Se inicia un nuevo gobierno. La esperanza que se invoca debe significar que se mira hacia adelante con generosidad, pensando en todos los chilenos. Y debe ser una disposición profunda a continuar adelante, aunque existan signos adversos.
Hay años que comienzan cargados. Este es uno de ellos. Chile vivió en pocas semanas el cierre de un gobierno y el inicio de otro, con todo lo que ese tránsito implica: negociaciones tensas, roces públicos, acusaciones cruzadas y una ciudadanía que observa con mezcla de expectativa y cansancio. La transición presidencial, que en nuestra tradición republicana debería ser expresión de madurez democrática, mostró esta vez algunos costos: la dificultad de reconocer lo que el otro hizo bien, la tentación de comenzar desde cero borrando continuidades necesarias, la impaciencia de quienes llegan convencidos de que todo lo anterior fue error.
No solo en Chile, sino en muchos países, la política se ha transformado en un espacio donde se descalifica al adversario, lo que deteriora el diálogo y la confianza en las instituciones. Es fundamental exigir comportamientos responsables de los gobernantes, reconociendo la legitimidad de distintas perspectivas y evitando la moralización del debate. Gobernar exige combinar capacidades técnicas con debate abierto y respetuoso, buscando acuerdos que reflejen la pluralidad de la sociedad. Si no se cambia esta dinámica, la luna de miel del nuevo gobierno podría terminar antes de lograr avances importantes.
En ese marco, la esperanza que se invoca desde el nuevo comienzo tiene el riesgo de convertirse en una esperanza que mira hacia atrás, obsesionada con corregir al que vino antes, en lugar de mirar hacia adelante con generosidad, pensando en todos los chilenos. No se trata de pedir ingenuidad ni de ignorar los errores del pasado. Se trata de algo más exigente: gobernar para el conjunto del país, incluidos aquellos que no votaron por uno.
Mientras tanto, la violencia nos sigue haciendo daño; no solo la del crimen organizado que se ha instalado en territorios antes tranquilos, sino también la violencia más difusa del miedo cotidiano, de la desconfianza que corroe el tejido social, de la sensación de que las instituciones no llegan a tiempo ni a todos.
El escenario mundial agrega urgencia a esa inquietud. La escalada militar en Oriente Medio —donde Irán y Estados Unidos han vuelto a quedar frente a frente, con otras potencias acechando en los márgenes— recuerda que los conflictos que parecían lejanos tienen una capacidad perturbadora que alcanza incluso a países situados en la periferia del poder global. El debate en torno al cable submarino transpacífico y el rol de China en su desarrollo fue una señal elocuente de algo más profundo: que las decisiones que antes parecían técnicas o económicas tienen hoy una dimensión estratégica y ética que no puede soslayarse. La guerra no es solo una tragedia humanitaria: es también un revés para el multilateralismo, una señal de que los mecanismos de construcción de paz que costó décadas levantar están siendo erosionados con inquietante velocidad.
En este contexto, la palabra esperanza ha circulado con inusitada frecuencia en Chile. La ha invocado el nuevo presidente, convocando a un país que se renueva. La ha invocado también el Arzobispo de Santiago, aunque desde un lugar muy distinto: no como programa político ni como promesa de gestión, sino como disposición del corazón que brota de una fe que no se rinde ante la adversidad. Dos usos de la misma palabra, dos gramáticas distintas. La distinción importa y vale la pena detenerse en ella.
La esperanza no es lo mismo que el optimismo. El optimismo es una evaluación sobre el futuro: las cosas irán bien, los esfuerzos rendirán frutos, los indicadores mejorarán. Es una actitud que se alimenta de evidencia favorable y que se desinfla ante los fracasos. La esperanza, en cambio, es una disposición profunda: no depende del balance de probabilidades ni se sostiene solo mientras los resultados acompañen. Es la convicción de que tiene sentido seguir incluso cuando los signos son adversos; que la historia no está cerrada; que el bien es posible aunque no sea inminente. Por eso la esperanza puede coexistir con el dolor, con la incertidumbre, con la lucidez sobre la gravedad del presente. El optimismo, en cambio, suele requerir cierta dosis de ceguera voluntaria. Lo que este tiempo pide no es un optimismo fácil, sino una esperanza exigente.
La esperanza puede coexistir con el dolor, con la incertidumbre, con la lucidez sobre la gravedad del presente. El optimismo, en cambio, suele requerir cierta dosis de ceguera voluntaria. Lo que este tiempo pide no es un optimismo fácil, sino una esperanza exigente.
La Semana Santa es un momento que no admite esperanzas baratas. La memoria de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo interpela precisamente desde ese lugar: no desde la promesa de que todo irá mejor si elegimos bien, sino desde la convicción de que incluso en el fracaso, la traición y la muerte hay una presencia que no abandona. La cruz es el símbolo más radical de que Dios no huye del sufrimiento humano: lo habita, lo atraviesa, lo transforma desde adentro.
