Javier Melloni sj: «La religión del futuro será una nueva manera de religarse con el absoluto, entre nosotros y con la misma Madre Tierra»

Nemo Castelli sj conversó con el también jesuita, Javier Melloni, sacerdote, escritor, antropólogo, teólogo, especializado en diálogo interreligioso y mística comparada. “Cuando descubrimos la Fuente primigenia volvemos al cauce primero. Ser proyecto de humano, es decir, de hermano es la única presentación que vale la pena; lo demás es anecdótico”.

Nemo Castelli sj

18 noviembre, 2021, 11:20 am
47 mins

Aprovechamos una visita a Barcelona para entrevistarle en su despacho de Cristianisme i Justícia, un centro de estudios dedicado a la reflexión social y teológica. Ya desde el inicio nos descoloca cuando le pedimos que él mismo se presente a nuestros lectores: “Me presento —ojalá lo creyera siempre así— como un proyecto de ser… humano y, por lo tanto, hermano. Con anhelo de infinito, anhelo del Origen, porque es de dónde venimos, compartir y transmitir ese anhelo. Cuando lo confundimos por otro nos intoxicamos… y, en cambio, cuando descubrimos la Fuente primigenia volvemos al cauce primero. Ser proyecto de humano, es decir, de hermano es la única presentación que vale la pena; lo demás es anecdótico”.

Ha pasado varias temporadas en la India. Su biografía reúne la tradición occidental con la tradición oriental. ¿Cuál es la condición espiritual de Occidente? ¿En qué se distingue de Oriente?

Yo diría que la condición no solo espiritual, sino cosmovisional de Occidente —de lo cual lo espiritual es un elemento más—, es la fascinación por la forma y la individuación, es decir, por lo concreto y particular. Por eso en Occidente hemos apostado civilizatoriamente por un proceso de transformación de la materia y del mundo, dando valor al conocimiento técnico. Occidente destaca la importancia del individuo, del rostro de cada persona, de los Derechos Humanos, etc., se fija en las partes y en cada parte. Oriente, en cambio, mira el todo; no se detiene en los procesos, sino que el origen y la meta se dan al mismo tiempo en el presente. Occidente está entre la memoria del pasado y el anhelo del futuro. Oriente está arraigado en la fuerza del instante. Es decir, Oriente vive la simultaneidad del pasado y el futuro en el presente, mientras que Occidente vive en la linealidad, en la procesualidad, que tiende a separar pasado, presente y futuro.

En su experiencia, ¿hay tensión entre Oriente y Occidente?

Oriente y Occidente no se oponen, se fecundan mutuamente. La posibilidad de vivir con plenitud cada momento supone integrar que somos hijos de nuestro pasado y al mismo tiempo, somos padres de nuestro futuro. Es bueno y necesario tener memoria de lo vivido, así como tener proyectos; necesitamos anticiparnos y prever las cosas, pero cuidándonos de que el recuerdo del pasado y la proyección hacia el futuro no nos secuestren o expulsen del presente. Oriente y Occidente se necesitan mutuamente.

Dicho esto, creo que a Oriente y a Occidente les falta un tercer ángulo de mirada: la experiencia aborigen, de las religiones de la Tierra, que no es ni Oriente ni Occidente, es otra cosa. Hoy día, con la crisis socio-ecológica fruto de nuestra separación respecto de la Tierra, esto se hace más urgente. El peligro de Oriente es ser acósmico, como el Occidente con la tentación de ser totalmente antropocéntrico olvidándose de la Tierra, necesitan el aporte de los pueblos originarios cuyos restos todavía perduran en los diferentes continentes. Hay que rescatarlos y mirarlos con el mismo respeto que a las grandes tradiciones culturales y religiosas. No tienen literatura escrita ni han construido grandes templos… pero nos enseñan que su templo es la naturaleza y que su sabiduría está inscrita en su instinto, que viene de la relación con la Madre Tierra.

Si perdemos cualquier referencia de esta triangulación en el futuro, perecemos. Necesitamos las tres. Necesitamos proyecto, necesitamos presente y necesitamos arraigo en la conciencia de que no estamos solos, sino que somos una forma de la Tierra y por lo tanto no nos podemos desarraigar de nuestra Madre Tierra que nos constituye.

