Cada persona está invitada a examinar, con honestidad, las formas de violencia que anidan en su propio actuar. Esa mirada interior no es un desvío de la acción política; es su fundamento.
Vivimos en un tiempo donde la violencia se ha vuelto lenguaje. Dejó de ser un hecho puntual para transformarse en un modo de relación, en criterio de eficacia y en signo de liderazgo.
En el escenario de la política internacional reciente, hemos asistido a expresiones alarmantes de esta escalada. Amenazas dirigidas contra poblaciones civiles, discursos que exaltan la fuerza como principio ordenador del mundo, y la insinuación de que la dominación —y no el derecho— constituye el fundamento último de la convivencia entre naciones. Tales posiciones, encarnadas de modo particularmente visible en liderazgos como el de Donald Trump, no solo tensan el sistema político global, sino que erosionan las bases mismas del derecho internacional y de la ética pública.
La lógica de dominación no solo ha utilizado la fuerza bélica para legitimarse; hemos visto también cómo intenta revestirse de argumentos morales y teológicos. El vicepresidente estadounidense J.D. Vance invocó el concepto católico del ordo amoris —la doctrina del orden del amor, formulada por san Agustín— para justificar políticas de exclusión y deportaciones masivas, argumentando que la compasión cristiana pertenece primero a los propios y solo después a los extranjeros. Se trata de una tergiversación profunda: el ordo amoris agustiniano no es una escala de exclusión, sino una estructura de amor que culmina en Dios y que, precisamente por eso, no admite fronteras que anulen la dignidad del otro. Usar la teología para justificar el desprecio al vulnerable contradice la fe cristiana en su raíz. No sorprende, por eso, que tanto el papa Francisco —muy poco antes de su muerte— como el papa León XIV hayan respondido con claridad: el amor cristiano es la base de una fraternidad abierta a todos, sin excepción.
Pero la instrumentalización de la fe no se detiene ahí. León XIV, quien ha denunciado consistentemente lo que llama una «teología de la guerra» —la utilización del nombre de Dios para justificar masacres—, ha convocado a los fieles de todo el mundo a orar por la paz, y ha tenido que enfrentar reacciones inusualmente directas y agresivas desde la administración Trump. El Papa ha sido calificado públicamente de «débil» y «terrible en política exterior» por defender la paz en Irán y Venezuela; se publicó (luego se retiró) una imagen generada por inteligencia artificial en la que Trump aparecía revestido de atributos mesiánicos, gesto que líderes religiosos de distintas tradiciones calificaron de blasfemo. Ante la amenaza de «arrasar una civilización», León XIV recordó que ninguna razón de Estado puede justificar la destrucción de un pueblo. El Parlamento Europeo lo invitó a dirigirse en sesión plenaria en solidaridad con su voz. Ante todo esto, León XIV respondió con una serenidad que es, en sí misma, un gesto moral: «No tengo miedo a la administración de Trump».
Seamos honestos: no se vislumbra, por ahora, una salida clara a los conflictos armados que asolan nuestro mundo. Las instituciones creadas para arbitrar la paz —la ONU, el Consejo de Seguridad— han demostrado su profunda fragilidad estructural, siendo incapaces de actuar cuando los intereses de las grandes potencias se interponen. La arquitectura del veto transforma la búsqueda de justicia en negociación entre poderes, mientras los cuerpos se acumulan. Eso obliga a una honestidad que no es pesimismo, sino condición para una esperanza auténtica: no la que cierra los ojos ante la realidad, sino la que trabaja desde dentro de ella.
Hoy expresamos nuestra solidaridad con el papa León XIV y nuestro respaldo inequívoco a su voz, a la que se han sumado obispos de todo el mundo, incluido nuestro país. Lo que está en juego es la posibilidad misma de que existan voces que, desde una autoridad moral y no bélica, interpelen a los poderosos con la fuerza del Evangelio: una voz que llama a la paz cuando el poder llama a la guerra, que invoca la dignidad cuando el poder invoca la dominación, que recuerda al mundo que la fe no puede ser un escudo ideológico para la violencia. Esa voz merece ser acompañada.
Frente a ello, la tradición ética —y, en particular, la doctrina de la guerra justa— ha sido clara: nunca es lícito dirigir la violencia contra la población civil. No se trata de un límite circunstancial, sino de un principio absoluto, inscrito en la dignidad de la persona humana. Allí donde este principio es vulnerado, no estamos ante una decisión política discutible, sino ante una transgresión moral grave que corroe los fundamentos de nuestra convivencia.
