Fernando Vidal: “Fortalecer la familia para cambiar el mundo”

Sociólogo español estuvo en Chile promoviendo el acompañamiento y el fortalecimiento de los afectos para consolidar lazos familiares y la formación en valores. “La familiaridad es lo que nos hizo humanos, de manera que es la familiaridad lo que nos permite humanizar el conjunto del sistema social”.

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Motivada por la necesidad de profundizar en las actuales realidades familiares y en los desafíos que representan las tensiones a las que ellas están sometidas, la CVX de Santiago ofreció al sociólogo español Fernando Vidal un espacio para realizar en mayo un conjunto de conferencias. En la esencia de la invitación estaba el deseo de verificar el aporte que la espiritualidad ignaciana puede hacer a esos temas. Esto implica asumir que para enfrentarlos no se requiere únicamente un trabajo pastoral, sino también buscar cómo contribuir, de manera concreta, a una mejor sociedad. Y es que un principio movilizador de esa perspectiva es que un fortalecimiento de los grupos familiares redunda en personas mejor comprometidas con su comunidad y la sociedad en general.

Se desarrollaron, así, las sesiones “Re-trato de familia. Explorando nuevas rutas”, organizadas por el proyecto Crear + Familia(1). En ellas, Fernando Vidal se refirió a cómo pueden acompañarse, desde la CVX o desde un rol de cristiano comprometido, los distintos procesos familiares. Recogió para eso su experiencia de años participando en debates e investigaciones en diversos lugares del mundo. Él es doctor en Sociología, profesor de la Universidad Pontificia Comillas y director de su Instituto Universitario de la Familia, además de miembro de CVX-España y e integrante del consejo de la CVX-Mundial.

En su planteamiento destaca la idea de que la familia es la vía más eficaz de regenerar la sociedad y la cultura. Según ha subrayado, su perspectiva es que se debe poner el acento en la educación, en el cuidado, en lo comunitario, la hospitalidad y la cercanía, en los vínculos sólidos y responsables.

Según sintetiza, “nadie va a tener la capacidad de iluminación y acompañamiento como la que tienen los padres, si es que ellos saben estar en su lugar. Es importante el paradigma de acompañamiento que plantea el papa Francisco, el que no es como, por ejemplo, el acompañamiento a parejas por parte de los expertos en pastoral familiar. El impacto más profundo está en la forma de estar con nuestros hijos, en la tarea de ser el gran compañero de camino de la generación anterior. En nuestro diálogo, expresa confianza en que en los tiempos que corren la familia está viviendo ‘una nueva primavera’ en la Iglesia, tanto por la iniciativa del papa Francisco de impulsar un Sínodo de la Familia como por la actitud que en varios sectores de la Iglesia se aprecia para reflexionar sobre las nuevas realidades que ella vive”.

— La familia es la primera comunidad de la sociedad civil y necesitamos fortalecerla para cambiar el mundo. Ese es el factor más importante a considerar en nuestro acercamiento a ella: por consiguiente, tenemos que esforzarnos por darle capacidades. Y esto estamos obligados a hacerlo en un contexto inédito, cual es que, por primera vez, vivimos plenamente insertos en un sistema que busca la anulación de la familia. Busca anularla, porque ella es disfuncional al neoliberalismo más utilitarista y al consumismo. En nuestras sociedades individualistas, la familia es contracultural. Pertenece al orden comunitario y hoy en día está amenazado todo lo que tiene lógica comunitaria.

Si la familia es la experiencia más profunda, más cotidiana y que más dota de sentido a la gente; si es la expresión más originaria, la institución más universal y la experiencia imprescindible para la persona humana y su formación, debemos resguardarla. Sin duda alguna, si queremos reformar la economía o reformar lo público, necesitamos preocuparnos de manera central por las experiencias que resultan más profundas para las personas. En las vivencias familiares existe la mayor potencia de transformación e inspiración, pues involucran elementos como la fraternidad, la solidaridad entre generaciones, la filiación o el parentesco. La familiaridad es lo que nos hizo humanos, de manera que es la familiaridad lo que nos permite humanizar el conjunto del sistema social.

