El Evangelio que anunciamos las mujeres. “¿Por qué se viaja?”

El viaje del discípulo —cualquier misión, proyecto, empresa— no está sino en las manos de Dios.

Claudia Leal Luna

06 marzo, 2020, 3:57 pm
7 mins

Domingo 8 de marzo, 2020
Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

¿POR QUÉ SE VIAJA?

Toda la liturgia de este domingo de Cuaresma nos habla de la fe como la experiencia del viaje, del movimiento, del itinerario. A primera vista, la fe ha sido muchas veces comprendida como la certeza, como la posesión de una certidumbre, y, sin embargo, para trastocar cualquier ilusión de este tipo aparecen en escena Abraham y Sara: expulsados de su tierra de origen, arrojados al desierto tras la esperanza de una Tierra Prometida que no verán. Cuando pienso en ellos —en Abraham y Sara— vienen a mi mente las imágenes del Desierto de Atacama, los sabores concentrados de los frutos de ese paisaje, el alivio de encontrar un árbol que te regala un rato de sombra, la sensación de que ya no logras orientarte porque todo se ve igual. La desnudez del desierto hace que tu mirada se afine, que tus sentidos exploren nuevas maneras de funcionar, y cuando vuelves del desierto ya no eres la misma.

En el texto de Mateo no hay desierto, pero sí hay viaje: Jesús “tomó consigo” a tres discípulos, no los invitó, los “tomó”. Esta experiencia puede ser comprendida como un viaje necesario para los discípulos en su preparación a la misión que recibirán: a riesgo de terminar bastante conmocionados —aterrados— es necesario que intuyan y experimenten la magnitud del Dios al que pretenden seguir y servir, y que pongan esa experiencia en el origen de cualquier misión que emprendan. El Evangelio de Mateo, profundamente tensionado a la dimensión misionera de la fe cristiana, es lúcido y sutil para sugerir de manera sostenida que el viaje del discípulo —cualquier misión, proyecto, empresa— no está sino en las manos de Dios.

Uno de los rasgos más atractivos de Jesús de Nazareth es que no tiene prejuicios, falsos pudores ni temores infundados, y que desde esa perspectiva su camino se va construyendo en los encuentros que tienen lugar: los pobres, los enfermos, los adinerados, los de mala fama, los maestros de la Ley, las mujeres, los niños, …La discípula que ha visto la luz dulce de Su rostro, que ha intuido la magnitud de la voz de Dios, conduce sus pasos con agilidad y decisión hacia una Tierra Prometida (como Abraham y Sara) y sabe que no todo está en sus manos, que quizás no verá el fruto de su fatiga, y que lo que más valor tiene son los encuentros a lo largo del trayecto.

Veo a Jesús en los rostros de l@s que están viajando en este momento: l@s que abandonan su país de origen huyendo de guerras ajenas que ponen en riesgo a sus hijos, l@s que viajan —marchan!— para construir la igual dignidad de todos los seres humanos, l@s que van a otras tierras para estudiar, l@s que deben llevar a sus hijos al médico a otra ciudad.

Pidamos a Jesús el sentimiento de la confianza para nuestro viaje, en lugar del de la seguridad. La seguridad vive amenazada y atenazada por el miedo, invierte su energía en adquirir nuevos candados, solo le interesa escuchar la confirmación de sus anhelos y pronósticos. La confianza, en cambio, vive con los oídos y el corazón abiertos, de cara al horizonte. La confianza sabe que hay un montón de cosas que pueden no salir como esperábamos pero que, sin embargo, el movimiento exterior tiene sentido de cara a la promesa de una Tierra Prometida, promesa siempre abierta que se nos regala cada día en un abrazo, en una mirada cómplice, en la fatiga del viaje compartido.

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Teóloga. Santiago. Mujeres Iglesia Chile.