La esperanza cristiana no consiste en refugiarse en la nostalgia de un pasado idealizado ni en depositar una confianza ingenua en el progreso tecnológico. Consiste en creer que la dignidad de toda persona humana permanece como criterio irrenunciable para juzgar nuestras instituciones, nuestras economías y nuestras tecnologías. [También disponible en audio]
Con Magnifica Humanitas, firmada por León XIV el 15 de mayo de 2026, en el aniversario ciento treinta y cinco de Rerum Novarum, la Iglesia añadió un nuevo capítulo a una de las tradiciones intelectuales más fecundas y persistentes de la modernidad: su doctrina social. Que un Papa haya decidido reflexionar sobre la inteligencia artificial desde la dignidad de la persona humana y que lo haga remitiéndose explícitamente a León XIII no es un dato menor. La encíclica recuerda que los grandes desafíos de nuestro tiempo no se comprenden adecuadamente si se los separa de una tradición de pensamiento que lleva más de un siglo interrogándose sobre la justicia, el trabajo, la economía, la técnica y el bien común.
Hablar de tradición exige hoy una precisión indispensable. León XIV afirma, al comienzo de su encíclica, que «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo». La frase contiene una intuición decisiva: la tradición no consiste en repetir mecánicamente respuestas heredadas, sino en recibir una herencia viva para afrontar preguntas nuevas. Allí se juega la diferencia entre tradición y tradicionalismo.
El tradicionalismo busca preservar intactas las formas del pasado, como si la fidelidad consistiera en protegerlas de toda transformación. La tradición, en cambio, transmite un sentido que permite discernir la novedad de cada época. El tradicionalismo corre el riesgo de custodiar cenizas; la tradición procura mantener vivo el fuego. No se trata de aceptar sin más toda novedad, pero tampoco de darle la espalda. Lo propio de una tradición viva es escuchar, comprender y discernir.
La historia misma de la doctrina social de la Iglesia confirma esta intuición. Desde finales del siglo XIX, la Iglesia ha debido enfrentar problemas inéditos sin abandonar sus convicciones fundamentales. Frente a la miseria obrera provocada por la Revolución Industrial, Rerum Novarum defendió la dignidad del trabajo, el salario justo y el derecho de asociación. Décadas más tarde, Quadragesimo Anno, de Pío XI, desarrolló el principio de subsidiariedad y formuló una crítica tanto al liberalismo económico como a los totalitarismos emergentes.
Con Juan XXIII, la mirada se amplió. Mater et Magistra reflexionó sobre la creciente interdependencia social y económica del mundo contemporáneo, mientras Pacem in Terris situó los derechos humanos y la paz entre las naciones en el corazón mismo de la reflexión cristiana. Pablo VI dio otro paso decisivo con Populorum Progressio, al comprender que la cuestión social ya no podía limitarse a las relaciones entre capital y trabajo, sino que debía considerar las profundas desigualdades entre pueblos y regiones del planeta. El desarrollo integral apareció entonces como una exigencia ética y política de primer orden.
Juan Pablo II retomó estas preocupaciones desde nuevos escenarios históricos. Reflexionó sobre el significado humano del trabajo, denunció las estructuras de pecado que perpetúan el subdesarrollo y examinó críticamente las promesas y límites del orden económico surgido tras la caída del comunismo. Benedicto XVI, por su parte, abordó los desafíos de la globalización y de la crisis financiera internacional, insistiendo en que la economía no puede sostenerse únicamente sobre la lógica del intercambio y la utilidad, sino que necesita también gratuidad, confianza y vínculos humanos.
Francisco heredó esta tradición y la llevó hacia horizontes que hoy parecen ineludibles. En Laudato si’ ofreció una formulación particularmente madura de la ecología integral, recogiendo desarrollos previos del magisterio sobre el desarrollo humano, la ecología humana y el cuidado de la creación. La crisis ambiental y la crisis social aparecieron entonces como dimensiones inseparables de una misma realidad. Más tarde, en Fratelli tutti, propuso la fraternidad y la amistad social como respuesta a la fragmentación creciente de nuestras sociedades. Tan importantes como sus temas fueron quizás sus acentos metodológicos: escuchar antes de juzgar, partir de la realidad concreta y privilegiar el discernimiento por sobre las respuestas apresuradas.
