Revista Mensaje N° 698: «La sabiduría emocional de Ignacio de Loyola»

Él supo entender las emociones con profundidad y nos puso desafíos para comprender el mundo de estas. En las líneas siguientes, nos acercamos a ellas con la vista puesta en la espiritualidad ignaciana.

Sebastián Kaufmann Salinas

19 mayo, 2021, 12:05 pm
22 mins

El estudio de las emociones humanas se ha puesto en boga en nuestros días. Por mucho tiempo, se consideró que las emociones correspondían a la parte más “animal” del ser humano y, por lo tanto, eran miradas con cierto desdén. Su destino, idealmente, era que estuvieran bajo control de la razón, en una idea platónica del ser humano. Hoy, en cambio, reconocemos la importancia de las emociones tanto para la política (1) como para la vida personal.

En estas líneas, valoramos el aporte de Ignacio de Loyola al tema de las emociones en diálogo con la visión actual de ellas. Un primer paso es clarificar qué entenderemos por emociones.

EL MUNDO EMOCIONAL

Las emociones se pueden entender en sentido estricto y en sentido amplio. En sentido estricto, son reacciones cuasi fisiológicas ante estímulos del medio. La RAE define a la emoción como una “alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática”. En este sentido restrictivo, se suele afirmar que las emociones son un conjunto acotado y finito. Por ejemplo, Paul Ekman identifica como emociones básicas transculturales la alegría, la tristeza, la angustia, la ira, la sorpresa, el miedo, el asco y el desprecio (2).

Pero, en sentido amplio, más cercano de cuando hablamos de “mundo emocional”, las emociones cubren un ámbito amplio de sentimientos, estados emocionales y afectos. De alguna manera, tienen que ver con la sensibilidad humana, con todo ese mundo que no es estrictamente racional y que afecta cómo nos “sentimos”. Cuando hablamos de la contribución de Ignacio a la sabiduría emocional, me refiero a esta idea más amplia de las emociones.

CONVERTIDO POR LA ALEGRÍA

Las emociones ocupan un lugar central en Ignacio de Loyola desde el momento mismo de su conversión. Como relata Ignacio, en su reposo en su casa natal, después de haber sido herido en Pamplona, se dio cuenta de lo que podríamos llamar una “diferencia emocional” entre dos emociones primordiales, una que advenía cuando pensaba en las cosas “del mundo”, y otra emoción que se le suscitaba cuando pensaba en imitar la vida de los santos. En el primer caso, quedaba “seco y descontento”. En el segundo, cuando pensaba “en las cosas de Dios”, quedaba alegre y en paz. De ahí desarrolla en los Ejercicios Espirituales lo que entiende por consolación y desolación (ver recuadro).

La consolación le permite “gustar” de lo de Dios y al mismo tiempo le da la clave hermenéutica para identificar a la acción de Dios en su vida, pues se da cuenta de que esa emoción es causada por pensamientos propios del buen espíritu y la desolación es causada por pensamientos suscitados en general por el mal espíritu. Aunque esta distinción después se complejiza, da un marco para comprender su valoración del mundo emocional (en los Ejercicios dirá que también de alguna manera el mal espíritu puede consolar y el buen espíritu permitir cierta desolación, pero la “verdadera consolación” solo la puede provocar el buen espíritu).

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Vicerrector de Integración UAH; Abogado y Doctor en Filosofía.