Revista Mensaje N° 701: «Lecciones de Afganistán»

El despliegue militar y político estadounidense de veinte años no fue suficiente para estabilizar un país marcado por tensiones tribales, altos niveles de pobreza y la gestión de una teocracia misógina y retrograda.

Se sabe cómo empiezan las guerras pero no se sabe cómo terminarán, reza un viejo decir. Es una máxima que debió tornarse recurrente para Donald Rumsfeld tras veinte años de conflicto continuo. En su condición de ministro de Defensa del presidente George Bush, Rumsfeld impulsó los ataques de Estados Unidos contra Afganistán en octubre del 2001 y luego contra Irak, en marzo del 2003, para culminar este último conflicto en diciembre del 2011. La intervención militar estadounidense en Kabul concluirá, formalmente, el 11 de septiembre de este año. En los hechos, terminó con la evacuación de la estratégica base aérea de Bagram, en las afueras de la capital afgana. En forma creciente, las fuerzas estadounidenses habían restringido sus operaciones a vuelos tanto de aviones como de drones. Rumsfeld no pudo participar en las ceremonias recordatorias de sus 2.312 compatriotas uniformados muertos en tierras afganas. Él, un gran instigador de ambas guerras, falleció el 21 de junio pasado.

En lo que toca al futuro de Kabul, lo único claro es la partida de las tropas de los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), encabezadas por Washington. Aparte del retiro de los uniformados, también abandonan el país unos 17 mil empleados civiles contratados por empresas privadas que realizan servicios diversos en logística, seguridad, cocina y tareas de apoyo. Estos empleados formaron parte de la privatización de prestaciones militares a costos bien inferiores a la de los soldados regulares. Qué ocurrirá ahora es algo que está por verse y que se dirimirá en la lucha entre el gobierno y los insurgentes talibanes. Según algunas estimaciones, los combatientes integristas ya tienen el control efectivo de un tercio del país. A medida que se acerca la fecha de la partida definitiva de las fuerzas occidentales, recrudecen los combates. El estado de ánimo en la Casa Blanca fue resumido por el presidente Joe Biden. Al ser consultado por periodistas por el retiro de sus tropas replicó: “Hombre, quiero hablar sobre cosas más alegres”.

La pregunta clave tras cada guerra es quién la ganó. La respuesta depende de los objetivos de cada uno de sus protagonistas. La intervención militar en Afganistán, la guerra más larga de la historia estadounidense, comenzó pocos días después de los fatídicos ataques de Al Qaeda. contra las Torres Gemelas y el Pentágono. La responsabilidad por la agresión fue asumida por Osama bin Laden. En consecuencia, Washington dio un ultimátum al gobierno talibán para que le entregase a instigadores y responsables del ataque. Bin Laden tuvo un rol clave en la lucha contra los invasores soviéticos, lo que le aseguraba un sólido respaldo de los talibanes ante la exigencia estadounidense. Kabul rechazó de plano entregar a su huésped lo que, como anticipado, precipitó el ataque contra la nación asiática. La rapidez de la respuesta bélica era proporcional al profundo impacto causado por la agresión. Al calor de la emoción, sin meditarlo mayormente, la primera potencia militar consideró casi un trámite desbancar a los perpetradores del peor ataque contra su territorio continental.

La ofensiva contra Kabul planteaba grandes desafíos para Washington. Un primer obstáculo era la distancia. Pero los estrategas del Pentágono partieron de la premisa de que la lejanía del enemigo no era un problema mayor. Para efectos bélicos, la distancia era un dato secundario. A fin de cuentas, Estados Unidos había trabajado bajo la consigna de su fuerza aérea: “Poder global, alcance global”. Los bombarderos estratégicos, en combinación con la aviación táctica desde portaaviones, complementados por misiles crucero, pueden alcanzar con contundencia cualquier punto del planeta. Claro que, lo contrario, también es cierto: unos cuantos terroristas con precarios medios pueden cruzar el globo y golpear a voluntad.

