Una seguridad más amplia y sostenible

Si se quiere una sociedad segura, habrá que hacer modificaciones operativas y legales en el corto plazo, pero una seguridad sustentable requiere un cambio cultural de proporciones significativas.

El concepto de seguridad ha sido el protagonista del debate político reciente. Si bien se trata de un reclamo tradicional de la derecha política, la percepción de inseguridad se ha tomado la agenda y el gobierno del presidente Gabriel Boric ha querido tomar cartas en el asunto.

En efecto, la seguridad es un imperativo humano y social. Es fundamental para la convivencia racional y razonable entre seres humanos. Ante la crisis de seguridad experimentada, es alentador que se haya convocado una Mesa de Seguridad desde el Ministerio del Interior, pero hay que alertar sobre las iniciativas que ahí se fragüen, dado que sus resultados más importantes necesariamente serán a largo plazo. Si se quiere una sociedad segura, habrá que hacer modificaciones operativas y legales en el corto plazo, pero una seguridad sustentable requiere un cambio cultural de proporciones significativas.

LA SEGURIDAD COMO NECESIDAD

Aunque la teoría de la jerarquía de necesidades propuesta por Maslow ha tenido muchas críticas, proporciona un marco relevante para posicionar la seguridad dentro de las necesidades fundamentales. Las primeras necesidades son las fisiológicas, aquellas fundamentales para la vida: aire, agua, alimento, descanso, mantener una temperatura adecuada, etc. La primera pregunta, obviamente, es si como sociedad estamos cuidando con prioridad la satisfacción adecuada de cada una de ellas. La idea de Maslow es que, antes de ocuparse de las necesidades de seguridad, las fisiológicas deberían estar cubiertas en un cierto nivel mínimo. Lamentablemente, la calidad del aire en algunas ciudades suele ser muy mala en invierno; la disponibilidad de agua para la vida humana no está para nada asegurada en el futuro, como tampoco la seguridad de contar con alimentos suficientes; el déficit habitacional creciente impide a las familias protegerse de las inclemencias climáticas.

Por esta razón, es interesante que, aunque la iniciativa inicial de la mesa de seguridad tenga como foco la seguridad ciudadana, se ponga la seguridad en un marco más amplio de ciertas garantías fisiológicas mínimas. Poner este tema en el medio podría interpretarse perfectamente como una estrategia política para diluir el debate que convoca inicialmente a la mesa, pero no deja de ser una preocupación de altísima relevancia, sobre todo en un año que se prevé especialmente difícil en materia económica, con una inflación todavía alta, tasas de desempleo muy preocupantes, un bajo crecimiento económico y una alta demanda ciudadana por estándares de vida mejores. Sin duda, no es bueno complejizar la mesa de seguridad con otros requerimientos, pero sería una buena idea convocar otra(s) mesa(s) que busquen consensos sociales en estas otras materias complementarias. Sin embargo, carencias en necesidades fisiológicas básicas activan la disposición a la lucha, escalando los conflictos sociales. Sin un piso básico de satisfacción en lo fisiológico, las estrategias de seguridad ciudadana de control público podrían simplemente añadir tensión a las crisis de convivencia. En cambio, la justicia social favorece la armonía y la coexistencia de grupos diversos.

LAS TENSIONES INTERNAS EN LA SEGURIDAD CIUDADANA

En la percepción de inseguridad de la población inciden varios elementos. Por una parte, se constata el incremento de la violencia en los delitos, aspecto profusamente divulgado por los medios de comunicación social. Por otra, existe también el reconocimiento público que se ha hecho de la existencia del «crimen organizado», es decir, de grupos que tienen una organización y un sistema para delinquir. Finalmente, nos encontramos con la percepción de que el Estado de derecho se ha debilitado.

En primer lugar, las estadísticas del Centro de Estudios y Análisis del Delito (CEAD) indican que los delitos de mayor connotación social en total nacional no han aumentado desde 2016, sino que más bien han disminuido. No queremos minimizar el impacto de la delincuencia en la sociedad. Cualquier delito es una afrenta y un dolor para alguien. Sin embargo, esas son las cifras. Es cierto que en algunas regiones del país ha habido aumento de algunos delitos violentos. Eso hay que analizarlo bien, en profundidad, y abordarlo estratégicamente. Además, en las políticas públicas hay que hacerse cargo tanto de realidades como de percepciones. La labor informativa de los medios de comunicación tiene un papel fundamental que jugar en acortar la distancia entre ambas. Exacerbar el dramatismo o la morbosidad a fin de tener mayores ventas es éticamente muy cuestionable. Hoy tenemos más información, cada persona es un potencial proveedor de imágenes, comentarios y noticias en diversos rincones del país. Pero la responsabilidad principal de un medio de comunicación e información es hacer un relato comprensivo y real de los acontecimientos, para garantizar así el acceso pleno a la información.