UN ENTORNO MÁS HOSTIL PARA TRANSMITIR A LOS HIJOS

Si en nuestras sociedades actuales se busca, como Ud. dice, la “anulación de la familia”, ¿eso es por el predominio de los valores de mercado o por la aplicación de determinadas políticas ejercidas desde el Estado?

— La familia está en el centro de una cruz, que la tacha. En primer lugar, en el brazo horizontal de esta podemos situar el debilitamiento de las relaciones entre las personas de cada grupo familiar. ¿Por qué ocurre? Fundamentalmente, por la vigencia del utilitarismo, que tiene una raíz económica muy marcada, que lleva a que uno no se entregue en la familia. O que tampoco establezca alianzas de manera natural, pues hoy lo que prima es el contrato… Es por eso que en las últimas décadas se habla tanto del matrimonio como si este fuera un contrato: se está permanentemente observando los resultados, los derechos o los deberes que implica, qué me da o qué no me da… No debiera ser así, pues el matrimonio es una alianza… En segundo lugar, el brazo vertical representa la débil capacidad de transmisión entre generaciones, entre nosotros, los mayores, y nuestros hijos. Hay en ese aspecto una preocupación que llega a la angustia: “¿Seré capaz de transmitir a mis hijos todo lo que yo tengo?”.

¿Por qué podríamos no ser capaces hoy?

— Esencialmente, por dos razones. El sentido comunitario se empobrece y contamos con menos medios a nuestro alrededor para formar a nuestros hijos. Es más difícil encontrar asociaciones infantiles, cuesta obtener materiales que te sean útiles, la televisión se hace de modo parecido a la comida basura, hay mucha intromisión en nuestra intimidad familiar mediante muy diversos medios de comunicación, etc. Es, en definitiva, un entorno más hostil. Tenemos menos aliados. Es cierto que existen muchas herramientas para educar, pero hay que buscarlas, regirlas o construirlas. No como antes, cuando todo se daba natural.

La familia y los padres tienen que ser ahora educadores muy activos. Ese rol es más complejo aun cuando la sociedad es más reflexiva y los jóvenes tienen que constituirse como individuos. Esa mayor reflexividad es efectivamente un paso positivo, es un paso a favor de la libertad y de la conciencia de lo que cada uno verdaderamente está haciendo. Sin embargo, para esa lograr reflexión se necesita de acompañamientos activos. Cuando estos no se dan, la persona o el joven que los necesita queda vacío. Por eso podemos decir que actualmente se genera un individualismo estandarizado, a la vez que hay una progresiva homogeneización. Como resultado, nos encontramos con que para tus hijos sean menos significativos los elementos de contenido que para ti eran vitales. Eso es lo que nos hace tan difícil que podamos acompañarlos.

LA CULTURA DEL CORAZÓN

¿Tiene la sensación de que, con el predominio del individualismo, esta es una batalla con alto riesgo de perderse?

— Creo que no. Pero para vencer esos procesos tenemos que ser familias activas. Hablo de “la cultura del corazón” porque al final es clave es vivir desde los sentimientos profundos. El ser humano percibe de diversas fuentes, pero finalmente se rige por lo que le entregan las funciones cognitivas integradas, vale decir, lo que san Ignacio de Loyola llamaría “las mociones”. Y en las familias se vive especialmente desde esas mociones más profundas. Por eso debemos abandonar la superficialidad y abandonar lo que Adolfo Nicolás S.J. llamó “la globalización de la superficialidad”. Debemos bajar al corazón todo: las ideologías, las doctrinas, las estéticas. De ese modo, vivir desde esa cultura de los sentimientos más humanos y profundos.

— ¿Es esa la fórmula esencial que Ud. propone para apoyar el trabajo de los padres en la familia?

