Japón, una sociedad singular

Nunca será tarde para deslumbrarse con la visión de la belleza que le hace marco a esa sociedad tan peculiar.

Luis J. Grossman

10 julio, 2018, 11:57 am
13 mins

Cuando decidimos viajar a Japón junto con un colega con quien llevamos una amistad de muchos años, él decidió hacer un curso del idioma japonés y comenzó a buscar al mismo tiempo en la red múltiples informaciones en torno de la vida y las costumbres de ese país. Hay que decir que, poco después, abandonó aquellos estudios por advertir que eran demasiado complejos como para emprender un breve aprendizaje parcial.

Nuestra idea fructificó y al final fuimos diez los viajeros (nueve arquitectos y un empresario, esposo de una de las colegas). Es sin duda difícil condensar en pocas líneas una crónica detallada de ese viaje, pero voy a tratar de resumir algunas reflexiones que nos hicimos los viajeros como conclusión, con la idea de que resulten útiles para aquellos interesados en conocer ese país y esa cultura a la vez milenaria y contemporánea.

Hubo una imagen que sobrevoló durante todas las jornadas, y es la arraigada noción de respeto que revela la vida en la sociedad nipona. Una noción que se siembra en la más tierna infancia y que se percibe en todo lugar y todo momento.

Desde el principio, cuando el grupo llegó al hotel de Tokio directamente desde la estación aérea, el guía nos reunió en el foyer y nos advirtió: “En este país —dijo— no existe eso que ustedes llaman ‘la propina’, de modo que no se les ocurra dejar dinero de más porque van a humillar al empleado y se va a sentir ofendido”. Esta regla se cumple en todos los comercios de comida y afines, los bares, los hoteles y los taxis. Se respeta a rajatabla.

Otro signo de respeto recíproco es el muy bajo nivel de ruido que impera en todos los lugares públicos. No está prohibido gritar, lo cierto es que nadie grita. Tampoco se escuchan los motores de los automóviles ni los buses, pero lo más notable es la ausencia de las motos, notorias productoras de ruido en nuestras ciudades.

En los restaurantes, y esto vale cualquiera fuere el nivel de los mismos, los comensales hablan en voz baja y no hay resonancia ni reverberación, algo tan común entre nosotros. Este tema del sonido puede inducir a pensar en una sociedad sometida por un Gran Hermano, y a fe que no es así.

Recuerdo que, en Singapur, donde los pisos de los lugares públicos lucen siempre pulcros y brillantes, había carteles que anunciaban una multa de 400 dólares a quien arrojara un papel, una colilla o un chicle al piso.

En Japón la situación es distinta: un peatón no arroja nada a la calle porque le parece una falta de respeto hacia su ciudad y hacia sus congéneres. Esto vale en los andenes de los trenes o en el hall de las grandes estaciones, que lucen inmaculadas y bellas.

Acaso sea ilustrativo un episodio que me ocurrió al cabo de una semana en Tokio: en los desayunos del hotel, muy variados y abundantes, se servía fruta —algo que para mí es lo primero al desayunar—, y entre ellas había uvas. Al bajar a la calle con un compañero, caminando por la vereda noté que había quedado entre los dientes y la encía algo duro que era la semilla de una uva. Cuando la tuve en la mano vacilé, y por fin la puse en el bolsillo por respeto a esta gente que cuida tanto la higiene de su calle.

Es curioso que, en la capital de Japón, en ningún momento uno perciba que está en una ciudad de más de 37 millones de habitantes.

Cuando nos tocó viajar en un subterráneo de Tokio o Kioto, vimos primero ceder el asiento de inmediato a los que peinan canas; luego, ya sentado, pude ver que a mi alrededor había cinco personas leyendo libros. No pude documentar esto porque me parecía una falta de respeto fotografiarlos. Mi amigo, que es más audaz, registró ese momento; lo mismo hizo con un personaje muy atildado que viajaba de pie, por la singular elegancia de ese galán maduro, una especie de Humphrey Bogart de Tokio. Es habitual ver gente muy bien ataviada y prolija.

Hay una circunstancia que todavía nos parece un espejismo, dada su rareza. Pero en esto coincidimos los cuatro varones viajeros: en las dos ciudades donde permanecimos más tiempo (Tokio y Kioto) no vimos, detenida o en movimiento, ni una sola moto. Esto en el país que debe ser el proveedor de los miles de motos que son la pesadilla de los habitantes de Buenos Aires —por el ruido que provocan, por la imprevisibilidad de sus maniobras y por la delincuencia que las utiliza como medio preferido—; no hemos visto este vehículo sino en alguna ruta, mientras viajábamos en el tren bala. Y recuerdo que comentamos la prudencia y cuidado de esos motociclistas en la autopista.

