La modernidad nos acostumbró a vivir como si Dios no existiera. Sin embargo, en la posmodernidad, marcada por el valor de la experiencia individual y la exaltación de la libertad, Dios ya no está prohibido; puede ser nombrado, aunque muchas veces queda reducido a ser solo una posibilidad entre muchas. Es importante cultivar una fe que no se reduzca únicamente a la búsqueda de consuelo o bienestar. Necesitamos salir de nosotros mismos, reconocer a Dios como el Misterio que desborda nuestras categorías, que no puede ser instrumentalizado ni reducido a nuestras expectativas.
Durante mucho tiempo aprendimos a vivir como si Dios no existiera: se nos dijo que la religión no era más que una etapa primitiva del conocimiento destinada a ser superada; incluso, que era el «opio del pueblo» y una ilusión propia de la infancia de la humanidad. Bajo la promesa de un progreso sostenido de la razón, la modernidad anunciaba un porvenir completamente secularizado, en el que todo misterio acabaría por disiparse y la fe aparecería, en el mejor de los casos, como un vestigio prescindible y, en el peor, como una forma de irracionalidad. En silencio, casi inadvertidamente, comenzamos a organizar la vida, a tomar decisiones y a proyectar el futuro sin considerar nada que trascendiera nuestra propia medida. Con el pasar del tiempo nos habituamos a habitar un mundo en el que la pregunta por Dios no fue tanto refutada como relegada. Vivir sin Dios dejó de ser una opción para convertirse, simplemente, en la manera en que eran las cosas. Y, entonces, el anuncio de Nietzsche parecía cumplirse: Dios había muerto, no tanto por los esfuerzos de sus enemigos, sino por olvido.
El paisaje ha comenzado a cambiar. No estamos ante una ruptura con la modernidad, sino ante su propia profundización. Ciertamente, seguimos valorando la razón, pero el acento ya no recae en una racionalidad que se impone como medida única, sino en la afirmación creciente de la individualidad. Al situar la experiencia subjetiva en el centro, hemos aprendido a desconfiar de toda pretensión de verdad irrefutable y universalidad cerrada. Nuestra generación ya ha tomado conciencia de la incapacidad de la modernidad para cumplir sus promesas. El ideal de un progreso lineal, capaz de superar las injusticias e inaugurar una era de paz, se revela inalcanzable por los méritos de la sola razón. Incluso la pretensión de una verdad científica irrefutable se disuelve constantemente en el misterio de un universo cada vez más profundo.
Al disiparse la antigua presión de época que exigía definirse en su contra, la posibilidad de Dios dejó de percibirse como una transgresión o un signo de debilidad intelectual. En este sentido, el filósofo italiano Gianni Vattimo, en su obra Creer que se cree, sostiene: «Hoy ya no hay razones filosóficas fuertes para ser ateo o, en todo caso, para rechazar la religión. El racionalismo ateo, en efecto, había tomado en la modernidad dos formas: la creencia en la verdad exclusiva de la ciencia experimental de la naturaleza y la fe en el desarrollo de la historia hacia una situación de plena emancipación del hombre respecto de toda forma de autoridad trascendente»1.
Ni el positivismo, ni el historicismo, ni el cientificismo, como tampoco el marxismo o el psicoanálisis, logran hoy contrarrestar de modo decisivo lo religioso. Al constatar esta realidad desde la propia experiencia, se produce un cambio significativo en nuestro modo de comprender la verdad. Esta deja de buscarse exclusivamente en certezas racionales y en los paradigmas universales y se abre al ámbito de la subjetividad y de la libertad individual. La verdad, en consecuencia, ya no se presenta como uniforme y cerrada, sino plural y matizada; una verdad frágil, capaz de acoger, pero también expuesta a la ambigüedad y a la manipulación. Entonces, el modo de nuestra experiencia queda afectado, deja de configurarse como apertura a la alteridad y a una verdad que se acoge, para replegarse en la autoafirmación de un yo que se protege de toda interpelación y rehúye aquello que podría desbordarlo.
En la posmodernidad, Dios ya no está prohibido, puede ser nombrado y parece disponible. Su nombre reaparece allí donde la razón encuentra su límite, frente a los miedos del yo y, sobre todo, como garante de un bienestar individual. Ahora bien, esta disponibilidad es ambigua, pues ha quedado confinada a los límites de nuestra propia medida. Si bien, hemos dejado atrás la prepotencia de una razón autosuficiente, este desplazamiento se realiza como un repliegue sobre nosotros mismos; así, aquello que se presentaba como centralidad del hombre no ha sido superado, sino que se intensifica hasta volverse encierro en la propia individualidad.
El paisaje ha comenzado a cambiar. No estamos ante una ruptura con la modernidad, sino ante su propia profundización.
Esta transformación puede iluminarse con la imagen del elefante encadenado. Pensemos en un elefante de circo que ha pasado años encadenado a una estaca, hiriéndose con su propia fuerza cada vez que intentaba liberarse. Cada impulso, el hambre, la curiosidad, el simple deseo de avanzar, lo lleva a tensar el límite y a experimentar nuevamente el dolor. El animal se convence de que no puede ir más allá, y su mundo se reduce al estrecho radio que la cadena le permite recorrer. Entonces, deja de intentarlo; ya no avanza, ya no explora, ya no espera otra cosa. Un buen día el circo se marcha. Desaparecen la carpa y las cadenas que delimitaban su espacio. El elefante queda libre, objetivamente libre. Pero el límite no se ha ido con la cadena, permanece en él. Aunque nada lo retenga ya desde fuera, sigue habitando el mismo círculo estrecho, porque ha aprendido a no ir más allá. Su mundo continúa siendo el de una libertad que, aun ofrecida, ya no sabe ejercerse.
