Justicia socioambiental: una tarea pendiente

El papa Francisco ha agregado al magisterio social de la Iglesia la tarea de proteger nuestra casa común y unir a la familia humana en la búsqueda de un modelo de desarrollo solidario. El progreso implica una fuerte conexión con la vida y con el bienestar de los seres vivos: no se trata de escoger entre desafíos naturales y desafíos sociales.

Román Guridi S.J.

14 Diciembre, 2017, 3:14 pm
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El papa Francisco nos visita prontamente y lo preceden sus textos y mensajes. Entre ellos destaca Laudato si’, que se agrega al magisterio social de la Iglesia Católica (15)(1). Francisco nos llama a hacernos cargo del desafío urgente de proteger nuestra casa común, a unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible, integral y solidario (13, 18, 50), y a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta (15). Esta encíclica puede ser leída con provecho desde distintos intereses, como, por ejemplo, la identificación de los desafíos ecológicos, sus causas y posibles soluciones, o el aporte que la fe cristiana —sus valores y mirada sobre el mundo— puede significar para enfrentar la crisis ecológica en la que estamos inmersos. Sus ideas y propuestas son variadas y de distinto orden. Nos proponemos resaltar algunos de sus aportes más significativos, para luego preguntarnos, a partir de esta perspectiva, por algunas de las tareas pendientes que tenemos en Chile.

HACIA UNA CIUDADANÍA ECOLÓGICA

A lo largo de la encíclica, Francisco insiste en que la crisis ecológica debe ser enfrentada no solo con más ciencia y técnica, o con acuerdos políticos plasmados en nuevas normas jurídicas, sino que se requiere de una transformación personal. Habla de la necesidad de crear una ciudadanía ecológica (211) que ponga en práctica nuevos hábitos (209), cultive sólidas virtudes (211), aliente una cultura del cuidado (231) y avance en una valiente revolución cultural (114) hasta conformar un nuevo estilo de vida. En esta misma línea, afirma la urgencia de una conversión ecológica (216-221) en la que los efectos de un verdadero encuentro con Jesucristo serán necesariamente evidentes en la forma en que nos relacionamos con el mundo; ya que vivir la vocación de protectores de la creación es algo esencial y no un aspecto opcional o secundario de la experiencia cristiana (221). Lo que se necesita es el reconocimiento de nuestros errores, pecados, faltas y fracasos en la construcción de una relación sana con la creación, junto con un sincero arrepentimiento y deseo de cambio(2). Debemos vencer la negación de los problemas, la indiferencia, la resignación cómoda y la confianza ciega en las soluciones técnicas (14), para abrirnos a una profunda conversión interior (216) que transforme nuestra manera cotidiana de habitar el mundo. Lo que está en juego es cómo concebimos nuestra vocación y tarea en la creación.

De hecho, estamos inmersos en una profunda crisis multidimensional y sistémica. Se trata de una crisis ecológica que es una manifestación externa de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad (119). No se trata, por lo tanto, de dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino que de una sola y compleja crisis socioambiental (139). Este es otro aspecto clave de Laudato si’, a saber, su comprensión integral de los desafíos actuales. Se trata de la crisis de un modo de vivir, de una manera de habitar el mundo, sostenida por valores, ideas, supuestos, y actitudes cotidianas que afectan negativamente a las personas, sociedades y también a la naturaleza. Tenemos que reconocer la raíz humana de la crisis (101), anclada en una comprensión errada de la vida y de nuestra acción en el mundo. El modo de vivir que está en crisis está marcado, entre otras cosas, por la cultura del descarte (16, 22, 43); por el paradigma tecnocrático que invade la economía y la política (107) e impone su lógica y objetivos en todas las esferas de nuestra vida; por el olvido de los fines de la acción humana (61, 113, 203); por una comprensión parcial del desarrollo (147) y por la creencia equivocada en el progreso material sin límites (78).