— Sí. Recientemente publicamos un libro invitando a aprender a discernir en familia, cuyo título es Luke, examina tus sentimientos, aludiendo a Darth Vader que en La guerra de las galaxias le habla a su hijo. Lo que intentamos en ese libro es recoger esta idea de Darth Vader en que él intenta convencer a su hijo de que es su padre. Luke piensa: ¿Cómo le voy a creer a este personaje que es malvado y que intenta asesinarme? Este, entonces, le responde: Luke, mira tu corazón, mira en lo profundo. Creemos que ante la superficialidad o la confusión necesitamos vivir en lo hondo del corazón, porque si no, vivimos confundidos. “Mira tus sentidos” es el primer paso. Los pasos siguientes de esta escuela que plantea aprendizajes es saber preguntar, saber decir que no (si no sabes decir que no, nunca podrás querer, y a veces a los hijos nos cuesta decirles que no). Otro aprendizaje es no reaccionar, sino elegir. Muchas veces en las familias vivimos tan a flor de piel que lo que hacemos ante cualquier cosa es reaccionar. Muchas veces reaccionamos y nos impedimos la posibilidad de decir qué quiero hacer.

Nadie va a tener la capacidad de iluminación y acompañamiento como la que tienen los padres, si es que ellos saben estar en su lugar. Es importante el paradigma de acompañamiento que plantea el papa Francisco, el que no es como, por ejemplo, el acompañamiento a parejas por parte de los expertos en pastoral familiar. El impacto más profundo está en la forma de estar con nuestros hijos, en la tarea de ser el gran compañero de camino de la generación anterior. En ese sentido, es bueno recordar que, en los inicios de la humanidad, cuando el hombre era recolector o cazador, los mayores acompañaban a los menores y les enseñaban a recolectar o a cazar. Esa enseñanza les dura toda la vida. Y en eso, de todos modos, se debe ser delicado. La Iglesia no quiere sustituir la conciencia de la persona y nosotros, como padres, no podemos sustituir la conciencia de nuestros hijos.

¿Esa es, entonces, la primera tarea para los padres?

— Esa primera tarea es bajar las cosas al corazón. Es discernir. Sin embargo, asumiendo ese “discernir” como un estilo de vida que se asuma en las familias, de manera de que discernir no sea algo que únicamente hacemos cuando debemos pensar si nos cambiamos de casa o no, o cuando debemos decidir qué estudiar. En ese sentido, buscamos hacer una escuela de discernimiento: por ejemplo, aprender a preguntar. ¡Qué importante es para los padres enseñar a preguntar a los hijos y aprender qué tienen que preguntar ellos a sus hijos! Y eso es un entrenamiento. Es dar capacidades para el discernimiento en la vida y esa es la mayor fuerza que se le puede dar a un hijo. Así como en esa película se dice Que la fuerza te acompañe, ahora decimos Que el discernimiento te acompañe. Con eso, nuestros hijos tendrán fuerzas para navegar en altamar.

San Ignacio de Loyola nos ayuda mucho con las respuestas, pero también nos enseña cómo acercarnos a lo que debe ser la pregunta profunda, adecuada y oportuna. En el libro ponemos ejemplos y hacemos ejercicios. Esto es algo que se puede ejercitar. Creemos que en la ayuda que generalmente se ofrece a las familias hay un énfasis demasiado académico. Necesitamos, en cambio, pedagogías mucho más experienciales.

¿Es esto una terapia?

— No. Es más bien una escuela. Y es que la vida en familia es, en sí, una escuela  de vida para todos. Los padres nunca están preparados para educar a un hijo cuando tienen que hacerlo. Lo complejo es que cuando ya han aprendido a formar en una etapa, lo aprendido les sirve poco, pues ya tienen que aprender para la siguiente. En este marco, hay que reconocer que la tarea es más difícil que antes. La transmisión desde los padres o desde los hermanos mayores ya no se da fácilmente. Hoy existe una especie de soberanía autónoma en que no se aceptan fácilmente los consejos de otros.

Asimismo, la reflexividad, que es tremendamente positiva, ha sido ahora reemplazada básicamente por la auto reflexividad, que se asemeja al ensimismamiento. Esa falta de reflexión en compañía de otros hace difícil que el sujeto pueda constituirse como tal. El gran riesgo no es que tengamos sujetos individualistas, sino que vamos a tener una sociedad sin sujetos.

EL RELOJ DE LA FAMILIA

En el método que Uds. han titulado “El reloj de la familia”, una pregunta importante es la decisión de qué familia se quiere.