Aunque todavía no encontramos respuesta para este enigma, algunos consultados nos dijeron que se debían dejar las motos en sitios destinados al efecto, y seguir luego, según el caso, en transporte colectivo. Pero no pueden ingresar en una amplia zona de la ciudad. Es este, a mi modo de ver, un ejemplo más del respeto puesto en acción para que los ciudadanos dispongan de una mejor calidad de vida.

Esta calidad de vida comienza en el hogar japonés, donde existe un lugar (por lo general es un rincón) llamado Tokonoma. Mi amigo ya desaparecido, Leopoldo Torres Agüero, gran pintor y dibujante, era riojano, pero vivió en Japón muchos años con su pareja, una bella japonesa. Fue él quien me definió Tokonoma como “el rincón de la belleza y la meditación”. La esposa, antes de preparar la ración matinal, y de acuerdo al clima de esa jornada, elige entre muchos rollos el kakemono (el cuadro) del día y lo cuelga en reemplazo del de ayer. Cuando el marido se acerca, se sienta frente al cuadro elegido y medita. Genial. Recuerdo que otro amigo, Carlos Méndez Mosquera, un eximio diseñador gráfico y arquitecto, decía que uno podría dejar de ver hasta un Picasso colgado en la misma pared de la misma casa. Esto nunca ocurrirá en un hogar japonés.

A esta altura, y habida cuenta de que coincidimos en esta recorrida nueve colegas, voy a aludir a la arquitectura que conforma el paisaje urbano del Japón: es de una pareja calidad y una inusual armonía. Cuando éramos estudiantes conocimos al que llamaríamos el Le Corbusier japonés: Kenzo Tange, arquitecto y urbanista, autor de la Catedral de Santa María en Tokio, a la vez austera y de gran audacia formal; es suyo también el proyecto del Museo Memorial de la Paz en Hiroshima, que visitamos, aunque me pareció un edificio correcto pero inexpresivo de la tragedia sucedida en esa ciudad; no recorrí ese museo por dentro por un sentimiento personal. Pudimos ver y admirar la obra de ToyoIto —quizá uno de los mayores arquitectos vivientes en Japón—, autor de una de las más notables obras: la Mediateca de Sendai, que lamento no haber alcanzado a ver por la distancia, pero que no tuvo daño alguno cuando acaeció el fatídico tsunami y sismo que tuvo su epicentro en esa ciudad.

Fuimos afortunados por coincidir nuestra llegada con la muestra retrospectiva de un arquitecto único: Tadao Ando, autor de piezas también únicas, como la capilla a la que pudimos ingresar gracias a una maqueta en tamaño natural exhibida en la exposición, que se hizo en el Museo de Tokio diseñado por el maestro Kisho Kurokawa, responsable también del aeropuerto que, según mi opinión, es el más admirable de los muchos que conocí, en Kuala Lumpur, Malasia. Todos los arquitectos mencionados tienen un peculiar cuidado por la inserción de su obra en su entorno natural. Son contemplativos.

La contemplación de la Naturaleza y el desarrollo espiritual tiene, entre otros, una expresión poética proverbial que es el haiku, o jaikú, un poema de tres versos que resume el respeto ritual hacia la Naturaleza y que en su brevedad exalta el valor de la palabra. Los versos se componen de moras, lo que puede definirse como una unidad lingüística comparable con una sílaba. Un poema, así, puede componerse de 17 hasta 31 moras, y el menor contiene 3 versos de 5, 7 y 5 moras. Y escribo los números así para destacar algo que me sedujo aún más, porque todas las cifras citadas son números primos, un guarismo singular que me fascina desde la infancia.

Se dice que el haiku expresa el asombro del japonés primitivo por lo que encontraba en la Naturaleza, y como resultado de esa contemplación, la muerte no podría estar ausente. Por eso me conmovió saber que existe el jisei, el haiju de despedida de la vida. Y nunca olvidaré uno que leí hace ya mucho tiempo:

el agua se cristaliza
las luciérnagas se apagan
nada existe

Aquí debería concluir este escrito, pero no quiero dejar de aconsejar a quienes puedan hacerlo, que vayan a Japón. Yo lo hice poco antes de cumplir los 86 años y lo disfruté con grandes momentos inolvidables. Y qué es la vida sino una sucesión de momentos, cuanto más emotivos y placenteros, mejor. Por eso, al regresar me propuse advertir a quien me escuche —o lea, en este caso— que nunca es tarde para deslumbrarse con la visión de la belleza que le hace marco a esa sociedad tan peculiar.

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Fuente: www.revistacriterio.com.ar

Escribe para revista Criterio de Argentina.

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