Varios teóricos militares señalaron las dificultades que enfrentaría un ejército para dominar a un enemigo local bien atrincherado en un terreno montañoso. Para obviar esta dificultad y contar con la indispensable infantería, Washington echó mano a tropas nativas agrupadas en la Alianza del Norte. Esta consistía en una variedad de grupos de muyahidines que combatieron contra la invasión soviética, en su mayoría integrada por uzbekos y taiyikos que gobernaron el país entre 1992 y 1996. La pésima gestión amén de la corrupción, que aumentó el contrabando y el narcotráfico en la región, culminaron con su derrota a manos de los talibanes, que los forzaron a replegarse al norte del país.

El mayor problema para el Pentágono, sin embargo, fue el abismo cultural entre los atacantes occidentales y la población afgana. ¿Cómo operar en un país fragmentado por divisiones étnicas? ¿Cómo obtener información e inteligencia confiables en un país donde se hablan decenas de dialectos? Y, más importante aún, ¿cómo llevar adelante una guerra sicológica contra mentes que piensan tan distinto y corazones que laten a otros ritmos? Una cuestión clave: en última instancia, en todo conflicto la moral o voluntad de lucha de la población y los combatientes es un factor decisivo. Los ejemplos de los desaciertos norteamericanos en el campo de la propaganda quedaron estampados en millares de volantes lanzados sobre Afganistán. En ellos se advertía que el país sería atacado por “aire, mar y tierra”. ¿Mar? Los afganos ignoraban que su país, mediterráneo, estuviese bañado por agua salada. Ni hablar de la utilización de las censuradas bombas de racimo, cuya submunición o bomblets es de color amarillo, el mismo de los paquetes con alimentos que fueron arrojados desde el aire, tal como las bombas. Para prevenir confusiones lamentables, debieron distribuirse aún más volantes, con la siguiente advertencia: “Por favor, tengan mucho cuidado cuando encuentren objetos amarillos no identificados en áreas bombardeadas”. Cortesía que frisa en lo macabro en un país con más de 70 por ciento de analfabetismo, donde, además, se habían clausurado las escuelas para toda la población femenina.

A favor de los atacantes, en el ámbito psicológico gravitó un factor inesperado: el bombardeo sistemático, también llamado de “alfombra”, a una altura inalcanzable para la artillería antiaérea, rompió el esquema de combate de los talibanes. Los fundamentalistas esperaban ver a sus enemigos cara a cara para medir su temple. Contaban con tomar prisioneros para degollarlos y desmembrarlos, como lo hicieron con centenares de rusos, aterrorizando a sus camaradas de armas. Pero en dos meses de bombardeos los talibanes no vieron una sola cabellera rubia. La perspectiva de que recibir un castigo en la más absoluta impotencia por tiempo indefinido erosionó la moral de los defensores.

Los pilotos navales inauguraron una técnica de ataque táctico que se revelaría devastadora. Se trató del empleo conjunto de drones que vuelan a baja altura y unidades pilotadas que se desplazan sobre los cinco mil metros. Los drones, exploran y filman todo lo que encuentran a su paso. Apenas detectan un objetivo transmiten sus coordenadas —“en tiempo real”, como dicen en la jerga técnica— a los aviones de combate táctico que circundan la zona. Estos descargaban un misil en cuestión de segundos.

El Pentágono exhibió un clip extraordinario que mostraba el disparo de un lanzagranadas talibán. Aún no se ha desvanecido la estela del proyectil cuando ya un misil impacta en el mero punto de donde provino el tiro. Este lapso de lo que los americanos llaman sensor to shooter (“del sensor al gatillo”) era de pocos minutos en la guerra de Kosovo; en Afganistán se redujo a unos segundos. Hoy, sensor y gatillo están integrados.

Los bombardeos norteamericanos inhibieron los desplazamientos de los talibanes y, de este modo, sus adversarios pudieron moverse con mayor libertad. En el terreno no hubo grandes batallas. Una tras otra, las ciudades, incluidas Kabul y la emblemática Kandahar, fueron abandonadas por sus ocupantes y tomadas por la Alianza del Norte tras algunas escaramuzas.