— Ese es un proyecto destinado a fortalecer el proyecto familiar, que consiste en ocho pasos, que comienzan con una buena disposición y una expresión de gratitud para, a continuación, plantearse qué proyecto de familia se quiere lograr. De acuerdo a eso vamos configurando las tareas de apoyo. El “reloj” alude a algo que hay en todos los hogares y que da cuenta de una posibilidad de sincronizar a quienes integran la familia. Invitamos a todos a vivir al mismo paso, en una secuencia de ocho pasos en que se va haciendo un examen de conciencia adaptado y amplificado a la realidad de la familia.

¿Esta experiencia de aprendizaje es igualmente útil para todas las realidades de la familia?

— Está inspirada en la espiritualidad ignaciana y el mundo ignaciano ha transmitido a la sociedad numerosas herramientas. Contamos con un proceso de acompañamiento y discernimiento que es adecuado para creyentes y no creyentes, para empezar. Y me parece que es especialmente útil para familias distintas a las tradicionales, pues fortalece lo familiar en cualquier vínculo que exista. Lo que hace es llamar a más amor.

EL SÍNODO DE LA FAMILIA

— ¿Qué han representado los recientes Sínodos de la Familia en el trabajo de acompañamiento a las familias?

— Los dos sínodos y la exhortación Amoris Laetitia nos están pidiendo un cambio de paradigma pastoral. Doctrinalmente, la exhortación no varía el panorama en torno a la familia, pero pastoralmente nos pide que lo revolucionemos todo. Que cambiemos radicalmente nuestras actitudes, que convirtamos nuestro corazón. Que vayamos realmente a ayudar a las familias reales. Y nos pide herramientas, creatividad, pasión por innovar, nuevos lenguajes. Hemos descubierto que estas herramientas, como el “Reloj de la familia” o como aquello de Luke, mira tus sentimientos(2), están llegando verdaderamente a las personas. Otro ejemplo es que las encuestas previas al Sínodo mostraron que cuando la Iglesia se baja al terreno y se pone a trabajar en términos prácticos, ella es muy valorada.

Ese cambio de paradigma pastoral que Ud. menciona, ¿se refiere al acercamiento principalmente sacramental que hacia la familia tiene la Iglesia?

— La pastoral familiar es muy joven, pues no tiene más de cuarenta años. Lo que había antes era pastoral matrimonial, muy vinculada al derecho canónico. La pastoral familiar fue una gran luz abierta por Pablo VI y luego expandida por Juan Pablo II con la “sociedad del amor”, y que ahora Francisco ha actualizado en relación a los desafíos y las carencias que teníamos antes.

Sí tengo claro que hay dos grandes acercamientos a este tema. Uno es básicamente institucional, que es más normativo. El papa Francisco nos dice que es insuficiente y que a veces es una carga excesiva para la gente, pues a las personas no les hace mucho sentido que se les señale “tienes que cumplir con esta regla y casarte…”, sino que lo que buscan las parejas de hecho es mayor autenticidad. La gente está viendo mucha norma, excesiva institucionalización, incluso mucha carga estatal en el matrimonio. En contraste con eso, la experiencia de matrimonio es liberadora, es una alianza, es comunitaria. Y creo que debemos aceptar el reto de las parejas de hecho y mostrar cómo el matrimonio es una gran alianza comunitaria. Es apostar por el amor y no por los papeles. Que la entrega esté por encima de lo formal. Por eso estoy tan interesado en el diálogo entre la vida matrimonial y la experiencia de las parejas de hecho.

RECONSTRUIR EL DIÁLOGO

Esta tarea que Uds. están realizando, ¿ha significado una influencia hacia la Iglesia, para que en ella se adopten nuevas estrategias de acercamiento al tema de la familia?

— En la Iglesia de España hay buena acogida. Por ejemplo, el obispo de Bilbao ha adoptado el Reloj de la Familia como método para toda la diócesis. En Madrid, el cardenal Osoro ha planteado hacer un gran informe de familia alrededor del cual se celebre un gran consenso social. Y han confirmado ir a ese diálogo los partidos políticos, numerosas organizaciones sociales, sindicatos, etc. Necesitamos reconstruir el consenso social sobre la familia. Hay un cinco por ciento de cuestiones en las que no estamos de acuerdo y tenemos total incertidumbre unos y otros. Hay más de un noventa por ciento de temas en los que estamos completamente de acuerdo. Pues bien, debemos crear un consenso para avanzar en esos ítems en los que tenemos coincidencias.

