México: A morir, la lucha por el poder

No te dejes seducir por la propaganda, ni por las encuestas. Reflexiona, dialoga con tus cercanos, ora al Espíritu Santo, y decide por el bien del país.

Felipe Arizmendi Esquivel

20 junio, 2018, 1:15 pm
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¡Cómo se atacan los candidatos a puestos públicos, sobre todo los presidenciables! Tanto en los debates como en los spots publicitarios, se tiran a morir; quisieran desaparecer a los otros de la contienda, o al menos desdibujarlos para no dejarles opción de triunfo. En vez de valorar lo bueno que los demás puedan aportar al país con sus propuestas, descalifican todo lo que hagan o digan. Dicen que los otros son lo peor y que le iría muy mal al país si triunfan.

Por otra parte, son muy preocupantes los casos de candidatos que han sido asesinados, sea por intrigas internas de los partidos, sea porque se negaron a colaborar con narcos y con grupos criminales. Otros han renunciado a la posibilidad de seguir en la contienda electoral, por las mismas razones. Les han amenazado, a ellos y a sus familias, y prefieren no exponerse.

Ha habido casos en que esos grupos mafiosos exigen puestos en los futuros gobiernos, o unas cuotas mensuales que habrían de salir del erario público, como condición para dejarlos seguir en sus campañas. Pareciera que esos grupos dominan el escenario público, y por tanto también las elecciones. Solo les importa el dinero por encima de todo, también por encima de sus conciencias, que han sido narcotizadas. No les importa ni su vida, ni su familia, ni el bien de la comunidad, sino solo sus intereses económicos. El dinero del narco corrompe la democracia y todo lo que toca.

Pensar

El Papa Francisco, en su reciente exhortación Gaudete et exsultate, dice que la santidad consiste, básicamente, en vivir las bienaventuranzas propuestas por Jesús en el capítulo 5 del Evangelio de Mateo. Y comenta sobre dos de ellas:

“Felices los mansos, porque heredarán la tierra. Es una expresión fuerte, en este mundo que desde el inicio es un lugar de enemistad, donde se riñe por doquier, donde por todos lados hay odio, donde constantemente clasificamos a los demás por sus ideas, por sus costumbres, y hasta por su forma de hablar o de vestir. En definitiva, es el reino del orgullo y de la vanidad, donde cada uno se cree con el derecho de alzarse por encima de los otros. Sin embargo, aunque parezca imposible, Jesús propone otro estilo: la mansedumbre. Es lo que él practicaba con sus propios discípulos y lo que contemplamos en su entrada a Jerusalén: «Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un burrito» (Mt 21,5; cf. Za 9,9).

Él dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles.

Pablo menciona la mansedumbre como un fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,23). Propone que «si alguna vez nos preocupan las malas acciones del hermano, nos acerquemos a corregirle, pero con espíritu de mansedumbre» (Ga 6,1), y recuerda: «Piensa que también tú puedes ser tentado» (ibíd.). Aun cuando uno defienda su fe y sus convicciones, debe hacerlo con mansedumbre (cf. 1 P 3,16), y hasta los adversarios deben ser tratados con mansedumbre (cf. 2 Tm 2,25). En la Iglesia muchas veces nos hemos equivocado por no haber acogido este pedido de la Palabra divina.

Alguien podría objetar: «Si yo soy tan manso, pensarán que soy un necio, que soy tonto o débil». Tal vez sea así, pero dejemos que los demás piensen esto. Es mejor ser siempre mansos, y se cumplirán nuestros mayores anhelos: los mansos «poseerán la tierra», es decir, verán cumplidas en sus vidas las promesas de Dios. Porque los mansos, más allá de lo que digan las circunstancias, esperan en el Señor, y los que esperan en el Señor poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz (cf. Sal 37,9.11). Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad” (Nos. 71-74).

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados». La justicia que propone Jesús no es como la que para otro. La realidad nos muestra qué fácil es entrar en las pandillas de la corrupción, formar parte de esa política cotidiana del «doy para que me den», donde todo es negocio. Y cuánta gente sufre por las injusticias, cuántos se quedan observando impotentes cómo los demás se turnan para repartirse la torta de la vida. Algunos desisten de luchar por la verdadera justicia, y optan por subirse al carro del vencedor. Eso no tiene nada que ver con el hambre y la sed de justicia que Jesús elogia. Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad” (No. 78, 79).

Actuar

Analiza quién de los candidatos vive y actúa conforme a estos criterios evangélicos. No te dejes seducir por la propaganda, ni por las encuestas. Reflexiona, dialoga con tus cercanos, ora al Espíritu Santo, y decide por el bien del país.

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Fuente: https://es.zenit.org

Obispo de San Cristóbal de Las Casas.