Sr. Director:
La decisión del gobierno de Australia de prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años a partir de noviembre de 2025 ha reactivado el debate global sobre los riesgos del entorno digital y la salud mental de niños y adolescentes. Se trata de una de las medidas más estrictas a nivel mundial, que busca proteger a los menores de contenidos perjudiciales, como violencia, consumo de drogas y autolesiones. Según cifras oficiales, casi dos tercios de los adolescentes de entre 14 y 17 años han estado expuestos a este tipo de material en línea.
Ahora bien, más allá de la prohibición, es importante detenerse a pensar: ¿cómo acompañamos a nuestros hijos e hijas en este mundo digital? ¿Qué alternativas estamos dispuestos a ofrecer como familias y como sociedad? Porque este no es solo un tema de políticas públicas ni solo de educación formal. Es también —y sobre todo— un tema de crianza.
Si no miramos esto así, corremos el riesgo de quedarnos en una solución superficial: prohibir y esperar que con eso baste. Y ya sabemos que los niños y adolescentes, como tantas veces en la historia, terminarán encontrando soluciones alternativas. Antes de las redes sociales, en el mundo digital eran los videojuegos. Después de las redes sociales, vendrán otras.
El foco no debería estar solo prohibir, sino en qué vamos a construir en el lugar de lo que quitamos. Las redes sociales han crecido mucho no solo por la «lógica del algoritmo», sino porque hay una necesidad de contacto, de participación, de compartir, que no encontró realización en la vida tangible. Si eliminamos las redes sociales, tenemos que preguntarnos: ¿qué vamos a ofrecer a cambio? ¿Cómo recuperamos los espacios de conversación, de juego, de encuentro, que se han ido perdiendo en la vida cotidiana?
Las redes no son la fuente de todos los males. Son también consecuencia de un proceso social: surgen en un mundo donde la vida urbana se ha vuelto cada vez más insegura, fragmentada y desconfiada, donde los espacios para la socialización infantil y juvenil son cada vez más escasos. Donde los vínculos, incluso en casa, se han vuelto pobres, irrelevantes y compartimentalizados.
Entonces, si apagamos las redes, ¿qué hacemos después? ¿Aprovechamos la oportunidad para reconstruir la conversación, el arte de estar juntos, o simplemente esperaremos a que llegue el próximo dispositivo que prometa llenar ese vacío?
Lucio Gutiérrez
Profesor Escuela de Psicología
Universidad Alberto Hurtado
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