Ese desarraigo nos ha convertido en una especie que amenaza la vida en el planeta. Al dañar la Tierra nos dañamos a nosotros mismos, pues somos una sola cosa, una sola vida. Somos de la Tierra, somos Tierra, somos una forma de ella. Por eso padecemos el daño que hacemos.

¿Cómo con la pandemia del Covid-19?

A mi entender, la pandemia es uno de los avisos que nos está dando la Madre Tierra para recordarnos que somos perecibles. Es impresionante que el virus del Covid19, un trozo invisible de ARN, nos traiga este mensaje que nos ha botado del caballo. Nos hemos separado de la Tierra y nuestro comportamiento como especie es lo más parecido al de un cáncer que le ha salido al planeta. Nuestra reproducción en forma salvaje y desmesurada está devorando la Tierra.

Entonces la misma Tierra nos envía un mensajero diciendo: “Deteneros, observad y tratad de entender: os estoy tratando como vosotros me estáis tratando a mí. Os estoy devorando a vosotros como vosotros me devoráis a mí”.

Nuestros virus se alimentan de nuestras células, viven a costa de nuestra vida destrozándola, y es justamente lo que estamos haciendo con la Madre Tierra. Y si no es con un aviso serio y severo como el que estamos padeciendo, no nos enteramos. Hay que escuchar al virus, tener un diálogo profundo con este severo adversario y que es además un maestro.

A fines de 2021 seremos 7.800 millones de personas en el mundo. Vivimos como si tuviésemos 1,75 planetas a nuestra disposición ¿Qué posibilidades tenemos? ¿Cómo vivir dentro de los límites de nuestra Tierra?

La esperanza está en que aprendamos lo que nos está diciendo la Tierra, que aceptemos consumir menos y ser menos número de seres humanos en el planeta. ¡¿Por qué hemos de ser tantos…?! Si queremos vivir en la Tierra (otra cosa es ir en búsqueda de otros planetas), tenemos que aceptar que no somos una especie sin límites de producción y de reproducción. Tenemos que aprender a contener nuestra capacidad de reproducción, producción y consumo si queremos compartir con otros seres vivos viviendo suficientemente en paz y holgura. Pero este despertar es duro, porque supone una renuncia que no estamos capacitados para hacer como especie.

Nos cuesta que nos digan “consumamos menos”. El camino es aumentar la calidad de atención y de agradecimiento respecto de lo que recibimos y al modo con que lo elaboramos. Hemos de aprender a educar nuestros deseos, que son infinitos, frente a necesidades que son limitadas. Si no educamos los deseos, los límites vendrán de fuera y eso no nos gustará nada.

La otra esperanza es que no temamos la muerte. Vamos hacia lo que más necesitamos, que es nuestra propia muerte. La muerte no es una maldición, la muerte es una bendición, en el tiempo oportuno, para que se produzca un cambio de nivel de nuestra existencia. Solo si aprendemos a gestionar nuestra muerte sabremos gestionar nuestra vida.

¿No es esto una “fuga mundis” de la que se ha acusado al cristianismo? ¿O de opio para el ser humano en tiempos de crisis eco-social?

Justo lo contrario. El problema es que tememos la muerte porque no amamos suficientemente la vida. Si amáramos la vida con toda el alma, con todo nuestro corazón, con todo nuestro ser, no temeríamos la muerte; experimentaríamos que la muerte no es la última palabra… sino que forma parte de la vida en toda su amplitud, la cual incluye momentos de muerte, es decir, de cambio de nivel. Gastamos demasiada energía huyendo de la muerte, sin cuestionarnos realmente a qué hemos de morir y mientras tanto, se nos escapa la vida. Habría que saber distinguir entre dos conceptos que refieren a la vida: “bios” y “zoé”. Bios es la vida biológica individualizada; Zoé es la Vida en mayúscula… que se despliega en cada una de las vidas. La Vida no muere, ¡¿cómo va a morir la Vida si es vida?! Lo que muere son las diferentes formas de asunción de esa vida. Y en cada una de esas formas el ser humano se desarrolla y hace un recorrido de 70 a 90 años para que cuando acabe ese ciclo trascienda a un ciclo superior. Si no se acabara este ciclo no trascenderíamos nunca y estaríamos repitiendo siempre lo mismo. Nos repetiríamos a nosotros mismos.