Si la crisis es multidimensional y sistémica, la solución también debe apuntar a la globalidad de los desafíos, para combatir la pobreza, devolver la dignidad a los excluidos y cuidar la naturaleza (139). Es por eso que Francisco propone el cultivo y promoción de una ecología integral(3), que abarca los campos de la ecología ambiental, económica, social, cultural, de la vida cotidiana y humana. Esta noción pone en evidencia la íntima conexión de los problemas ambientales, con los desafíos sociales, y el debido respeto a la persona humana y su valor peculiar. De hecho, son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior (10). La ecología no se reduce a la naturaleza o medioambiente, ya que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social que incorpora la justicia en las discusiones sobre el ambiente para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres (49, 53, 117). De este modo, no podemos pretender sanar nuestra relación con la naturaleza y el ambiente sin sanar todas las relaciones básicas del ser humano (119). Todo está conectado, y la ecología integral apunta a restablecer las relaciones correctas y justas con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con Dios (210).

Dada la búsqueda de una ecología integral, hacer frente a los desafíos ecológicos supone no solo la conversión personal, sino también la transformación de ciertas estructuras, y la configuración de un nuevo orden mundial. Se requiere una conversión comunitaria para crear un dinamismo de cambio duradero (219). Francisco es muy consciente de que las soluciones deben impregnar a la política, la cultura, la vida en sociedad y la economía. Es por eso que invita a una solidaridad universal nueva (14); a cambios en los sistemas de producción y de consumo (23, 206); a una nueva ética de las relaciones internacionales (51); a nuevos liderazgos y un nuevo sistema normativo (53-4); a un consenso mundial que por sobre los intereses nacionales nos haga pensar en un solo mundo y en un proyecto común (164); a acuerdos internacionales que se cumplan y marcos regulatorios globales para los «bienes comunes universales» como los océanos (173-4); y a cambiar el modelo de desarrollo global y redefinir el progreso (194). No basta, por lo tanto, con modificar algunos hábitos personales ni con incluir en nuestra agenda política consideraciones ecológicas superficiales, sino que debemos cuestionar la lógica subyacente a la cultura actual (197), y emprender transformaciones estructurales que, junto con incidir en el funcionamiento de la economía y en el establecimiento de un nuevo orden jurídico, afecten a la organización de las relaciones entre los países y con la naturaleza.

HACIA UNA ECOLOGÍA INTEGRAL: TAREAS PENDIENTES EN CHILE

Así como el mensaje de Laudato si’ es variado, también lo son los desafíos de nuestro país en relación con la justicia socioambiental(4). Podemos pensar, por ejemplo, en la necesidad de seguir impulsando la transición energética hacia las fuentes renovables no convencionales; en el desarrollo de políticas enfocadas a adaptarnos a los efectos del cambio climático; en la disminución de la contaminación en sus variadas formas; y en la conservación de la biodiversidad y ecosistemas. Sin ninguna pretensión de ser exhaustivos, nos proponemos ahora señalar algunas tareas pendientes que tenemos en Chile a partir de la perspectiva de la ecología integral propuesta esta encíclica papal.

En primer lugar, necesitamos hacerle frente al falso dilema que contrapone el desarrollo económico con la protección de la naturaleza. Aún son muchas las voces —a veces, de actores importantes de la esfera pública— que parecen plantear que debemos escoger entre el crecimiento económico y la superación de la pobreza, por un lado, y la preservación de los ecosistemas y de la vida natural, por el otro. Como si el cuidado de la casa común fuera un lujo que un país en vías de desarrollo no puede darse, dado que nuestros acuciantes desafíos sociales nos impiden preocuparnos de algo tan sofisticado como la salvaguarda de otras especies, el resguardo de sus hábitats y el uso razonable de los recursos. Muchos siguen considerando la causa ecológica como algo exótico que pone freno al desarrollo y progreso económico de nuestro país. La discusión en torno al proyecto minero Dominga es un buen ejemplo de esto. Es clave desenmascarar esta falsa encrucijada. Así como el desarrollo humano no debe estar desconectado de la vida y bienestar del resto de los seres, el cuidado de la naturaleza no debe de ninguna manera implicar que los seres humanos sean ignorados u olvidados. No se trata de escoger entre desafíos naturales y desafíos sociales. Es un falso dilema querer oponer el desarrollo humano y económico a la protección y cuidado de la naturaleza.

