanto daño hacen a las víctimas, como también tanto a la institución como a la sociedad.

La humillación puede ser el camino de la humildad. Reconocer el propio pecado de abuso, de encubrimiento y de no haberse dado cuenta con la finalidad de hacer de la Iglesia un espacio sano y seguro para todos, constituye el camino de conversión, celebrando una Semana Santa cuya relevancia se difunda a toda la sociedad chilena.

Ojalá esta Semana Santa sea una ocasión de gracia para la Iglesia, en cuanto sea capaz de repetir con Pablo: «Pero Él me dijo: Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Corintios 12, 9-10).

La institución de la Iglesia católica va perdiendo progresivamente su prestigio en la sociedad. La secularización de la sociedad no agota la explicación de este fenómeno. Lo evangélico no consiste en reconquistar el poder en la sociedad, sino en recuperar la autoridad que emana de la proclamación del mensaje de la Buena Noticia traída por Jesús. La serena, aunque profundamente dolorosa, aceptación de las propias equivocaciones y el encuentro de caminos de justicia restaurativa, exigen una humilde valentía. Lo esencial en este camino de la cruz no consiste en rumiar la desolación sino en levantarse, conscientes de que «llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2 Corintios 4, 7). La conversión del mensajero hará más creíble en la sociedad su mensaje de la Buena Noticia. MSJ

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