Además, su pregunta supone la separación de dos realidades, la vida y Dios. Existe una única Realidad, de la cual Dios es su fondo y todo lo que vemos es su manifestación. Se trata de poder llegar a ver todo como manifestación de Dios, de manera que toda manifestación sea venerada pero no absolutizada. Así podemos ser libres de aquello mismo que amamos sin dejar de amarlo.

¿Y cuál sería ese ciclo superior?

Lo que somos más allá de nuestra existencia biológica, pues nuestra biología es solo una forma de nuestro ser. Pero vivimos en una sociedad tan materialista, incluso los cristianos, que no sabemos imaginarnos lo que somos sin cuerpo. Hemos acabado creyendo que solo somos cuerpo, cuando el cuerpo solo es un vehículo. Somos mucho más que el vehículo en el que estamos.

La muerte es solo la mitad de un acontecimiento. Es el final de un ciclo y el comienzo de otro. Nos quedamos con la angustia del final sin abrirnos al umbral que se despliega ante nosotros. La cuestión no es solo que morimos, sino hacia dónde morimos, que es lo mismo que decir, hacia dónde vivimos de verdad.

En la siguiente dimensión, cosecharemos lo que aquí hemos sembrado y hecho germinar. Si no sembramos, no habrá cosecha allá. Hay una relación directa; todos los planos son simultáneos y al mismo tiempo distinguibles. El problema es cuando un plano ahoga al otro. Venimos de un tiempo en que negábamos la materia y la hemos espiritualizado… y ahora caemos en el otro extremo: negamos el espíritu para materializarnos. O nos alienamos por un lado o por el otro. Y vamos damos tumbos.

¿Qué lugar le corresponde a la religión en este desafío?

Contra los dualismos espiritualistas —que nos alienan de la Tierra— o materialistas —que nos alienan del cielo—, el gran desafío se llama «integración». Integración de todos los elementos simultáneos y al mismo tiempo distinguibles.

Hay que poner a las personas en conexión con la totalidad de la que forman parte y con la totalidad de sí mismos. Este es el punto clave de las religiones y de la espiritualidad: ayudar a la conciencia de que formamos parte de la totalidad en cuanto que humanos, y a tomar consciencia de la especificidad, de la irrepetibilidad que somos cada uno de nosotros. La espiritualidad debe ayudar a las personas a descubrir que tienen 14 mil millones de años, pues nuestra existencia es fruto de 14 mil millones de años que han sido necesarios para llegar ser lo que somos. Desde esta consciencia de la conspiración cósmica que ha habido para que existas, nace el deseo de que tu existencia sea digna de ser vivida, existida. Y desde esta comunión con todo brota una acción que no sea dañina, ni a la Tierra, ni a la sociedad, ni a las relaciones en cualquiera de sus formas.

Si aumentamos todavía más la perspectiva, percibiremos que estamos sostenidos por un alientum… por el Ser que nos hace ser y que muchos llamamos Dios. Es Aquello que nos hace ser, es anterior a la misma Tierra, es la sustancia misma del universo, y podemos participar de Aquello-Aquel que es. Esa es la maravilla: sentir que uno es. Pero lo olvidamos, lo damos por supuesto. Y esto es para caer de rodillas y en adoración. ¡Somos! ¡¿Qué podemos añadir a eso…?! Es la experiencia de que somos y de que existimos… y por lo tanto que respiramos, amamos, nos movemos, etc.

Y si por supuesto que hay que atender a lo concreto de cada día, como el comer, beber, trabajar, formar parte de la sociedad, propio del homo faber, lo que entiendo por espiritualidad es hacer todo eso como expresión de nuestro ser. Y captar casi instintivamente todo aquello que no sea expresión de lo que somos, porque daña o al otro, o a mí, o al colectivo, o a la tierra.

