Luigi Pirandello y sus Seis personajes en busca de autor

Influido por el idealismo alemán, el autor italiano formula planteamientos rupturistas con las estructuras predominantes en la dramaturgia del siglo XX. Su aparición es un acontecimiento significativo en la historia del teatro universal, con una obra que rompe barreras espacio-temporales y es un llamado de atención al hombre contemporáneo.

16 Mayo, 2017, 3:26 pm
16 mins

A casi ciento cincuenta años del nacimiento del escritor italiano Luigi Pirandello, bien vale la pena recordarlo. En lo fundamental, su nombre está íntimamente relacionado con su creación dramática Seis personajes en busca de autor. En ella no solo llega al punto máximo de sus planteamientos filosóficos, muy influidos por el idealismo alemán, sino que rompe con estructuras vigentes en la dramaturgia universal, tanto desde una perspectiva formal como de contenido. Aparte de la obra mencionada, también se han estrenado en nuestro país El gorro de cascabeles, La vida que te di, Enrique IV, Como tú me quieras, Lazzaro, El hombre, la bestia y la virtud.

Nació el 28 de junio de 1867, en la ciudad siciliana de Agrigento. Sus padres pertenecían a la burguesía comercial (familia acomodada): “Del padre hereda la franqueza incontenible y de la madre, su inclinación al retraimiento meditativo” (José María Monner). En su misma ciudad termina su educación primaria y secundaria, y luego se dirige a Palermo para seguir estudios humanísticos. Por esos años, a causa de su interés por los estudios de filosofía y literatura, frecuenta también las universidades de Roma y Bonn. En 1889, en Palermo, publica su primer libro de versos (Mal jocundo), al que se agrega, al año siguiente, un segundo libro de versos (Pascua de Gea). También comienza a incursionar en la narrativa con la publicación de su primera novela en 1893 (La exclusa), de su primer libro de cuentos en 1894 (Amores sin amor), de su segunda novela en 1895 (El turno). Esta producción, complementada con nuevas novelas y cuentos, tiene su punto alto con su creación dramática, que desde 1910 hasta su muerte va a ser continua y resultante de una incesante laboriosidad. En 1925 asume la dirección del Teatro de Arte de Roma. Con este teatro partirá a Londres, a París, a Alemania (visita veinte ciudades) y, luego, a otras capitales europeas, con un éxito grandioso. En noviembre de 1934, la Academia Sueca le otorga el Premio Nobel de Literatura. Esto indudablemente dio lugar a que sus obras se representaran en todo el mundo. Casi al final de la filmación de una nueva versión cinematográfica de El difunto Matías Pascal (1936), se enferma de pulmonía y muere en su casa el 10 de diciembre de ese mismo año.

CONTEXTO HISTÓRICO-CULTURAL

Los casi cincuenta años de producción literaria de Luigi Pirandello no representan un fenómeno que se pueda constatar como un hecho aislado. Hay que contextualizarlo en relación con el escenario histórico y social, y con la realidad artística. Con respecto a lo primero, la Primera Guerra Mundial (1914-1919) deja en el mundo “huellas” difíciles de borrar: la Revolución Rusa, la Gran depresión de 1929, la consolidación de los estados alemán e italiano, son hechos derivados de este proceso. Por ejemplo, a causa de la inestabilidad política, social y económica de Italia, después de la Primera Guerra Mundial nace el movimiento fascista. Los fascios eran ultranacionalistas, se oponían a la lucha de clases y eran partidarios de un Estado jerárquico y corporativo. Tienen a Benito Mussolini como su conductor (“Duce”). La manifiesta adhesión de Pirandello al fascismo no condicionó, por suerte, su obra de escritor. En relación con lo segundo, el escritor vive la vigencia del llamado naturalismo (siglo XIX) y del movimiento vanguardista que se comienza a generar en las primeras décadas del siglo XX. En este sentido, es un heredero y un precursor: heredero de una tradición teatral (comedia italiana) y precursor, a partir de Seis personajes en busca de autor, de la dramaturgia universal contemporánea.

Paradójicamente tal vez, Pirandello es uno de los grandes representantes del teatro convencional de la Italia de la posguerra. Sus primeras obras tratan temáticas costumbristas —muchas de ellas con inclusión del dialecto sicialiano—, aunque en estas ya se perfila una preocupación por desenmascarar a unos personajes que “razonan porque sufren”. Por ejemplo, Guerrero Zamora habla de Limones de Sicilia como la “triste y un tanto grotesca historia del músico Micuccio Bonavino, alelado rural y casi celeste que se viene del pueblo a casarse”; de La patente, como “la ignorancia supersticiosa tan corriente en la Italia meridional”, de El otro hijo, como “fresco que predice el neorrealismo mísero propulsado por la cinematografía más reciente, cuadro de viejas consumidas por el sol”; de La tinaja, como “sana pintura de riente cazurrería popular”; de La romería del Señor de la Nave, como “nuevo fresco rural de romería contrastada”; de Liola, como el “exponente máximo del regionalismo pirandelliano”. El segundo momento se soporta en la dialéctica del “formarse de la verdad o, lo que es lo mismo, de la ilusión”, en el contraste entre la vida y la invención (la vida como eterno fluir y el arte como forma definitivamente fijada). Aparte de su obra paradigmática, Seis personajes en busca de autor (a la cual nos referiremos más detalladamente), hallamos otros ejemplos en Cada uno a su modo, donde, al decir de D’Amico, “acaba por demostrar no solo que cada ser vive de ilusión, sino también que la relativa estabilidad de tal ilusión es imposible”, y en Enrique IV, donde el protagonista “debe seguir representando, también conscientemente, su papel de loco, disfrazándose con la máscara de Enrique IV, emperador de Alemania, rol ya perfecto, definitivo, fijado por la historia, para él menos ilusoria, más real que intentar asistir con los demás al mísero banquete de la inútil vida”. A estas obras, podemos agregar La vida que te di y Esta noche se improvisa. Teatro del conocimiento, teatro del espejo, “teatro en el teatro”, teatro de la máscara y la ilusión: distintas categorías que se complementan en una obra lúcida y, a su vez, crítica.

SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR

Seis personajes en busca de autor es una comedia que no tiene actos ni escenas. En el fondo, a partir de un acercamiento al mundo teatral (“teatro dentro del teatro”), donde se interrelacionan los Personajes de la “comedia por hacer” y los de la compañía, en un espacio y tiempo subjetivos, existe una preocupación por develar el sentido último de la creación (la autonomía de los seres ficticios) y, por consiguiente, el sentido último de la existencia; al respecto, este asunto no es nuevo en la literatura universal, cuando Pirandello escribe Seis personajes en busca de autor. Ni tampoco se ha dejado de escribir sobre ello. Valga el ejemplo de la novela (nivola) Niebla, de Miguel de Unamuno, donde el personaje protagónico, Augusto Pérez, se “rebela” al autor.

La temática general de esta obra pirandelliana —a juicio del profesor Radoslav Ivelic— trata “del profundo choque entre el ser y el conocer, entre lo que el hombre conoce y lo que las cosas son en realidad. Y una de esas cosas que conoce, o trata de conocer, es su propio yo y el de los demás”. A partir de lo anterior, podemos establecer una serie de motivos que, en forma paralela, y a veces contradictoria, se hacen presentes en Seis personajes en busca de autor: naturaleza de la realidad y de la ilusión; el porqué de los papeles y máscaras que conscientemente adoptan los hombres; dificultad de alcanzar la verdad; dinamismo continuo: nuestro yo está compuesto de varios yo; idealismo: la realidad es como cada uno la ve o la hace; lo filosófico en función de lo dramático; el arte como única realidad (la vida como una ilusión); existencia autónoma de los personajes dramáticos; rivalidad entre los Personajes y los actores (estos últimos, al imitar la historia, la deforman) y entre los mismos Personajes (odios, rencores…). Esta temática del ser y del conocer, de la realidad y de las apariencias, tiene su concreción fundamental en lo que ha sido llamado el “teatro del espejo”. Pirandelo afirma: “Mientras un hombre vive, vive y no se ve a sí mismo. Bien, pon un espejo frente a él y hazle verse a sí mismo en el acto de vivir. O bien se asombra de su propia apariencia, o aparta la vista para no verse, o escupe irritado a su imagen o alza el puño para quebrar el espejo. En una palabra, surge una crisis, y esta crisis es mi teatro”.

“VERSE VIVIR A SÍ MISMO”

El espejo entra en sus obras como sinónimo de “verse vivir a sí mismo”. Temática, en definitiva, que nos presenta el conflicto entre lo que el hombre conoce (o cree conocer) y lo que las cosas (y él mismo) son en la realidad. Así, en forma figurada, los Personajes se convierten en espejos para sí mismos o para los demás. En otra de sus obras, Enrique IV, el consejero secreto, Landolfo, le dice a Bertoldo: “Yo no hago más que interpretar. Pero creo que, en el fondo, estoy en lo cierto. Son imágenes. Imágenes como… como te las podría devolver un espejo (…). Si te ponen ante un espejo, ¿acaso no te ves vivo, actual, aunque estés vestido así, con ropas antiguas? Y bien, aquí es como si hubiese dos espejos que devuelven imágenes vivas, en medio de un mundo que, descuida, viviendo entre nosotros, ya verás cómo se anima y aviva”. En diversos momentos, en Seis personajes en busca de autor, se manifiesta o se insinúa el motivo del espejo. El Hijo al Director: “¿Pero todavía no ha comprendido usted que esta comedia no puede representarla? Nosotros no estamos con usted y sus actores nos miran desde fuera. ¿Usted cree posible que se viva ante un espejo, que además, no contento con helarnos al reflejar la imagen de nuestra expresión, nos da como una mueca irreconocible de nosotros mismos?”.

UN LLAMADO DE ATENCIÓN AL HOMBRE CONTEMPORÁNEO

La aparición de Pirandello no solo constituye un acontecimiento significativo en la historia del teatro italiano del siglo XX, sino que también en la historia del teatro universal. Un teatro que, en un momento determinado, rompe barreras espaciotemporales y que es un llamado de atención, en un momento muy crucial de la historia, al hombre contemporáneo: casos como Ubú rey, de Alfred Jarry; como Casa de muñecas, de Enrique Ibsen; como el teatro social de Arthur Miller; como el teatro épico de Bertolt Brecht, por nombrar algunos ejemplos, dan testimonio de un arte que se renueva tanto en la forma como en sus contenidos.

Finalmente, unas palabras de Silvio D’Amico, que redondean la idea anterior: “El mundo europeo de los primeros años de posguerra, el mundo agotado por el esfuerzo del terrible acontecimiento que había ensangrentado a la humanidad, halló en la obra de Pirandello la expresión de la angustia, de la ruina espiritual en que se hallaba sumido. De aquí la gran conquista que le debemos, la de haber vuelto a introducir en el teatro italiano las grandes corrientes de la vida espiritual de Europa, al punto de gravitar con hondo influjo en el arte de los más diversos países”.

______________________
Fuente: Revista Mensaje

Doctor en Literatura. Escribe habitualmente en Revista Mensaje.

Leave a Reply

  • (not be published)