Vigencia del Concilio tras 60 años

En ese momento histórico se invitó a avanzar en los temas acuciantes de la Iglesia y a un diálogo verdadero, sin prejuicios. ¿Cuánto de este espíritu podría servirnos para el momento actual de Chile?

En esta edición, aniversario número 71 de Mensaje, nos ha parecido pertinente traer a colación que se cumplen 60 años de la inauguración del Concilio Vaticano II. Casi cuatro años antes, el papa Juan XXIII había convocado a este evento que modificaría hondamente el curso de la Iglesia hasta hoy. La intención del Papa era doble: que volviésemos a nuestros orígenes, al mensaje de Jesús, despojándonos de lastres que se fueron enquistando con los siglos y, por otra parte, que nos abriéramos a dialogar con el mundo y la cultura actual.

Mensaje, en su editorial, ponía de relieve al inicio de la primera sesión, la necesidad que tenía la Iglesia de ponerse a la escucha del Espíritu, para enderezar sus pasos y cumplir con fidelidad su vocación original. Sin embargo, destacaba que esa labor era deber de toda la Iglesia, no solo de la jerarquía, y con ello anticipaba uno de los giros importantes que daría la Iglesia al redescubrir el rol fundamental del laicado dentro de ella.

¿CUÁLES FUERON LOS ASPECTOS CENTRALES DEL CONCILIO?

Los alcances de una editorial son muy limitados para responder esta pregunta. Sin embargo, procuraremos, al menos, presentar aquellos giros que nos parecen más desafiantes por su eco y relevancia para el presente.

El Concilio redescubre el valor de la persona como morada del Espíritu, con vocación de ser imagen y semejanza del mismo Dios. Esto significó, por supuesto, recuperar la noción de que el Espíritu está presente más allá de las fronteras formales de la Iglesia e inspira también a quienes no han sido bautizados, los que, en diálogo profundo y sincero con su propia conciencia, pueden encontrar también el camino para su salvación. De alguna manera, se rescataba positivamente la noción moderna de la dignidad del sujeto, inteligente, autocomprensivo y responsable de su destino.

Lo anterior implicaba para la Iglesia cambios en su relación con el mundo. Necesariamente, comprenderse a sí misma como una ayuda a la realización humana, y ya no como el modo único en que expresa el Reino de Dios. Pero también significaba que debía ponerse a la escucha del mundo entero, en diálogo con él, para indagar dónde estaba el Espíritu indicando el rumbo, dónde había presencia de Dios más allá de las fronteras eclesiales. Las señales del Espíritu a veces vendrán del interior de la institución, pero otras veces vendrán desde fuera.

Al mismo tiempo, en su organización interna, la idea de una cierta superioridad marcada por la jerarquía, o por los «estados de perfección» de la vida religiosa, también se veía profundamente modificada. Surgió en el Concilio con fuerza la idea del sacerdocio común de los fieles, dado por el bautismo, por el cual todos son llamados a configurarse con Cristo, llegar a ser como él: puentes entre el mundo y Dios, testimonio de la buena noticia de Jesús y servidores de los más frágiles. La Iglesia rescataba así la comprensión de sí misma como un cuerpo con diversidad de carismas y dones complementarios, dejando atrás la idea de superioridad o mayor santidad dada por un cargo o vocación particular.

Entre otras cosas, esto significó que la Iglesia dejaba de entenderse como una organización uniforme en sus expresiones y cultura interna, para empezar a reconocer la diversidad que contenía y la necesaria inculturación en los contextos locales.

Inevitablemente, se disponía a dialogar con la contingencia en cada país y cultura donde estaba presente. Los padres conciliares abrían el documento Gaudium et Spes, declarando su deseo de vincularse con la humanidad entera: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo». En algunas ocasiones esto se tradujo en una crítica a situaciones concretas de opresión; en otras, se expresó como propuesta social abierta al mundo entero

Pero, al mismo tiempo, marcaba una opción preferencial por los frágiles, por quienes sufren y por las víctimas. Esto inevitablemente ha traído consecuencias. Vimos cómo la Iglesia se plantaba en una defensa seria de los derechos humanos, tanto en Chile como en otras latitudes. Más recientemente hemos visto una Iglesia que a nivel universal ha empujado la causa de los derechos de los migrantes o la causa ecológica por la relevancia que tiene para el futuro humano, pero en particular para los más pobres. En este diálogo de la Iglesia con el mundo, ella ha ido dejando el carácter defensivo, para adquirir un carácter más propositivo y esperanzado.