Esta es la tarea. Ayudar a que cada cosa, cada ser humano, cada pueblo, cultura o nación sea, y en esa integralidad de lo que es, descubrir y crecer en todas las dimensiones sin descuidar ninguna. De lo contrario nos mutilamos o nos mutilan. Como los dualismos materialistas o espiritualistas de que hablamos. El ser humano necesita integrar (no fusionar) todos los elementos manteniendo la diferenciación de cada uno de los niveles: material, espiritual, energético, social, político, religioso, sociológico, pasado, futuro, etc., y todo ello en la cualidad de vivir el presente.

Pero las mismas religiones, ¿no tienen algún grado de responsabilidad o participación en la alienación que experimentamos respecto de la realidad o de nosotros mismos?

Yo parto desde la visión Panikkeriana de la religación cosmoteándrica. Todas las religiones son cosmoteándricas, es decir, vinculan con lo invisible (theos), vinculan con lo humano (andros), dando pautas de comportamiento ético, y religan con la tierra. Las religiones son todas originariamente geo-históricas. Han surgido en un tiempo determinado y en un lugar determinado, y desde ese epicentro se han ido extendiendo por todo el planeta.

Lo que es absoluto en las religiones es su vínculo con el Absoluto. Pero el modo en que tiene que vincularse cada una con el Absoluto no es absoluto, sino que es relativo, histórico y está situado. Cristalizan en textos, simbolismos, rituales y normas morales para abrir en el ser humano su vínculo con lo esencial, permitiéndole ser plenamente el que es —como comunidad y como individuo— en el entorno de la Tierra en el que ha nacido. Evidentemente cada religión tiene sus acentos, sus aciertos y sus descuidos.

El error de nuestra cultura llamada del “bienestar” es dar por supuesto todo aquello que posibilita que existamos. Damos por supuesto que hay cosas que nos están sosteniendo y vivimos sin darnos cuenta de que nos sostienen. Y al darlo por supuesto, dominamos sobre ello sin saber que pertenecemos a aquello mismo que creemos estar dominando. Las religiones no son ajenas a esta tentación.

La religiosidad alienante es creernos Dios. Esta olvida que los seres humanos estamos para descubrir que estamos llamados a ser lo que Dios es, pero que no somos Dios. Y nos hacemos infalibles, omnipotentes, invulnerables, incuestionables. Agarramos el fruto de la religión y devoramos la idea que tenemos de Dios y en esa borrachera nos alienamos, pues seguimos siendo falibles y necesitándonos unos a los otros y deseamos crear comunidad. El peligro de la pseudo-mística es emborracharse de “iluminismo”, creyendo que podemos hacer cualquier cosa sin límites. La pseudo-mística del progreso nos ha endiosado y autocentrado antropocéntricamente, creyendo que somos dominadores y señores.

Toda esta pretensión de poder y de omnipotencia se nos acaba si estamos un minuto y medio sin respirar o varios días sin beber agua. Pereceríamos. Formamos parte vital de la totalidad. Es en colaboración y comunión con esa totalidad como vamos a encontrar nuestro lugar y redescubriremos que nuestro desarrollo no es dominar la Tierra sino custodiarla y cuidarla.

¿Y cómo intuye que será la religión del futuro?

La experiencia religiosa que tenemos todavía está proyectada desde un nivel de consciencia bastante elemental del ser humano. En el fondo nuestra mentalidad sigue siendo geocéntrica, y nuestra memoria no va más allá de 4 mil años atrás. Todavía vivimos en una pequeña tribu, la vida que nos interesa es la de cada uno, nuestra familia, país, y si pertenecemos a una religión, no mucho más. Todo lo demás no nos interesa demasiado, salvo para consumirlo o si nos sentimos amenazados. Aún somos hordas tribales del desierto, pero con acceso a computadores y vestidos con ropas que ya no son pieles.