Quizás en el tema de la familia ha habido una utilización política e ideológica excesiva y necesitamos reconstruir la fraternidad para hablar sobre ella. Se critica a veces que no hay diálogo. A veces no lo hay porque se imponen las cosas. Pues bien, si algo tiene que hacer la Iglesia es reconstruir la comensalidad. En temas de familia, la misión más importante que ella tiene es reconstruir el diálogo. Es la cultura del diálogo que nos pide el Papa, para volver a comer juntos en la mesa.

¿De parte de quién es esa utilización política e ideológica, que Ud. señala?

— Cuando derechas e izquierdas dejan de enfrentarse tan fuertemente como antes en cuestiones de mercado o de rol del Estado, buscan otras materias por las cuales diferenciarse. Y en ellas, las materias vinculadas a la familia o a la vida son un campo propicio. Lo son, porque se trata de ámbitos de inmensa importancia para la gente, muy arraigados en las personas. Lo mismo ocurre respecto de la religión o de las clases que se hacen en la escuela católica, por ejemplo. Son elementos que aluden a heridas muy profundas de la sociedad y, por lo tanto, hay quienes los activan para diferenciarse y ganar el voto. En vez de buscar perfilarse con una propuesta alternativa a este sistema mercantilista que tenemos, se concentran en políticas, como las referidas a la familia, que son útiles para diferenciarse del rival político.

Hay un sobredimensionamiento de las cuestiones de familia en la política porque, de otra parte, las iniciativas que se proponen no son verdaderamente buenas. Muchas veces son disposiciones de carácter fiscal o son micropolíticas. Sin  embargo, no son ideas que pongan a la familia en un lugar central.

¿Esa tendencia se está agravando o se revirtiendo?

— Creo que se agrava porque estamos en un cambio de época muy importante. Posiblemente estamos ante la última modernidad. La modernidad tenía como problema la división y, como solución, tenía la universalización, la integración, la globalización, etc., pero ahora estamos poco a poco entrando a otra fase y podemos reconstruirnos totalmente. Podemos operar en el código genético. La simulación en la realidad virtual cada vez es más real. Todo esto va a instalar, por encima de la pregunta por la unidad, la pregunta de “qué es el hombre”. Es una pregunta kantiana. Él decía que en algún momento de la humanidad la única pregunta que el hombre se hará, será “preguntarse qué es”. Vamos a entrar en esto y vamos a pasar de la modernidad a la cybercidad. La pregunta de “qué es el hombre” y “qué es ser humano” es una pregunta que va a tener mayor papel. Obviamente va a ser un lineamiento mayor para diferenciar posturas. De eso se derivarán muchas cuestiones. Tenemos el caso de Alemania, país en el que el año pasado ya se ha aprobado que pueda haber matrimonio entre hermanos. Habrá probablemente una situación donde todo lo posible será permitido. Y la tecnocracia misma nos lleva a una expansión de elementos biónicos o elementos cibernéticos que nos hacen dudar de la propia realidad y de mi propia realidad.

¿Cómo queda parada la Iglesia en ese escenario si se mantiene ocupada principalmente de los paradigmas tradicionales de “familia”?

— La familia es tan profunda que está metida en forma transversal en todo. Es muy difícil dividirla en unidades, como dividimos un lego. La familia es como una célula que con otras células va construyendo tejidos mayores. Y no todas las células son iguales. Cuando en una sociedad hay grandes redes de parentescos, en ellas se establecen comunidades de parientes, de tíos, de hermanos que viven en común, y también hay núcleos domésticos. Sin embargo, la heterogeneidad es muy amplia. Si nosotros pensáramos en la familia como si esta fuera un conjunto de piezas de lego que tienen que sumarse unos a otros, seríamos incapaces de dar cuenta de la familia. Es que en realidad eso es un efecto de la nuclearización de la familia. Como hemos pensado en esos términos, pensamos habitualmente en familias formadas por los padres y los hijos. Y la familia antes era más, penetraba en todos los ámbitos de la vida social. Por lo tanto, había mucha más variedad, también.