Finalmente, la clave de la derrota de los talibanes hay que buscarla en ellos mismos. Su mentalidad sectaria y consiguiente odiosidad hacia vastos sectores de conciudadanos resultan difíciles de igualar. Si alguien alguna vez mereció el calificativo de fundamentalista, en un sentido literal, es el mulá Mohamed Omar, el líder espiritual talibán, quien declaró que su meta era: “Recrear los tiempos del profeta (…) Queremos vivir la vida como la vivió el profeta hace 1400 años”. Los mulás exhiben una misoginia que Omar expresa de manera descarnada: “Por su naturaleza, la mujer es un ser débil y vulnerable a la tentación (…) Una mujer que deja su casa para ir a trabajar, en forma inevitable tomará contacto con hombres extraños. Y, como lo muestra la experiencia en los países occidentales, este es el primer paso hacia la prostitución”.

EL RETORNO TALIBÁN

Pese a la galopante derrota inicial, los talibanes lograron sobrevivir. Muchos de sus prisioneros fueron asesinados por sus captores. Otros fueron trasladados a la prisión de Guantánamo, donde algunos aún languidecen tras las rejas. La incompetencia y los niveles inauditos de corrupción del gobierno afgano dejaron espacio para la reconstitución de los insurgentes. Un ejemplo del abuso de las instituciones quedó a la vista en el ejército afgano, que llegó a contar con más de un millar de generales. Las regiones, cual feudos, siguieron gobernadas por los tradicionales señores de la guerra, ahora presentados como respetables funcionarios estatales. En los hechos, estaban al servicio de respectivos clanes.

Según Naciones Unidas, Afganistán mantuvo un alto nivel de producción de uno de sus principales productos de exportación: el opio, que le reportó 355 millones de dólares Pese la guerra, en 2020 la producción aumentó en 37 por ciento en relación al año anterior, con un total estimado de 6.300 toneladas de opio. Los cultivos de amapolas alcanzaron las 224 mil hectáreas. Uno de los niveles más altos desde que se tienen registros. Pese a que Washington destinó más de dos trillones de dólares a financiar la guerra, deja al país tan pobre como estaba a su arribo.

Estados Unidos se retira amenazado por una teocracia misógina y retrógrada. Los niveles de inseguridad aumentan conforme se libran nuevas batallas por el control de los territorios. La derrota sufrida por Washington consolidará el mote de Afganistán como “el cementerio de los imperios”. A fin de cuentas, los antiguos griegos, mongoles, británicos y soviéticos fueron obligados a evacuar el país después de regar con sangre su altiplano. Pero, como es sabido, en política internacional no existe el vacío. La derrota de uno puede ser la amenaza o la oportunidad para otro. Por lo pronto, China, que tiene frontera con Afganistán, observa con cierto nerviosismo la posibilidad de un Estado controlado por islamistas militantes. Beijing ha declarado una política de “no interferencia” en los asuntos afganos, aunque en su momento China cooperó en la esfera de inteligencia con Estados Unidos en la campaña por desalojar a los soviéticos del país. Hoy Beijing y Moscú comparten una misma preocupación frente a un islamismo militante que irradie una ideología de autonomismo islámico a las vastas regiones del sur de Rusia, donde habita una importante población musulmana. China, por su parte, enfrenta una situación compleja en su provincia de Xinjiang, donde es acusada de severas violaciones a los derechos humanos de su población musulmana. Beijing ha mostrado gran discreción sobre sus relaciones con Kabul. China, en todo caso, mantiene contactos con los talibanes y les habría manifestado que está disponible para contribuir a la reconstrucción del país. Es la vía más eficaz para neutralizar la vocación mesiánica de un movimiento cuyo solo nombre es sinónimo de radicalismo. Como en su momento Estados Unidos, también China vehicularía su ayuda con la cooperación de Paquistán, que tiene un ascendiente sobre los talibanes originarios de las madrazas paquistaníes. India, por cierto, sigue muy de cerca los desarrollos políticos y militares que alteran la ecuación de poder regional. Así se configura un nuevo rompecabezas en una zona que camina a casi medio siglo de conflictos armados. MSJ

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Fuente: Comentario Internacional publicado en Revista Mensaje N° 701, agosto de 2021.

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