Es en las grandes catástrofes, como la 1ª y 2ª Guerra Mundial, donde vimos el abismo de nuestra propia locura con los genocidios nazi y soviético, y nos enfrentan a la pregunta sobre qué es lo que tenemos en común, qué es lo que nos hace ser humanos. De ahí surgió la declaración de los DDHH de la ONU en 1948, uno de los textos más nobles de la humanidad, consensuado por una gran cantidad de países que participaron. Esta representó un paso cualitativo de nuestra conciencia sobre qué es el ser humano.

Creo que ahora estamos dando pasos mayores, y signo de esto es un nuevo nivel de conciencia planetaria que se está dando. Creo profundamente que el intercambio cultural, cognitivo, instrumental, tecnológico y nuestra nueva comprensión de la materia que procede de la física cuántica y de la comprensión interestelar… están abriéndonos a algo nuevo e inaudito.

En este contexto la religión del futuro será una nueva manera de entender la religión, una nueva manera de religarse con el Absoluto, entre nosotros y con la misma Madre Tierra. No creo que las actuales tradiciones desaparezcan, pero van a ser transformadas.

¿Podría desarrollar esta idea? ¿Cuál es la clave?

Hoy no hay el rechazo de la religión propio del ateísmo militante de los 60. Pero cada vez más personas no pueden aceptar el tipo de religión que aún se transmite, reducida a lo moral, o a lo mágico. La clave, a mi entender es lo no-dual integrador a un nivel profundo. Dios y nosotros somos lo mismo y al mismo tiempo somos distintos. Esta es la clave de todas las religiones. No es una idea; si lo viviéramos así sería todo muy diferente. La imagen más bella que tengo para expresar esta relación es así:

(Saca una hoja de papel y pregunta:) ¿Cuál es la radical alteridad de este lado de la cara del papel? La contracara. Sin embargo, es la misma… ¿Dónde está la otra cara sino en sí misma? Esta cara no existiría sin esta otra cara… Esta cara es constituye al mismo papel, pero no es la misma cara. Algo así pasa con Dios y nosotros. Nosotros somos lo visible de lo invisible, somos la cara visible de Eso que nos sostiene y que siempre será invisible. Se hace visible a través de lo que somos y, sin embargo, no somos la otra cara. Eso es lo que más se parece a la experiencia mística y es la experiencia futura y la manera de entender la religión del futuro y de entenderlo todo… la materia, el espíritu, la historia, etc. Esta permanente comunión de todos los elementos… creo es lo que mucha gente está intuyendo. Es otro aspecto del nuevo nivel de conciencia.

El error de las religiones es interpretar literalmente lo que dicen de forma simbólica: un Dios en el Cielo, y los seres humanos en la Tierra, como si hubiera dos realidades. Tenemos también una visión demasiado antropomórfica de la Trinidad. Un Dios Padre con barba blanca, Jesús sentado a su derecha que es enviado a la Tierra. Pero, ¿de dónde lo va a enviar? ¿Desde arriba de qué? ¿Qué significa que es su hijo?

Las palabras Creación y Encarnación son expresiones para decir algo sublime, pero lo transformamos en un cuento. La Creación no sucedió en un momento determinado, sino que está dándose continuamente, como la Encarnación, en Jesús aconteció de modo pleno, pero continúa a través de cada uno de nosotros hasta la consumación final. Todo es Creación (nacimiento) Encarnación (concreción en la historia humana) y avanzamos hacia la divinización personal y colectiva. Y esto está sucediendo en todo, en todos, seas ateo, musulmán, budista o cristiano.

Entre Dios y nosotros hay distinción, pero no separación. Pues solo hay una Realidad. Dios no es otra realidad… Dios es-el-que-es por excelencia desde el cual brota todo, incluso este instante en que estamos hablando y que hace que nos comprendamos. Todo es sagrado. No hay nada que no sea sagrado. Todo está brotando de la nada —entendida como el Fondo de Dios— y haciéndose concreto en cada una de las cosas que vivimos.

¿Cómo se imagina la Iglesia católica del futuro en este escenario?

Se están produciendo dos fenómenos simultáneos: una transformación desde dentro y una transformación desde fuera. Los que han salido de la Iglesia tal vez puedan regresar y mirar con nuevos ojos. Y los que están desde dentro, intentando cambiar lo que puedan, esperando que no se desanimen. La novedad vendrá desde ambas partes.

