Revista Mensaje Nº 696. «Paternidad (I): Superar el patriarcado»

Ni el macho ni el puro proveedor son el padre que andamos buscando. Deseamos una figura más madura, más completa, más integrada.

¿Cómo hablar de paternidad en estos tiempos? ¿Qué proponer? En una de las marchas posteriores al estallido social del 18 de octubre de 2019, se leía en un cartel: “Contra toda autoridad… menos la de mi mamá”. Este texto es un vestigio revelador para nuestro tema. Los padres que tenemos hijas mujeres lo sabemos. Lo que hay en su mirada atenta e inquisitiva no es desvinculación, tampoco es necesariamente desconfianza. Lo que esa mirada transmite principalmente es una pregunta sostenida y una decidida voluntad. “¿Acaso en ti, también, paternidad es patriarcado (1)? No estamos dispuestas a aceptarlo”. En algunos hijos varones también asoma esta decisión. ¿Cómo hablar de paternidad en tiempos de crisis de autoridad y de crítica radical a las conductas macro y micro machistas?

Si nos situamos en el terreno de la Iglesia católica, de sus múltiples y diversas comunidades, hablar de paternidad hoy resulta igualmente difícil. Muchos cristianos reconocen que tal o cual sacerdote ha sido un padre para él o ella: padre de acogida, padre formador, padre espiritual. Cuando la huella es profunda y benéfica, algunos le llaman agradecidamente “pastor”. Sin embargo, esta memoria cordial ha tenido que enfrentarse a otra memoria: yo soy [como] tu padre ha sido también el preámbulo para una violenta y devastadora dominación. Así nos lo muestran los relatos que tenemos del abuso de poder, de conciencia y sexual que han padecido numerosas personas. Caemos en la cuenta, dolorosamente, de las posibilidades ambivalentes de la paternidad. La confianza ha sido ingenua, la necesidad ha sido mucha, la astucia ya lo sabía. De hecho, sabemos que el abuso infantil está bien extendido a lo largo de Chile, y no inusualmente es perpetrado en el seno familiar por figuras paternas (papás, abuelos, tíos, el amigo adulto de la familia).

Si vamos a hablar de paternidad, entonces, es necesario desbrozar el terreno. Comencemos afirmando que paternidad no es patriarcado, que el patriarcado constituye una figura histórica que hoy vemos como un pobre remedo de la paternidad, como algo que es preciso modificar. Ni el macho ni el puro proveedor son el padre que andamos buscando. Deseamos una figura más madura, más completa, más integrada.

UNA FIGURA PATRIARCAL (2)

Una pista que puede ayudarnos a comprender, en parte, los rasgos patriarcales y machistas de nuestra sociedad, es la identificación que se fue gestando entre el padre y el proveedor. Puede mirarse hacia el siglo XIX y el desarrollo de una sociedad industrial y maquinista, cuyo desarrollo en Chile se encuentra sobre todo en los primeros decenios del siglo XX. El fenómeno al que hay que atender es el ascenso del poder del capital como poder organizador de la producción y el desarrollo. Desde antes del siglo XIX, en Europa este proyecto incorporó la idea de las esferas separadas: la producción es mundo masculino, la reproducción es mundo femenino (el ámbito privado, la crianza, el cuidado de los niños, ancianos y enfermos) (3). Lo que se produjo es una división interna del trabajo (producción y reproducción), la cual, en el fondo, ocultó, por una parte, la enorme contribución femenina a la acumulación de capital, dado su aporte en trabajo no remunerado (4), y, por otro lado, también ocultó al ojo masculino la posibilidad de desarrollar una presencia doméstica parental. Ser padre y ser madre, de este modo, lo que incluía ser hombre y ser mujer, se especializó. Por eso, la educación distinguió escuelas masculinas y femeninas. El filósofo español Ortega y Gasset, en la primera mitad del siglo XX, fue lúcidamente crítico de lo que él consideraba un lamentable espectáculo espiritual europeo —la barbarie de la especialización—, pero no tuvo visión para el fenómeno de especialización del que aquí hablamos. Desde dentro costaba apreciarlo, había un punto ciego.