Quiero insistir en que esta heterogeneidad de padre-madre e hijos es algo muy propio de un momento social de clases medias. Antes la heterogeneidad familiar era mucho mayor. Pensemos simplemente en el nivel de mortalidad que había entre las mujeres por la maternidad. O en el efecto de las migraciones. Todo eso tiene efectos obvios en la modalidad de las familias. Ese pensamiento de estar apostando por la existencia de una unidad familiar pequeña, nuclearizada, no es lo más preciso hoy. Posiblemente lo que nosotros estamos impulsando no es tanto ese orden tan orgánico, sino en redes de parientes con familias extensas, con muchas más tramas entre ellas, vale decir, mucho más parecidas a comunidades donde los vínculos son múltiples y son fuertes. Pensamos en una sociedad mucho más familiarizada.

Cuando dice “nosotros estamos pensando”, ¿a quién se refiere? ¿A los integrantes de las CVX?

— No, a más que eso. Me refiero al mundo católico. A la cultura católica, que defiende una sociedad mucho más familiarizada. El núcleo fuerte de la Iglesia es parroquial y a las parroquias les afecta la pérdida de vida comunitaria. Porque hoy las comunidades se deshilachan y en ese deshilachamiento la parroquia tiene menos potencia. Una consecuencia es que las diócesis tienen menos actores que las articulen. Si desaparece la comunidad local, la diócesis se debilita mucho. Creo que eso debe ser la mayor preocupación de cualquier obispo: que el tejido comunitario siga avanzando.

La Iglesia ha vivido épocas muy diferentes y tiempos de incertidumbre muy grandes. Sin embargo, nunca había vivido un deshilachamiento de todo el tejido barrial y comunitario. Ahora la familia es la clave para poder reconstruirlo.

Creo que no tardaremos en ver que se va a reivindicar la familia extensa, o sea, los padres, los hermanos, los tíos, los abuelos. Se ha vivido un tiempo en que se reivindica la familia nuclear y la independencia de los padres o los abuelos. Ahora se volverá a valorar mucho la familia extensa (así como, por ejemplo, en los países nórdicos se está reivindicando poco a poco el derecho de la gente a la natalidad). Esa familia extensa ofrece una comunidad alrededor muchísimo más amplia e íntima, una experiencia de la gran sociedad.

Lo contrario nos afecta mucho en nuestra experiencia cotidiana. No sentimos a los vecinos como una familia. Es así, porque nuestra vivencia es la de un núcleo familiar privado diferenciado de lo externo. Lo deseable sería, en cambio, sentir la sociedad como una extensión de la familia y eso creo que va a volver. Ahí está nuestro desafío de lograr que la sociedad no se esmere tanto en la generación de bienes materiales, sino en la de bienes comunes.

UNA TOLERANCIA MÁS PERMISIVA

¿Cuáles son las tendencias de la familia en el mundo hoy?

— La reunión mundial de CVX en Beirut 2013 entregó información sobre eso. Las grandes tendencias son la continuidad de la familia nuclear heterosexual, mayor facilidad para la ruptura y cierta desconexión de valores, intergeneracionalmente. Esa es la tónica a nivel mundial. No es propio de una zona específica del planeta: recordemos que a mediados de los años noventa hubo una suerte de ruptura intergeneracional y, actualmente, a lo que más se parece un joven de Kenya es a un joven de Boston más que a sus padres.

Esto implica que hay más conflictos dentro de las familias.

— Implica que muchas veces hay menos conflicto porque los jóvenes no se enfrentan a los padres. Simplemente no aceptan lo que ellos les señalan. Y en las familias se habla de cosas menos profundas, hay una tolerancia más permisiva. No existe tanto la tolerancia activa o responsable. Lleva a menos conflictos visibles, a la vez que a una sensación de impotencia de padres que sienten que no pueden transmitir, por ejemplo, lo importante que fue su matrimonio. Se han perdido allí las capacidades para profundizar, lo cual es un gran valor que tiene la familia.