Hay algo aún más profundo. La violencia no es solo un fenómeno externo: es una posibilidad siempre presente en el corazón de la acción humana. Aparece cuando el ser humano renuncia a actuar conforme a la razón, cuando el lenguaje deja de ser un espacio de diálogo para transformarse en instrumento de imposición o manipulación.
La degradación del lenguaje público —la simplificación extrema, la descalificación del adversario, la apelación al miedo o al resentimiento— no es un fenómeno secundario. Es ya una forma de violencia. Y cuando esa violencia queda sin respuesta, se naturaliza: autoriza a otros a adoptarla como modo ordinario de relacionarse. Los medios de comunicación y las redes sociales tienen aquí una responsabilidad que no puede ignorarse: cuando los algoritmos premian la indignación y el odio, cuando la imagen de violencia se viraliza sin contexto ni reflexión, se normaliza lo que debería permanecer como excepción.
Chile no está ajeno a estas dinámicas. Experimentamos a diario formas diversas de violencia: en la inseguridad creciente, en la fragmentación social, en la desconfianza hacia las instituciones, en la incapacidad de sostener un diálogo político que no derive en polarización o bloqueo. A ello se suma una violencia menos evidente pero igualmente corrosiva: la que se ejerce contra el tejido social, contra el medio ambiente, contra la dignidad de quienes quedan sistemáticamente excluidos.
Cuando la violencia se vuelve modo de relación, sus efectos más visibles aparecen donde los vínculos son más frágiles. En las escuelas y liceos, la respuesta al conflicto se reduce a veces a golpear a alguien o a expulsar a quien perturba, sin preguntarse por la fractura que la precede. La violencia escolar no es un fenómeno aislado: es síntoma de una sociedad que no logra ofrecer formas convincentes de reconocimiento, de pertenencia y de elaboración del conflicto. Allí donde el lenguaje se empobrece y el otro deja de ser interlocutor para convertirse en amenaza, la violencia encuentra terreno fértil.
En este contexto, es necesario distinguir. No toda forma de uso de la fuerza es equivalente. Existe una violencia que el derecho reconoce como legítima en condiciones estrictas: la defensa propia, la protección de los más vulnerables, el uso proporcional de la fuerza por parte del Estado. Pero, incluso en esos casos, la legitimidad está siempre sometida a criterios exigentes: proporcionalidad, última instancia, respeto irrestricto de los derechos humanos. Lo que no puede ser aceptado es la violencia que se absolutiza: la que se presenta como solución en sí misma, desprecia el derecho e instrumentaliza la vida humana. Esa violencia no solo destruye a sus víctimas, sino que desfigura a quien la ejerce y corroe las bases de toda vida en común.
En sus 75 años de historia, Mensaje ha acompañado a este país en sus momentos más oscuros, nombrando lo que otros callaban y apostando, siempre, por la dignidad de la persona y el diálogo como camino. Hoy renovamos ese mismo compromiso: construir una cultura del encuentro frente a la cultura de la división.
No es ingenuidad. El encuentro no niega las diferencias ni borra las tensiones; las reconoce, pero apuesta a que el diálogo es más fecundo que la guerra, y que la dignidad del otro es condición —no obstáculo— de la propia. Esto exige rehabilitar el lenguaje como espacio de verdad; fortalecer las instituciones democráticas; promover una cultura que no renuncie al conflicto, pero que lo encauce por vías no destructivas.
Queremos también interpelar una dimensión más cercana. La violencia habita también en los modos concretos en que nos relacionamos: en la palabra despreciativa, en el silencio que excluye, en la indiferencia que deshumaniza. Cada persona está invitada a examinar, con honestidad, las formas de violencia que anidan en su propio actuar. Esa mirada interior no es un desvío de la acción política; es su fundamento.
La violencia se impone rápido; la paz, en cambio, es siempre una tarea. Requiere tiempo, voluntad, inteligencia y, sobre todo, una decisión ética fundamental: la de no renunciar a la razón ni al otro. Como ha recordado el papa León XIV: «La guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta». En un mundo tentado por la fuerza, optar por ese camino no es debilidad. Es, quizás, la forma más alta de responsabilidad.
La violencia se impone rápido; la paz, en cambio, es siempre una tarea.