Así, ser papá se especializó en ser proveedor. La paternidad se industrializó, lo que trajo una estandarización de su figura social. El industrialismo masculinizó / des-feminizó la función sustentadora de la familia. Previamente a esta época, puede afirmarse que la función sustentadora no estuvo así de especializada, sino que fue asumida en formas diversas y más flexibles por madres, padres, incluso hijos e hijas. La función sustentadora era más un asunto común, de todos y todas. Lo que pasó es que ahora el imperativo de desarrollo del capital se plasmó en una práctica que no incorporó la perspectiva de la familia y sus necesidades propias. Se la perdió de vista como comunidad generativa de lo social, no se tuvieron en cuenta sus fines intrínsecos. Es verdad que algunas unidades productivas intentaron incluirla de algún modo, formando, no sólo unidades laborales, sino comunidades más amplias, con actividades deportivas, sociales, etc. Pero fueron excepciones que confirmaban la regla. La razón productiva excluyó a la razón familiar (5). Al hacerlo, dejó fuera, no valoró, otras lógicas, necesarias también para el desarrollo: las lógicas improductivas, incluso anti-productivas. Esta identificación cultural entre ser padre y ser proveedor produce hasta hoy sentimientos de vergüenza y culpa en los varones que no pueden proveer, y dificulta el avance de una práctica más flexible y consensuada en el reparto de las tareas familiares.

Ahora bien, si a la división sexual del trabajo (producción/reproducción) agregamos la relación de jerarquía entre lo público y lo privado (es decir, lo femenino sujeto a lo masculino), es sencillo inferir cómo se establece la voluntad masculina del padre como principio organizador, como polo de autoridad familiar y social. De hecho, las fuerzas sociales menos proclives al avance de las formas democráticas modernas afirmaron con decisión, en el ámbito político, los principios de la autoridad, orden y propiedad, entendiéndolos como principios superiores y autónomos respecto de su vinculación y referencia social, pensándolos desde arriba. Todo esto terminó cuajando en un cañamazo cultural: autoridad + paternidad (varón) + producción (capital). De este modo, se “robó la experiencia real de paternidad para sustituirla por un patriarcalismo vacío de paternidad” (6).

Nos preguntamos, por tanto, ¿qué paternidad necesitamos y anhelamos plasmar?

SINGULARIDAD

Pienso que puede afirmarse que la paternidad humana es una singularidad. ¿Qué significa esto? En primer lugar, que algo sea singular significa que no es reducible a otros elementos: puede parecerse a esto o a aquello, pero no es tal cual, es distinto; estos elementos dieron lugar a que apareciera esto, pero esto —lo singular— no se reduce a esos elementos. La singularidad es irreductible a otro fenómeno, es decir, tiene un carácter propio. Resulta necesaria la herramienta teórica de la deconstrucción para el surgimiento de una más genuina paternidad, pero sin llevarla hasta el vaciamiento, precisamente, de su singularidad. La paternidad no es solo un artefacto construido, poliforme y cambiante, una creación humana tardía. Más bien, la paternidad tiene una constitución propia, inalienable, singular, desde que hay seres humanos en el planeta, aunque ella también se plasme históricamente.

Por otro lado, el término singular también expresa que, por así decirlo, entre la paternidad de Juan, de José y de Joaquín no hay identidad meramente unívoca. Los tres son padres, pero cada uno lo es de modo distinto, con sus peculiaridades: la paternidad es, en cada caso, algo singular. En el nacimiento de cada padre acontece una novedad abierta a la creatividad. Esto también vale para las diversas figuras sociales e históricas de paternidad. En suma, si unimos ambos significados de singularidad, podemos sostener que, en la especie humana, la paternidad es una unidad diversa y una identidad abierta.

En un próximo artículo reflexionaremos sobre las características principales de una paternidad buscada, una paternidad posible para nuestro tiempo. MSJ

(1) Entiendo por patriarcado un dispositivo general de dominación de varones sobre mujeres, hijas e hijos, que se expresa y enquista en las más diversas esferas sociales y culturales, dando lugar a inequidades cotidianas y estructurales, incluso a violencia asesina.
(2) En lo que sigue, tomo libremente ideas del libro de un sociólogo español: Fernando Vidal, La revolución del padre. El padre que nace y crece con sus hijos, Mensajero, 2018.
(3) Según datos de 2019 del Ministerio de Educación, en Chile hay veintisiete educadores de párvulos y veintidós técnicos y asistentes de párvulos varones.
(4) Silvia Federici, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Traficantes de sueños, 2010 (la primera edición inglesa es de 2004).
(5) Lo mismo sigue sucediendo en la planificación urbana: su racionalidad no ha integrado las lógicas familiares.
(6) Fernando Vidal, La revolución del padre, p. 272.

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Fuente: Artículo publicado en Revista Mensaje Nº 696, enero-febrero de 2021.

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