El Evangelio que anunciamos las mujeres. “Siguiendo a Jesús con matices”

A esto me invita Jesús: poner mi familia y mi vida en las manos de quien sé, las sostiene con amor.

Mireya Tapia Flores

26 junio, 2020, 11:02 am
8 mins

Domingo 28 de junio de 2020
Evangelio según San Mateo 10, 37-42

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.

SIGUIENDO A JESÚS CON MATICES

El Evangelio del domingo 28 de junio, está en el periodo del discipulado de Jesús. En todo el capítulo 10, Mateo realiza una descripción de las instrucciones que Jesús le hace a los doce discípulos, en el contexto de la misión de proclamar que el “Reino de los Cielos está cerca” (Mt. 10, 7).

En las últimas citas de este capítulo, y después de dar las instrucciones, se hace referencia al seguimiento y amor radical que pide Jesús a cada mujer que él llama a ser su discípula. Es un seguimiento esencialmente de pertenencia e identificación con el Maestro. Frases como: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.”, “el que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí”, o “y el que pierda su vida por mí, la encontrará”, son imperativos radicales del discipulado que impresionan por lo absolutos. Representan la exigencia que pone Jesús en esta invitación. Me impresionan al leerlos y profundizar en ellos nuevamente; resalta a mi vista la pretensión de Jesús para con sus seguidores más cercanos —y por supuesto— con cada una de nosotras. Sus palabras me hacen pensar que él sabe que estos incondicionales discípulos suyos, son capaces de anteponer la situación personal en la que viven, incluidas sus relaciones familiares, a la demanda que él pone. En toda esta radicalidad aprecio, sin embargo, matices que creo importantes de recordar: le pasó a Pedro, por ejemplo, por mencionar al discípulo del que hay más evidencia. Cómo no pensar en la pregunta de Jesús a Pedro: “¿Pedro me amas?” (Jn 21,15s), o la negación que hizo de Jesús, cuando lo arrestan. (Lc 22,57s). Veo en esto que Jesús cuenta con estos matices que son parte de nuestra humanidad y que él conoce muy bien. Considero matices a la duda, la inseguridad, el miedo, la tibieza, etc. Son evidencias para mí de que en este camino que hacemos por Jesús, están contempladas estas experiencias que le dan sentido al SÍ, y que repetimos cada vez que pasamos por momentos de crisis, donde sopesamos que el Reino de Dios es lo que queda al final del camino de esta humanidad que llevamos con nosotras. Es cuando podemos decir: sí, vale la pena mil veces seguir esta invitación de Jesús. Él considera que mis debilidades serán parte de este caminar en la fe, y también piensa que dejaré de lado todo aquello que me impide escuchar por dónde él considera que es mejor encaminar mi vida como su colaboradora.

Ahora bien, tres veces Jesús menciona la palabra ‘dignidad’ en este Evangelio, como premisa del seguimiento. Esta palabra proviene del latín y significa ‘grandeza’. Entonces, podríamos decir que mi dignidad o grandeza, se relacionan íntimamente con mi seguimiento a Jesús. Esta grandeza tiene que ver con que no busco engrandecerme a mí misma, sino que, por el contrario, soy ‘grande’ al fundar mi vida en que él y su mensaje sean lo más importante, ya que estoy haciendo todo por y para él. Porque al final todo se retribuye para mí y para quienes llega el mensaje de la Buena Nueva. En este sentido puedo decir que, al trabajar por el Reino ayudo también a mi familia a tener una vida en la línea del Reino de Dios. Al llevar mi cruz con dignidad, me ayudo a encausar el camino. Viéndolo como una oportunidad de crecimiento y ayudando a otros a hacerlo; porque llevo en mi interior las debilidades humanas y espirituales que tengo, cada vez que ayudo a Jesús en proclamar: “que el Reino de Dios está cerca”. (Mt 10,7). En síntesis, podemos decir que a esto me invita Jesús: poner mi familia y mi vida en las manos de quien sé, las sostiene con amor. Incluso Jesús dice que habrá recompensa de profeta o de justo para aquel siga sus pasos. Y eso será porque habremos encontrado ‘la verdadera vida’ al seguirle.

Mi FIAT como discípula, como lo hizo María, primera seguidora de Jesús y modelo mía, es aceptar la invitación a ser renovada cada día por esta Buena Nueva de su palabra.

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Licenciada en Educación, miembro de la Institución Teresiana, Santiago. Mujeres Iglesia Chile.