Revista Mensaje N° 700. «Ignacio de Loyola: De las heridas a la conversión»

Nos quedamos desafiados por san Ignacio, este hombre herido en muchas dimensiones que nos sigue movilizando hoy, ayudándonos a ser capaces de reconocer, acoger y sanar nuestras heridas

La vida de Ignacio fue un verdadero peregrinaje, físico y espiritual, en cuyo recorrido podemos reconocer los dolores sufridos a lo largo de ella. Se puede decir que fue un hombre herido. Sus heridas se transformaron en sus compañeras de viaje, y también en un factor fundamental en su crecimiento espiritual y en su proceso de conversión.

Sufrió heridas en su cuerpo, sentimientos y deseos, pero vive un proceso de sanación y conversión que lo fue humanizando y también lo fue llevando a buscar la humanización de su entorno. Las heridas son inherentes a nuestra condición humana, por lo tanto, no estamos exentos ni podemos escapar de ellas. Tampoco Ignacio lo estuvo.

¡Quién no está marcado por alguna herida, alguna experiencia difícil que nos hace sentirnos cercanos, identificados con el camino de sanación de sus heridas vivido por san Ignacio!

Ignacio va haciendo un proceso de acercamiento a sus heridas: las reconoce, acoge y hace de ellas un medio para ordenarse internamente para más amar y servir.

Es interesante pensar cómo él se acercó a ellas y lo que hizo con lo que le sucedía. Las heridas siempre causan dolor, nos pueden paralizar, llevarnos a un sinsentido. También tienen una consecuencia en nuestras vidas: a veces nos frustran proyectos y deseos, pero también nos pueden impulsar a situaciones inesperadas.

Poder vivir las heridas con sentido y hondura es una gracia, es una manifestación de Dios que puede abrirnos a nuevos horizontes. ¿Cómo estamos viviendo nuestras heridas? Es la pregunta que nos nace.

ALGUNAS HERIDAS DE IGNACIO

Para Ignacio, la bala de cañón que lo hirió mientras defendía la fortaleza de Pamplona, fue el inicio de un cambio radical en la orientación de su vida, marca un antes y un después en ella. El dolor y el sufrimiento estuvieron presentes en toda su vida, desde la muerte de su madre en su temprana infancia.

Su frágil y delicada salud fue también una fuente de dolor y menoscabo que lo acompañó durante toda su vida.

Su época de juventud la vive entre Arévalo y Navarra, vida cortesana cimentada en el honor y la vanagloria. Vive centrado sobre sí mismo, en su valer. En esta etapa su orgullo y vanidad sufren un primer golpe, desarrolla una rinitis alérgica que no lo hace presentable en los grandes salones, donde siempre esperaba una adulación a su prestancia. Sumido en la humillación piensa en esconderse en un monasterio o huir al desierto.

Ignacio, centrado en el «vano deseo de ganar honra», se ve obligado a pasar un largo tiempo de convalecencia en su casa natal en Loyola, debido a las heridas sufridas por una bala de cañón, en la derrota sufrida en la batalla de Pamplona, que le quebró sus piernas. Fueron nueve meses de confinamiento. Herido físicamente, postrado sin poder caminar, soporta varias operaciones con el deseo de recuperar su físico. En absoluta soledad, acompañado solo por su cuñada Magdalena y algunos libros de santos y de la vida de Cristo que le pueden ofrecer, vive momentos de mucho sufrimiento físico. Lo soporta con paciencia, sin sospechar que una cojera lo acompañará toda su vida, le afeará su apariencia y le producirá grandes dolores.

Esa bala no solo quebró sus piernas, no solo quebrantó su salud corporal, sino que produjo una fragilidad, una indefensión profunda en su vida. Sintió la cercanía del dolor y de la muerte. Herido profundamente su orgullo, sus deseos de gloria y reconocimiento se transformaron en derrota y menosprecio. Partió buscando la gloria y volvió sumido en la humillación. Sus sueños se le escaparon. Su vida cambió abruptamente. Se mezclaron el dolor físico de su pierna quebrada con el del orgullo herido.

En su convalecencia tocó sus fragilidades, lo invadió una gran incertidumbre en relación con su vida futura. Pero también se le abrió una nueva manera de reconocer la presencia de Dios. Sin darse cuenta, inició un camino de conversión, empezó a dejar atrás al caballero noble».

Al recordar la bala de cañón que hirió a san Ignacio, podemos hacer memoria de momentos fuertes de nuestra vida que nos han provocado grandes dolores, pero que luego de ser asumidos, abrazados e integrados, se convirtieron en medios, instrumentos de los que Dios se valió para hablarnos y llevarnos a grandes cambios.

Las heridas de Ignacio nos invitan a mirar nuestras propias heridas con cariño, a apoyarnos comunitaria y familiarmente, a buscar su sanación.

El Año Ignaciano nos lleva a encontrarnos con la realidad de nuestro interior. MSJ

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Fuente: Artículo publicado en Revista Mensaje N° 700, julio de 2021.

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