Desde dentro yo veo que vamos hacia comunidades cada vez más maduras, más libres y conscientes, reunidas en torno a la Eucaristía y en torno de la Palabra de Dios. Eso es lo fundamental: leer y vivir los Evangelios, y vivir la Fracción del Pan en cualquiera de las modalidades en que eso se produzca. Ya sea que la misma comunidad sea la que consagra, ya sea en forma de un sacerdocio diocesano, femenino, masculino, en torno a comunidades religiosas o monásticas, o formas de neo-monacato, etc. Lo importante es que la memoria de lo que sucedió —el acontecimiento pascual— siga aconteciendo en el momento en que la comunidad se encuentra. ¿De qué modo? Ya lo verá la comunidad, pues ella es el lugar donde se recibe la Palabra de Dios y esa Palabra de Dios escrita es la que ayuda a comprender las situaciones de cada día como lugares de revelación. En Jesús confluye la historia sagrada con la historia profana… No hay nada profano para Dios.

Otra cosa que creo que se dará en el futuro es considerar palabra sagrada los textos de las demás tradiciones religiosas. Es tiempo de que en nuestras celebraciones podamos leer la sabiduría de los pueblos originarios, como los mapuche y de otras tradiciones como el Islam, el Hinduismo, el Budismo o incluso poemas de poetas antiguos y contemporáneos, como Gabriela Mistral o Neruda. Los salmos son poemas, ¿por qué no leer a los poetas inspirados de hoy en día?

¿En qué sentido dice usted que el Evangelio es central y normativo?

Los Evangelios son normativos no en el sentido jurídico, sino como la forma de un camino que vivió Jesús de Nazaret tal como lo recordó la primera comunidad. Y este nos sirve a nosotros como luces en nuestro camino que debemos recorrer personal y comunitariamente.

Y si damos un paso más, cuando vivamos según Jesús de Nazaret, ya no necesitaremos recordar ni repetirnos lo que Él hizo o dijo. El Evangelio nos servirá para no autoengañarnos, pero no es un fetiche, sino que está radicalmente abierto en cada uno de nosotros. Y quedan muchas páginas por escribir: la Palabra de Dios que prosigue en cada una de nuestras vidas.

Hoy día sabemos cómo se escribieron los Evangelios. Hemos conocido que muchos trozos del Evangelio son recreaciones inspiradas de los evangelistas, que no son palabra literal de Jesús, pero que, sin embargo, tienen el sello de Palabra de Jesús porque están escritas bajo el Espíritu de Jesús.

Entonces, ¿eso se acabó en el año 110 y desde entonces no hay Palabra de Dios? ¡Qué necios o qué cortos de entendimiento somos!

La tradición semítica no es la única Palabra revelada. Consideramos Palabra de Dios una palabra capaz de abrir revelación, de iluminar nuestras vidas desde la luz y mirada de Dios. Toda palabra que sea capaz de abrirnos a la trascendencia puede ser considerada palabra de Dios. Ninguna tradición debe ser excluida si lleva a tal profundidad.

Ahora bien, ya que con frecuencia nos confundimos y perdemos la pista, es bueno tener un canon, un punto de referencia del cual partir. Cuando empezaron a aparecer decenas de textos atribuyéndose la Palabra de Jesús, la comunidad discernió y reconoció como auténticos cuatro textos: Marcos, Mateo, Lucas y Juan. Estos cuatro Evangelios enmarcan la figura de Jesús como punto de encuentro de todas las generaciones y todos los lugares.

Lo mismo que los evangelistas pusieron en el Evangelio palabras que no son de Jesús, pero las dijeron en el modo de Jesús y por lo tanto son palabras de Jesús. Dos mil años después, el Evangelio se sigue escribiendo en nuestras vidas. Necesitamos empezar por el primer capítulo que son los cuatro Evangelios para recordar la letra, la grafía… Pero luego vamos escribiendo con nuestra vida, y con otros textos para recibir la luz que necesitamos en cada momento… Estamos hablando de conciencias maduras, que escuchan, que están abiertas y van desplegando el Espíritu…

¿Y cómo se relaciona esto con la Eucaristía, con la Fracción del Pan?

