Mi experiencia como ex refugiado

El orador Taban Patrick Consantino sj habla de su experiencia como joven refugiado en Uganda, de su camino hasta convertirse en sacerdote jesuita y de su vocación para abogar por los derechos de los marginados.

Servicio Jesuita a Refugiados

23 junio, 2020, 4:44 pm
8 mins

Me llamo Taban Patrick Consantino sj. Nací en Sudán del Sur en 1987. Crecí en el campamento de refugiados de Magburu, Adjumani, Uganda. Tengo dos hermanos y dos hermanas. Mis padres y hermanos, que fueron repatriados a Sudán del Sur en 2008, se vieron obligados, de nuevo, a huir en 2016. Actualmente, viven en diferentes campamentos de refugiados en Uganda.

El nombre «Taban» es una palabra árabe que significa «cansado». Aunque me pusieron este nombre por las experiencias de la guerra, también refleja las experiencias posteriores en los campamentos de refugiados. He vivido y escuchado muchas historias de lo que significa crecer siendo un refugiado. Estar cansado es una forma de verlo. Para mí, es importante explorar otras perspectivas, para destacar no solo los aspectos negativos de la experiencia, sino también la posibilidad de superar las dificultades y la amargura.

Mi visión del mundo, mientras crecía en un campamento de refugiados, estaba cargada de negatividad: impotencia, hambre, sed, desnudez, soledad, odio, etc. Pero hubo un momento en que comencé a ver que, aunque me encontraba en una situación que nadie querría, no estaba condenado a ello. Con el tiempo, la esperanza aumentó cuando empecé a reconocer las bendiciones y oportunidades que tenía ante mí incluso en esa situación.

A menudo recuerdo los momentos de falta de comida, ropa y otras necesidades básicas. Ahora, cuando veo a niñas y niños que crecen en una situación similar, no puedo evitar el deseo de escucharles y ofrecerles lo que esté en mi mano para ayudarles. Tras estar allí, me resulta fácil conectar con sus carencias y su sensación de desamparo.

En el campamento de refugiados, lo más importante eran las necesidades inmediatas, y para mí, la educación no lo era. Fue mi madre quien me enseñó a ver la educación como una prioridad. Cuando tenía siete años, me llevó a una guardería. El primer día me sorprendió: canté y me dieron cereales con azúcar para el desayuno. Pero esto no tenía sentido para mí. Así que al día siguiente, le dije a mi mamá que no quería ir a la guardería. Después, mi madre me llevó a la escuela de primaria, donde no necesitaba un certificado de admisión. Para entrar, solo debía conseguir pasar mi brazo derecho sobre mi cabeza y tocar con la mano mi oreja izquierda. Aunque no superé esta prueba, fui admitido. No había aulas. Las clases se impartían a la sombra de los árboles y escribía sobre la tierra. Aún no le encontraba el sentido a aquello, así que le pedí a mi madre que se sentara conmigo mientras estaba en clase, o de lo contrario volvería a casa con ella.

El drama infantil continuó hasta que un día mi madre me sorprendió con una pregunta que cambió mi vida para siempre. Me preguntó: «Hijo mío, ¿qué quieres de la vida?» Le respondí: «Mamá, quiero que me compres un perro, un radiocasete y una motocicleta». Ella me miró, sonrió y dijo: «Hijo, te compraré un perro y un radiocasete». Feliz a medias, le pregunté: «¿Y qué pasa con la motocicleta?». Ella respondió: «Tú te comprarás la motocicleta». Sorprendido le pregunté: «¿Cómo puedo comprar la motocicleta si solo soy un niño?». A lo que contestó: «Podrás comprarla solo si vas a la escuela». Luego, al día siguiente, cumplió su promesa y me compró un perro y un radiocasete y luego me dijo que cumpliera mi parte yendo al colegio. Poco después, me encantaba ir a la escuela. Trabajé muy duro para tener buenas notas en la escuela con el objetivo de comprar una motocicleta. Mi madre vio y me enseñó la importancia de la educación para romper el círculo de la pobreza y hacer realidad los sueños.

Mi camino de vocación sacerdotal jesuita comenzó cuando empecé a conocer la fe católica en el campamento. Después de mi bautismo, asumí un papel activo como monaguillo y miembro del coro. Esta experiencia me acercó a los jesuitas que trabajaban con el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) ofreciendo servicios pastorales a los refugiados. Su ministerio y ejemplo despertaron mi deseo precoz de ser sacerdote. Más tarde, entré en el Seminario Menor.

Tras completar mi nivel ordinario, tuve el privilegio de conseguir el apoyo del JRS para completar mis estudios superiores a la vez que trabajaba con ellos. Esta experiencia me permitió ver cómo sufrían los refugiados y cómo el JRS les apoyaba en educación y a ser autosuficientes. Comencé a considerar la vida de los jesuitas como una posibilidad de tener un impacto en la vida de los demás.

Me uní a los jesuitas en 2010, y, hasta ahora, este camino de formación me ha llevado a Tanzania, India, Etiopía, Kenia y, en estos momentos, a Roma, donde curso mi licenciatura en ciencias sociales. Para las niñas y los niños refugiados es difícil de imaginar un camino así; muchos de ellos, por falta de apoyo, quedan atrapados en el círculo de la pobreza y la desesperación.

Pero la buena noticia es que yo puedo hacer una cosa. Puedo ser una bendición incidiendo públicamente, uniéndome a un evento, apoyando iniciativas de negocio de refugiados, rezando y haciendo donaciones. Puedo involucrarme en lo que hace el JRS para transformar la vida de muchos refugiados mientras los acompañan y sirven, y defender sus derechos. El JRS ha sido una gran parte de mi historia y de muchas otras historias como esta.

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Fuente: https://jrs.net/es

El Servicio Jesuita a Refugiados es una organización católica internacional que trabaja en más de 50 países, con la misión de acompañar, servir y defender los derechos de los refugiados y desplazados forzosos.