En esta línea se sitúa León XIV. Si León XIII debió preguntarse por la condición del trabajador en la era industrial, León XIV se pregunta por la condición de la persona en la era digital. Su preocupación central no es la tecnología en sí misma, sino la comprensión del progreso que ella presupone. Existe un progreso que se mide por la productividad, la velocidad y la eficiencia. Pero existe también un progreso integral, que se mide por la calidad de las relaciones humanas, por la inclusión de los más vulnerables y por el desarrollo pleno de cada persona.
La inteligencia artificial obliga a replantear preguntas fundamentales. ¿Qué significa pensar? ¿Qué significa decidir? ¿Qué significa educar? ¿Qué significa ser humano? Frente a la tentación de reducir la persona a datos, funciones o rendimientos, la encíclica reafirma que la dignidad humana no depende de la utilidad ni de la capacidad de cálculo. Allí donde León XIII sostuvo que el capital debía estar al servicio del trabajo, León XIV recuerda que el algoritmo debe estar al servicio de la persona.
Esta capacidad de afrontar cuestiones inéditas explica la vitalidad de la doctrina social. Pero también plantea una pregunta exigente. Si cada época trae desafíos nuevos, ¿qué ocurre con aquellos problemas que desaparecen de la atención pública sin haber sido realmente resueltos? La historia de la doctrina social no es una sucesión de temas que se reemplazan unos a otros. Más bien se asemeja a una conversación permanente donde las preguntas se acumulan, se transforman y vuelven a presentarse bajo nuevas formas.
Por eso una tradición viva no solo debe atender a las innovaciones tecnológicas o económicas. También debe seguir escuchando a quienes permanecen en los márgenes. Los rostros sufrientes que Puebla identificó como rostros de Cristo no son siempre los mismos. Cambian las circunstancias históricas, pero permanece la exigencia evangélica de reconocer a quienes quedan excluidos de la vida común.
Entre esos rostros se encuentra la niñez que nace y crece en la pobreza. Se encuentran también las mujeres que buscan una participación más plena en la vida y en la deliberación de la Iglesia. Están los migrantes obligados a abandonar sus hogares, los ancianos descartados, quienes padecen nuevas formas de soledad, quienes sufren precariedades invisibles en medio de sociedades aparentemente exitosas. No se trata de una dispersión temática ni de una agenda cambiante según las modas culturales. Se trata de la misma pregunta cristiana por la dignidad humana aplicada a situaciones históricas distintas.
La historia de la doctrina social no es una sucesión de temas que se reemplazan unos a otros. Más bien se asemeja a una conversación permanente donde las preguntas se acumulan, se transforman y vuelven a presentarse bajo nuevas formas.
Desde Chile, estas cuestiones adquieren una resonancia particular. Nos desafían a pensar el trabajo en un contexto de automatización creciente; a cuidar la casa común cuando las decisiones sobre el agua, la energía o el litio condicionan nuestro futuro; a preguntarnos qué significa realmente el progreso cuando miles de niños siguen viendo limitadas sus oportunidades desde el inicio de sus vidas; a comprender la migración no como una amenaza, sino como una prueba concreta de nuestra capacidad de fraternidad.
La esperanza cristiana no consiste en refugiarse en la nostalgia de un pasado idealizado ni en depositar una confianza ingenua en el progreso tecnológico. Consiste en creer que la dignidad de toda persona humana permanece como criterio irrenunciable para juzgar nuestras instituciones, nuestras economías y nuestras tecnologías. La doctrina social de la Iglesia ha logrado mantenerse viva durante más de un siglo porque ha sabido escuchar las preguntas de cada época sin renunciar a sus principios fundamentales. La mejor manera de honrar esa tradición no es encerrarse en ella, sino permitir que siga dando fruto. Solo así el fuego permanece encendido.