Nos ocurre algo similar al elefante. Hoy, en gran medida, han desaparecido los grandes impedimentos culturales para creer; sin embargo, como generación, seguimos habitando ese límite interiorizado. Ya no es una prohibición externa la que nos detiene, sino una frontera que hemos aprendido a aceptar. La modernidad ha dejado en nosotros una marca persistente, de modo que no sabemos cómo ir más allá, y así la fe corre el riesgo de reducirse a una posibilidad inofensiva, sin éxodo ni trascendencia. Resulta especialmente sugerente la lucidez de Simone Weil: «La religión como fuente de consuelo constituye un obstáculo para la verdadera fe: en ese sentido, el ateísmo es una purificación. Debo ser atea en aquella parte de mí misma que no está hecha para Dios. De entre los hombres que no tienen despierta la parte sobrenatural de sí mismos, los ateos tienen la razón y los creyentes se equivocan»2.
La afirmación de Weil no es una crítica a la religión en sí, sino a su posible deformación. Cuando la relación con Dios se reduce a la búsqueda de consuelo y bienestar, la fe queda atrapada en la lógica del interés y emerge la imagen de un dios a la medida de nuestras necesidades. Un dios que jamás superará el techo de nuestra individualidad. En ese sentido, el ateísmo, afirma la francesa, puede ser una purificación: nos obliga a negar ese «dios» funcional, que no es más que proyección del propio yo. Para Weil, ser ateos respecto de ese dios no implica perder la fe, sino liberarla de sus reducciones. Por eso, quienes niegan un dios construido pueden estar más cerca de la verdad que quienes creen sin apertura a lo sobrenatural, es decir, reos de aquella cadena imaginaria.
En este horizonte, nuestra experiencia religiosa ha quedado condicionada: sentimos, deseamos, buscamos emociones, imaginamos y nombramos a Dios; y, sin embargo, no logramos atravesar el umbral que nos abriría a su alteridad. Esta «experiencia religiosa», paradójicamente, no «religa», porque queda cautiva de la subjetividad que la produce y deriva en una identificación equívoca de Dios con nuestro registro emocional. Así, saturados de nosotros mismos, no dejamos espacio para la alteridad, ni para acoger al Otro —con mayúscula—, que se nos da como don que irrumpe y que no puede ser apropiado. Solo al despertar esa dimensión «sobrenatural», inherente y, sin embargo, anestesiada, se hace posible reconocer a Dios como misterio irreductible a nuestras categorías, ajeno a toda instrumentalización y, a la vez, discretamente presente en la transparencia de lo real.
El elefante, para romper esa cadena interiorizada, no necesita un acto de fuerza, sino un cambio de mirada. Recupera su libertad no tirando con mayor intensidad, sino atreviéndose a mirar bien y advertir que la cadena ya no está. Así de simple, y así de exigente. En esto se juega algo más que la falta de visión. Más allá del estrecho radio al que se ha habituado no hay control ni límites conocidos, sino un espacio abierto que lo desborda y que, precisamente por eso, teme habitar. Su cautiverio persiste por una resistencia silenciosa ante la intemperie de la libertad. Del mismo modo, estamos llamados, ante todo, a tener el coraje de mirar. En este punto, nuevamente, Simone Weil resulta iluminadora: «La atención es un esfuerzo, el mayor de los esfuerzos quizá, pero un esfuerzo negativo. Por sí mismo, no implica fatiga. Cuando la fatiga se deja sentir, la atención ya casi no es posible […] Esta mirada es, ante todo, atenta; una mirada en la que el alma se vacía de todo contenido propio para recibir al ser al cual está mirando tal cual es, en toda su verdad. Solo es capaz de ello quien es capaz de atención»3.
La atención no se trata de un esfuerzo de la voluntad ni de un dominio de la mirada, sino de una disposición receptiva: una apertura que permite acoger lo real tal como es, en toda posibilidad. En ese ejercicio, comenzamos a salir de nosotros mismos y a aflojar la fuerza que nos repliega sobre el ego. De este modo, en la apertura a la alteridad, se desvanecen las cadenas interiorizadas, la libertad se dilata más allá de los miedos y caprichos del ego y acontece el encuentro con un Dios que no es proyección ni construcción nuestra. Como sugiere el Evangelio, la iniciativa no nace del hombre: nadie se invita a sí mismo al banquete4, las vírgenes esperan al esposo5, el siervo vela el regreso del Señor6. No somos nosotros quienes alcanzamos a Dios como si se tratara de un objeto de conocimiento o de experimentación; es Él quien irrumpe y se da, y solo en la disponibilidad de quien espera y acoge se hace posible aquel encuentro.
1 G. Vattimo, Creer que se cree. Paidós, Barcelona 1996, 22.
2 Weil, Simone, La gravedad y la gracia, tr.es. C. Ortega, Editorial Trotta, Madrid, 2007, 152.
3 Weil, Simone, A la espera de Dios, tr.es. María Tabuyo y Agustín López, Editorial Trotta, Madrid, 2009, 70-73.
4 Cf Lc 14, 15-24.
5 Cf Lc 14, 15-24.
6 Cf Mt 25, 19.