COMUNIDAD Y LIBERTAD

— Existe hoy mucha conciencia acerca de la importancia de la parentalidad positiva, vale decir, de educar bien a los hijos, y que los progenitores se comprometan. Sin embargo, hablamos poco de la conyugalidad positiva, pues pareciera que es un tema privado. Allí donde hay parejas que quieran convivir, debiéramos trabajar para ayudarles a favorecer ese vínculo. Poner medios públicos para reforzar ese lazo comunitario fundamental. Me refiero a servicios sociales, servicios psicosociales, apoyos, educación de familia, etc. Es cierto que en ese sentido hemos pluralizado poco. En sociedades más individualistas, como Estados Unidos o Inglaterra —en donde lo que no se hace activamente no se hace, porque hay poca comunidad—, se han desarrollado funciones públicas, roles o ministerios para acoger esas posibilidades. Por ejemplo, existen los “educadores de familia”. Y ellos apuntan a materias como “qué importante es saber comer juntos” y entender cómo la comensalidad estructura toda la estructura de la familia. Me refiero al desayuno, la cena o la opción de, el fin de semana, comer juntos. Esos aspectos habitualmente no son trabajados y se deja a las familias a su aire.

No debemos olvidar que sin familias que funcionen no hay democracia. La familia es fundamental para la democracia, pues compatibiliza perfectamente lo que es comunión con lo que es libertad. Y solidariza intergeneracionalmente: sobre todo, permite que la generación de demócratas forme a la otra. Si no hay capacidad de que los padres transmitan a sus hijos valores como la igualdad, la participación, el respeto o la tolerancia, entonces estamos poniendo en riesgo la democracia.

Comunidad y libertad es la fórmula misteriosa, paradójica, de la familia. Cuando más en comunión estás, en más libertad estás. Cuando más fiel y leal soy a mi esposa, más sé quién soy. Cuando más tiempo ocupa ella mi pensamiento, más sé quién soy yo. Y es paradójico, pero la familia es una fórmula perfecta de compatibilidad y sinergia y comunión. Y eso es lo que quisiéramos en la democracia: ser capaces de formar pueblos unidos en los que los sujetos singulares encuentren su mayor desarrollo y potencialidades personales.

EL ROL DE LA PATERNIDAD

¿En qué sentido impacta en estas áreas la variación que viven los roles de lo masculino o lo femenino en los padres?

— La masculinidad está en una crisis grave. En el proceso de la posmodernidad, la maternidad se ha vuelto reforzada, pero, por el contrario, nada ha reafirmado exactamente qué es ser masculino o qué es ser padre. Hemos perdido cierto consenso antropológico respecto de eso. Se decía que el catolicismo apoyaba a un padre tradicional, un padre patriarcal, pero yo no sé cuál es la referencia de eso. San José puede ser muchas cosas, pero no es un macho alfa. Es un hombre humilde y, en segundo lugar, tierno. Me parece que tiene que haber un descubrimiento de la paternidad en términos de ternura, de capacidad de hablar desde el corazón, en términos de abrir esa filiación al tercero.

Nos falta profundizar en el tema de la masculinidad y no haberlo hecho ha generado un efecto muy duro, que es la generación de formas bastante utilitarias de ver la paternidad. Hay un abandono del padre-varón en las familias más humildes, que es masivo en todo el planeta. Lo dice muy bien el papa Francisco en Amoris Laetitia: el problema de hoy sigue siendo el padre autoritario, pero todavía lo es más el padre ausente. Es el padre que abandona. Gran parte de las mentalidades equivocadas hoy no son mentalidades queridas, son mentalidades que son el fruto de padres que abandonan, o bien de mujeres que tienen miedo a que determinado varón entre y domine el hogar. Parece asomarse una monoparentalidad defensiva. No se ha encontrado el varón que entrega las claves de entrega, reciprocidad y ternura.

Por el contrario, creo que tenemos una tradición muy profunda en el evangelio sobre el varón. Está el propio Jesús, cuya masculinidad es muy interesante. Necesitamos invertir tiempo en pensar y en buscar esa noción.

— El tema de la menor limitación de roles tiene una expresión interesante en la forma cómo, a lo menos en parte de las generaciones relativamente jóvenes de matrimonios, se comparten más los roles al interior del hogar.