El gesto de la Fracción del Pan es la síntesis de la vida y del mensaje de Jesús. En él se ofrece una y otra vez desde Dios, a la comunidad y al mundo. En la eucaristía comulgamos con su ser pan para el mundo, pidiendo al Espíritu que nos transforme a nosotros en ese pan para hoy, para poder alimentar a los demás.

Por eso, hay que hacer voto de confianza en que cada comunidad es suficientemente madura para que lo que haga sea verdadero y se auto-regule. Y al mismo tiempo que cada comunidad pueda vivir en suficiente comunión con las demás comunidades. Eso es la Iglesia católica universal, una comunidad de comunidades.

¿Cómo se gestiona la ortodoxia o heterodoxia de cada comunidad? Con un voto de confianza en los demás… y pidiéndole a los obispos que velen por la comunión entre las comunidades, ayudando a las comunidades. Y ellas ayudándoles a ellos a crecer en sabiduría y santidad.

Se trata de alcanzar una conciencia de comunidad global que respeta las modalidades locales, donde cada comunidad tiene memoria fundamentalmente de dos cosas: de la Palabra de Jesús según la recogen los Evangelios y la Fracción del Pan donde se ofrece el pan y el vino, de manera que se convierte en el lugar de transustanciación de la comunidad en cuerpo de Cristo para vida de los demás. A eso es a lo que estamos llamados a vivir en cada eucaristía.

¿Cómo se entiende esto en una comunidad de fe como la católica donde la obediencia a la jerarquía pareciera tan determinante?

Uno de los grandes cambios que está aconteciendo es pasar de la obediencia a la conciencia.

Las religiones pre-modernas están basadas en la obediencia. ¿Por qué? Porque había un voto de confianza en la autoridad que suponían más iluminada, preparada y más cerca de Dios. Es lo propio de una sociedad jerárquica…

En la sociedad moderna, más madura, la obediencia es la obediencia conjunta en su sentido etimológico: ob-audire, “estar a la escucha”, a la escucha conjunta de aquello que es verdadero y auténtico y que nos hace crecer en plenitud y libertad. Hoy obedecer no es vertical ni sumisión ni sometimiento. Obedecer es, en primer término, siempre escuchar, abrirse a lo que el otro tenga que decir. Así nos escuchamos, y como comunidad discernimos y afinamos aquello que podemos estar derrapando. Y al mismo tiempo, como está en juego la fidelidad y el amor a los demás, coincide con la libertad de los hijos de Dios, la audacia y riesgo y coraje de la libertad. Esto es el discernimiento que viene de la capacidad de escucha…

Luego, también consideramos la existencia de una figura amable y bondadosa en un lugar del mundo como en Roma, el Papa, palabra en sí misma cariñosa, que se legitima porque vale la pena ser escuchada como líder espiritual, es decir, por su capacidad de decir cosas verdaderas, no por su cargo.

¿Cómo este nuevo modo de conciencia humano religiosa relacional que usted señalaba puede ser fermento de relaciones de justicia? En este sentido, ¿dónde se juntan estas hebras: fe y justicia, o religión y política?

Todo está junto… pero hay que explicitarlo para hacerlo ver. La justicia es inversamente proporcional a nuestro instinto de depredación. Cualquier forma de injusticia o el secuestro de bienes a costa de excluir o expoliar a otros tiene estas dos cuestiones inseparables. La justicia necesita de la fe o de la apertura a la trascendencia para lograr que el ser humano supere sus pulsiones más instintivas. La trascendencia permite desplegar el deseo más allá de su inmediatez. Mientras no somos libres de nuestros deseos, no nos damos cuenta del daño que causamos.

Luego, la fe es simultánea a la interiorización del deseo, a la apertura, a la alteridad y al respeto a la Tierra. Es una triangulación en que va todo a la vez. ¿Por dónde se empieza? Depende; cada cual empezará desde su sensibilidad… pero estas no se oponen.