En segundo lugar, la información que se tiene es que ha crecido el crimen organizado. Es decir, han surgido bandas criminales cuyos delitos son sistemáticos y requieren una alta planificación. Estos grupos, varios de ellos vinculados al narcotráfico, van tomando sectores de la ciudad donde aprovechan los vacíos dejados por el Estado para reemplazarlo, cubriendo necesidades de vecinos, comprando así su silencio y amenazando a cualquiera que intente delatar. Aprovechan también su poder de fuego para recaudar cuotas por protección a diversos locatarios. Operan tomando un territorio violentamente, en combate con otros grupos que pretendan lo mismo. En el camino, van reclutando a jóvenes y adolescentes de la calle, a quienes sacan del sistema escolar, seduciéndolos con un goce rápido en drogas o dinero, la adrenalina del delito y la seguridad de un arma en sus manos. Su herramienta principal es provocar temor en la población y eso hace también muy difícil la intervención, porque hay una base emocional que dificulta intervenir.

Sin duda, abordar el crimen organizado es tremendamente complejo. Requiere estrategias de inteligencia investigativa y policial, mucha presencia en terreno y colaboración de la ciudadanía. Recuperar el territorio necesita una acción coordinada con redes de salud, educación, organización comunitaria de base y recuperación de infraestructura. Todo, en orden a reconquistar la seguridad del barrio.

Abordar el crimen organizado es tremendamente complejo. Requiere estrategias de inteligencia investigativa y policial, mucha presencia en terreno y colaboración de la ciudadanía.

Por último, el Estado de derecho se ha debilitado mucho durante los últimos años. Esa debilidad apoya, por cierto, la comisión de delitos. Existe mucha tolerancia con el delito pequeño: circular sin patente en el vehículo, saltarse el torniquete en el transporte público, pasar una luz roja, rayar un muro ajeno, romper espacios públicos, vender en el comercio ambulante, sin boleta ni comprobante. La ciudadanía evita entrometerse, porque la reacción de vuelta puede ser violenta; prefiere guardar silencio, mirar para el lado, quizás con razón; los choferes de bus se evitan una agresión. Más de alguna persona justifica la acción del pequeño delincuente como una forma de hacer justicia ante una sociedad que lo ha oprimido o maltratado.

Con el tiempo, esa permisividad lamentablemente se va haciendo costumbre y deteriora mucho la convivencia social. Así, la percepción mayoritaria empieza a ser de una impunidad extendida que, o bien normaliza el delito, o bien busca hacer justicia por mano propia. Ambas situaciones son muy malas para la convivencia.

Otra forma de debilidad del Estado de derecho ocurre por el proceso de corrupción de los organismos estatales. Si bien dentro de Latinoamérica en Chile la percepción de corrupción es comparativamente baja, hay que poner atención a este fenómeno. Cuando los funcionarios o miembros de poderes del Estado comienzan a buscar fines distintos de aquellos para los que fueron creados, la ciudadanía no solo desprestigia, sino que invalida los actos del Estado en su conjunto.

LA COMPLEJIDAD DE LA TAREA

Es muy importante que la mesa de seguridad aborde el problema. En esto, será muy relevante mirar las experiencias de otros países, dado que las acciones emprendidas en Latinoamérica en ocasiones derivaron en grupos de autodefensa o paramilitares. Estamos lejos de eso, pero no podemos dejar de aprender de estos errores del pasado o que otros hayan podido cometer. Asimismo, será fundamental abordar el problema en toda su complejidad; sin duda se tendrán que asumir iniciativas policiales de corto plazo, pero que deben acompañarse, en el mediano y largo plazo, de cambios sustantivos en la educación y en la cultura de la ciudadanía.

Esperamos que, desde los diversos espectros políticos, no se minimice el problema y, menos aún, que se lo justifique; no queremos tampoco que se reduzca a un aumento de penas o a una mayor presencia policial. En este tipo de problemas complejos, es donde se necesita un Estado fuerte, más coordinado, que pueda actuar con todas las herramientas que tiene disponibles para actuar en el territorio: establecimientos educacionales que recuperen a los alumnos que están en las calles, que inculquen la empatía, el respeto y el compromiso ciudadano; juntas de vecinos organizadas para recuperar espacios; proyectos de empleo digno en tiempos de recesión y apoyo a las policías. Finalmente, es necesario un trabajo cultural global que promueva el comportamiento legal, un mínimo tan necesario para la convivencia de todos.

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