FUNCIONAMIENTO «POLÍTICO» DE LA IGLESIA

Mensaje, en su editorial de hace sesenta años, reconocía cómo la Iglesia tiene en su interior almas conservadoras y progresistas, diferencias importantes de reconocer, aceptar y valorar. La supresión de las polaridades termina en un extremo que no sería genuinamente cristiano y terminaría sofocando el Espíritu. Es muy importante reconocer que la Iglesia no ha sido ni será homogénea en muchos aspectos y eso mantiene en su interior una cierta tensión propia de todos los cuerpos vivos. Para que eso se traduzca en crecimiento y avance, es necesario evitar la lucha que termina anulando la tensión y la creatividad. La lucha destruye, el diálogo hace aflorar el Espíritu.

Para la fecundidad del Concilio, decía Mensaje, ser requiere auténtico diálogo que «significa exponer un punto de vista y prestar atención al otro punto de vista. Solo dialoga el que sabe escuchar, el que se afana por comprender, el que ama más la verdad que tener “él” la razón, el que está dispuesto a ser enriquecido por otro, el que reconoce sus límites. No se dialoga para “ganar” sino para “buscar”. Toda actitud prejuiciada e imperialista ya sea por vanidad, por timidez o por soberbia, hace imposible el verdadero diálogo. Solo puede dialogar el que está dispuesto a perder». San Ignacio de Loyola expresaba bien este espíritu, señalando que «todo buen cristiano ha de estar más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla». ¿Cuánto de este espíritu podría servirnos para el momento actual de Chile? Esta propuesta vale para la sociedad, así como para la Iglesia. Es condición para el avance de todo grupo social.

¿Cuánto de este espíritu podría servirnos para el momento actual de Chile? Esta propuesta vale para la sociedad, así como para la Iglesia. Es condición para el avance de todo grupo social.

VIGENCIA DEL CONCILIO EN EL PRESENTE

Creemos que ya el mismo ejercicio de la sinodalidad durante el Concilio, la reunión de representantes de todo el mundo, la apertura a observadores de otras confesiones cristianas, el ejercicio del discernimiento compartido o el hecho de dejarse interpelar por las diferentes culturas son, entre muchos ejemplos, elementos que continúan plenamente vigentes. En ellos se debe seguir profundizando. Si la Iglesia pensara que ya llegó al punto deseado, ese sería el inicio de su petrificación y su muerte.

Durante el Concilio pudieron dialogar las diferentes perspectivas y visiones que la Iglesia tenía en su interior. Pero en el proceso de recepción del Concilio, para acoger los cambios que en él se propusieron, el diálogo ha debido continuar. Una institución con dos milenios de historia tiene otros ritmos, bastante más lentos que aquellos que se promueven en nuestras sociedades actuales. A ello se suma, además, que en muchos aspectos el Concilio inició caminos que no necesariamente tienen un punto de llegada. Es así como los procesos de inculturación para hacer significativa la evangelización requieren una reformulación muy frecuente que debe mantenerse. Otros elementos, como la concepción de la autoridad no como ejercicio del mando, sino como un ministerio de servicio, son algo en lo que siempre se puede avanzar más, no tiene un «indicador de logro» final.

La experiencia del Concilio, que ciertamente no estuvo exenta de conflictos internos, terminó siendo reconocida como experiencia del Espíritu, dando esperanza dentro y fuera de la Iglesia. Hoy valoramos esa renovación. Sin embargo, es importante no quedarse dormidos en los laureles. El mundo sigue cambiando y planteando nuevos desafíos: el rol de la mujer en la Iglesia, el lugar que tendrán las parejas homosexuales en su interior, la sinodalidad genuina, la desclericalización, la comunión de los separados vueltos a casar, son algunos de los temas en que está pendiente la discusión interna. Urgen estas conversaciones, pero la pregunta de fondo es cómo hacer para que el evangelio de Jesús siga siendo significativo para las generaciones futuras. Eso pedirá coherencia y consistencia en las actitudes de los cristianos, pero, sobre todo, ser hombres y mujeres del Espíritu.

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