Los que tienen sensibilidad ecológica, llegarán a la justicia y la interiorización del deseo por el amor a la tierra. Los que tengan sensibilidad más político-social, llegarán a la interiorización del deseo y el respeto a la tierra por el sentido de la justicia. Y los que tengan un trabajo más interior y sean más monásticos de manera de ser, llegarán a la justicia y la ecología por la humanización de sus deseos. Son tres accesos diferentes y simultáneos… y no se oponen el uno al otro.

La mirada integral es la capacidad de ponerlo en relación porque todo va a la vez… Pero aún seguimos partiendo de un fuerte antropocentrismo, sea de derecha o de izquierda, que no nos deja ver otras cosas. La clave es la mirada que abraza la totalidad sin descuidar nada. Todo es sagrado. Cada gesto, cada movimiento, cada cosa que utilizamos, cada café que nos tomamos, cada zapato que nos calzamos, cada vehículo en que nos montamos… es sagrado. Deberíamos vivir en un estado de gratitud permanente y pasar de tener una relación instrumental-objetual a tener un vínculo comunional o comulgante, hasta hacerse parte de nosotros.

Si comprendemos de verdad, veneramos, pues no se trata de comprender sino de llegar a venerar. Mientras no veneras algo o a alguien, no lo entiendes, no lo conoces… Lo primero que hay que hacer es venerarnos los unos a los otros, venerar a la Tierra y venerar el misterio de Dios… Solo ahí empezaremos a comprender y a comprendernos…

Estamos llamados a ser más finos en la mirada, más abnegados y más entregados en todos los ámbitos de nuestra vida. Esto es lo que nos diviniza (no nos endiosa), en el sentido de que nos hace ser lo que Dios es: puro amor y pura entrega.

Esa es la nueva hermenéutica respecto de la realidad: la confluencia de todos los elementos y de todas las dimensiones. Entonces no hay separación entre inmanencia y trascendencia. Hay algo Anterior a todo que no es dual… Es lo que muchos hombres y mujeres viven sin ponerle nombre. Hemos de saber descubrir lo que las personas viven como algo sagrado y saber potenciarlo para que realmente les de vida.

El punto de vista dual nos enreda. Integrar no es fusionar, integrar es incorporar, pero al mismo tiempo en un grado superior de comprensión. Esta es la nueva religión, esta relación donde todo confluye en el Uno sin que desaparezca el aspecto único y sagrado de cada cosa.

¿Qué le hace estar optimista, tener confianza y esperanza en el futuro?

Sentirme sostenido, sentir que todo está sostenido.

¿Qué es lo que más nos debiera preocupar del presente?

El mismo presente (…) Aquí y ahora. El presente no es el instante. No son lo mismo. El instante es efímero; nuestra cultura tiende a consumir los instantes sin vivir en el presente. El Presente, en cambio, contiene la totalidad del pasado, del presente y del futuro.

¿Y qué cree usted que es lo que lo está cambiando todo?

El aliento del Espíritu. El dinamismo mismo de la Creación, todo está en movimiento, de Alfa a Omega. Está cambiando el mismo aliento del Espíritu, del cual nosotros somos participes, estamos dentro de esa etapa.

¿Qué pensadores cree que están aportando puntos de vista humanizadores?

Hay mucha gente lúcida en todas partes que alimenta. No habría que buscar solo a nombres muy específicos, sino que creo que hay mucha gente despierta y bien colocada en todos los rincones de la tierra.

¿Qué le gustaría decirles a los jóvenes sobre el futuro?

Escúchense y tengan la capacidad de escucha, tanto de lo que les precede como de lo que los habita por dentro, como de lo inédito que les toca vivir. Atrévanse a ser audaces y a abordar los retos que han de afrontar. Confíen en ustedes porque Dios les ha dado vida para que recreen la Vida.

_________________________
Javier Melloni Ribas sj. Sacerdote, escritor, antropólogo, teólogo, especializado en diálogo interreligioso y mística comparada. Vive en Manresa, Cataluña, en la comunidad jesuita instalada sobre la cueva donde San Ignacio de Loyola vivió el segundo momento de su conversión en 1522.

Sacerdote jesuita chileno.