— El papa Francisco alude a eso. Las manifestaciones de ideologías de género que señalaban papeles muy concretos de la madre en el hogar y el padre afuera, como símbolo de autoridad exterior, carecen de sentido. Eso es una exageración que ha hecho daño. Nuestra experiencia es que actualmente hay más reciprocidad y horizontalidad, más amistad. Al compartir funciones, competencias y labores, se da una buena instancia para compartir y discernir más, juntos.

No soy nostálgico de ningún tipo de familia del pasado. Existe una naturaleza de familia, pero estará en el futuro la mejor expresión institucional de esa naturaleza de familia. No debe haber mujer que eche de menos el papel que tenía antes. No puede haber hijo que eche de menos esa relación más autoritaria y menos cercana al corazón de los padres que antes había. Aunque esto también produce angustias, pues en esta relación más cercana podrá incluso ver a su padre sufrir o fracasar o pedir perdón. Pero esto es bueno, pues humaniza. No hay nada que humanice tanto a un padre como su gesto de pedir perdón a un hijo. Creo que ese es el momento máximo en el que, como hijo, se entiende que el ser padre no está en el poder, sino que está en el amor. Conforme los hijos entran a la adolescencia, todo el poder que un padre tiene sobre ellos debe ser cambiado por amor. Nuestra apuesta no es el debate ideológico, sino la cultura del amor, la capacidad de profundizar en conjunto, es la cultura de la conversación.

FE Y BELLEZA

En el tiempo presente, ¿qué puede decirse del modo en que puede transmitirse la fe a los hijos?

— Tenemos que ser más creativos. Cuando uno examina bien cómo un padre transmite bien la fe a sus hijos, sin duda un elemento clave es la integración comunitaria, como la ida a misa los domingos, las catequesis o la pertenencia a determinados grupos. Un papel fundamental la tienen las biblias ilustradas, que son atractivas y muy interesantes para los niños pequeños. Además, importa transmitir los relatos fundantes y las narraciones primigenias. Contarlas de nuevo. Ahora bien, algo muy importante, en lo que insisten tanto los dos sínodos de la familia como el papa Francisco, es el papel de la belleza. Normalmente hacemos mucho énfasis en la transmisión de valores y de creencias, y muchas veces juzgamos a nuestros hijos o juzgamos el éxito de esa transmisión en tres cosas: si creen, si tienen unos valores y una moral, y si practican. Sin embargo, hay un cuarto movimiento vital, que es el de la belleza, que es el ámbito del sentir. Una teoría ignaciana de la estética apunta a que ella conecta con la emoción. Por ejemplo, si una pintura es consoladora —lo cual no implica que sea bonita— es un buen apoyo. Subestimamos a veces la educación estética de nuestros hijos, subestimamos la formación de los sentimientos a través de los relatos, el arte o las imágenes. Y esto es tremendamente útil. Creo que a nuestros hijos tenemos que transmitirles un mundo de significados, de relatos, de cultura que caracteriza a los cristianos. Esto no es solamente transmitir los relatos de la Biblia, también es transmitir cómo los cristianos y los no cristianos han visto la fe. Están Chagall, Bach, Cezanne —que era hombre de misa diaria—… pero raramente aprovechamos todos los medios que tenemos para transmitir en forma moderna a nuestros hijos. Por ejemplo, Gaudí es toda una catequesis, es espectacular. Y no necesitas explicar mucho a tus hijos, sino que simplemente ponerlos delante del esplendor de la obra de Gaudí. Eso produce una socialización, una inculturación del joven hacia un mundo desde el cual todo comunica a Dios. Permite un discernimiento espiritual, basado sobre todo en el gusto de vivir. Cuando, después, si uno se encuentra con algo malo en la vida, con algo feo o que rechina, o un comportamiento inadecuado, lo primero que se produce es un mal gusto o una desolación. Es algo pre reflexivo. Por eso debemos educar a nuestros hijos en el gusto por la vida y en el gusto de vivir. MSJ

(1) Este proyecto incorpora actualmente diversas iniciativas de servicio a los vínculos familiares: Equipo de Preparación de Novios, Encuentros Vivir de a 2, Equipo de Preparación al Bautismo, Juego Duopoli, Taller “El Reloj de la Familia”.
(2) Libro recién publicado por Fernando Vidal. Luke, examina tus sentimientos. Aprender a discernir en familia, PPC, Madrid, 2017, 192 páginas.

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