Acompañar a Cristo en su Pasión es también dejarse interpelar por el sufrimiento de las víctimas de la historia: las de la violencia que golpea en Chile, las de los conflictos bélicos que devoran vidas en Oriente Medio y en tantos otros rincones del mundo, las de la pobreza que persiste mientras se disputa el poder. Sin embargo, hay una dimensión del acompañamiento que a menudo dejamos de lado: no se trata solo de acompañar a Cristo, sino aceptar que nos invite a caminar junto a Él. Así, la relación se vuelve recíproca y profunda, donde ambos, Cristo y nosotros, nos encontramos en el acto de acompañar.
La relación con Dios no es de una sola dirección. Acostumbrados a pensar en un Dios omnipotente e impasible, nos cuesta asimilar que el Dios que se nos revela en Jesucristo es un Dios que se comunica, que se entrega, y que —en el asombro de esa entrega— también necesita que lo cuidemos, que lo sostengamos, que no lo dejemos solo. Esperamos que Dios tenga fe en nosotros; pero la Pasión nos recuerda que él también confía en que nosotros la tendremos en él. Esa relacionalidad —ese vínculo de ida y vuelta— no es solo una afirmación teológica; es un modelo de cómo habitar el mundo, de cómo entender la responsabilidad y el cuidado mutuo en una sociedad que los necesita con urgencia.
Pero la fe cristiana no se detiene en el Viernes Santo. La resurrección no borra la historia ni resuelve mágicamente los conflictos. Lo que inaugura es otra manera de habitarla: una esperanza que no se confunde con el optimismo, una confianza que no niega la gravedad del presente, una posibilidad de recomenzar incluso allí donde todom parece cerrado. Esa es nuestra esperanza: no la que promete victorias fáciles, sino la que sostiene el compromiso cuando los resultados tardan, cuando la realidad resiste y cuando la tentación del cinismo se hace más fuerte.
Es en este contexto que Mensaje celebra sus 75 años de vida. No se trata de un aniversario más. Setenta y cinco años de presencia ininterrumpida en la vida pública chilena significa haber acompañado dictaduras y democracias, crisis y esperanzas, debates que dividieron y conversaciones que unieron. Desde su origen, la revista ha buscado ser un lugar de encuentro entre la fe y la historia, entre la inteligencia y el compromiso, entre la crítica y la esperanza. No una tribuna ideológica, sino un espacio de discernimiento.
Al momento de cerrar estas páginas, nos ha dejado el P. Juan Ochagavía S.J., antiguo director de esta revista y una de las figuras más significativas de la Iglesia y de la Compañía de Jesús en Chile durante las últimas décadas. Teólogo formado en el espíritu del Concilio Vaticano II, decano de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica en un período de honda renovación eclesial, maestro de novicios, provincial de la Compañía de Jesús, instructor de Tercera Probación y asistente del Superior General en Roma: un recorrido que habla de un hombre que fue llamado una y otra vez a estar donde las cosas se decidían, donde los jóvenes se formaban, donde la Iglesia jugaba su fidelidad al Evangelio.
Pero lo que más define a Juan Ochagavía no es el catálogo de sus cargos, sino la calidad de su presencia. Formador de varias generaciones de jesuitas y de numerosos laicos y laicas que encontraron en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio una escuela de vida interior, fue un hombre que tomaba en serio tanto a Dios como a las personas. Sabía escuchar; sabía preguntar; sabía acompañar sin imponerse. Y tenía esa rara capacidad de quienes han habitado largamente el silencio: decir mucho con pocas palabras, y dejar que el interlocutor llegara solo a donde necesitaba llegar.
Que su partida coincida con este tiempo pascual y con este aniversario no es un detalle menor. En la tradición ignaciana, la muerte no interrumpe la misión: la transforma. Lo que Juan sembró en quienes formó, en quienes acompañó, en quienes leyeron Mensaje a lo largo de su dirección de la revista, sigue vivo y seguirá dando fruto. La esperanza que él encarnó no era de las que se apagan con la muerte: era, precisamente, una esperanza pascual.
Al iniciar este nuevo ciclo —político, eclesial y editorial— quisiéramos, junto al recuerdo de nuestro antiguo director, reafirmar una tarea que no es solo nuestra y en la que queremos seguir colaborando: contribuir, desde la palabra, a una forma de presencia en la historia que no renuncie a la lucidez ni a la esperanza. Una esperanza que no promete soluciones sin cruz, pero que tampoco se queda en el sepulcro. Una esperanza que, como la del Resucitado, lleva las marcas de las heridas y aun así —precisamente por eso— es capaz de decir que la vida puede más.