En segundo lugar, necesitamos perfeccionar y fortalecer nuestra institucionalidad ambiental. Aunque ha habido avances importantes, aún debe mejorarse el funcionamiento de nuestras instituciones ambientales en términos de descentralización, competencias técnicas, recursos humanos y financieros. Esto es clave para diversas tareas, como la evaluación precisa de proyectos de gran envergadura, la fiscalización del cumplimiento de la normativa ambiental, y la eficiente tramitación jurídica de los conflictos socioambientales. Por una parte, esta institucionalidad no debe estar sometida a los dictámenes de los expertos, sino que debe tener en cuenta otras variables y actores, como organismos no gubernamentales, asociaciones de distinto tipo, gobiernos locales y, por supuesto, a los ciudadanos. La política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse al paradigma eficientista de la tecnocracia (189). Necesitamos, por lo tanto, mejorar nuestros espacios decisionales y los procedimientos de los mismos. Por otra parte, la institucionalidad ambiental debe incorporar explícitamente en la formulación de las normas el principio de precaución y nociones como la equidad territorial. De este modo, casos como el del relleno sanitario autorizado en la comuna del Til Til —a pesar de la ferviente oposición de la comunidad local— podrían haberse resuelto de otra manera.

En este mismo sentido, debemos revisar nuestra gobernanza de los bienes comunes. No nos viene mal recordar la «regla de oro» de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso (193). Es clave, por ejemplo, que nos preguntemos quién es el dueño del agua, quién obtiene dinero por su comercialización, quién debe pagar por su distribución, y quién guía y controla su administración. Es vital también que se establezcan sistemas de responsabilidad, y criterios claros para su uso. La escasez de agua fresca no es solo un desafío medioambiental. En tanto desafío ecológico, también involucra las dimensiones personal y social que también deben ser incorporadas.

Finalmente, apuntando a la conversión ecológica personal, es importante que nos eduquemos para la contemplación agradecida del mundo. En un país que acentúa desmedidamente el mérito personal, debemos recuperar la gratitud, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre (220). Se trata de entrar en la lógica del don gratuito que recibimos y que comunicamos (159). Sin este sentido de agradecimiento, difícilmente haremos frente a las actitudes de dominio, posesión y descarte que tanto daño nos hacen en las relaciones personales y con la naturaleza. Es importante caer en la cuenta de que todo lo importante de la vida —existir, sentirse bien, la amistad, el amor, etc.— es un regalo que no merecemos, que no nos lo hemos ganado, que no nos pertenece, ni podemos reclamar como algo propio, ya que es un don. A fin de cuentas, el mundo no es un problema a resolver, es un misterio gozoso que debemos contemplar con jubilosa alabanza en cuanto nos refleja la hermosura y bondad de Dios (12). MSJ

(1) Los números entre paréntesis refieren a los números de la encíclica en los que se encontrará la idea mencionada.
(2) Ver Francisco, «Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la Creación. Usemos misericordia con nuestra Casa Común», 1 de septiembre de 2016, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/pont-messages/2016/documents/papa-francesco_20160901_messaggio-giornata-cura-creato.html
(3) La noción de ecología integral aparece en los siguientes números: 10, 11, 62, 124, 137, 159, 225, 230 y es especialmente desarrollada en el capítulo IV de la Encíclica: 137-162.
(4) Pueden leerse con provecho el reciente informe del PNUD «10 claves ambientales para un Chile sostenible e inclusivo» (Santiago: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, 2017); y el informe del INDH «Mapa de conflictos socioambientales en Chile» (Santiago: Instituto Nacional de Derechos Humanos, 2015). Ambos se encuentran disponibles en versión digital.

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Fuente: Artículo publicado en la edición especial de Revista Mensaje dedicada al Papa Francisco, n°665, diciembre de 2017.

Teólogo.