Corpus Christi: El Crucificado está aquí y nos espera

El sacramento del altar es alimento de vida que nos transforma y nos convierte en humanos verdaderamente hermanos: compasivos, generosos y misericordiosos.

Con el paso del tiempo, a menudo nos sucede que muchas de nuestras solemnidades y festividades van desvirtuándose y perdiendo su sentido originario y su razón de ser. Cuando pensamos en la fiesta del Corpus Christi casi de manera automática vienen a nuestra memoria la clásica imagen de la hostia consagrada y un dorado cáliz con vino también consagrado; pero ¿qué celebramos en la fiesta de Corpus Christi? Primeramente, conviene no olvidar que todas las fiestas de nuestra madre, la Santa Iglesia Católica, tienen su fundamento en los Evangelios de ahí que la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo tenga su cimiento en las mismísimas palabras del Señor Jesús: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre […] El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna […] permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 51.54.56).

Los cristianos católicos, creemos profundamente que el Cuerpo y la Sangre de Cristo se hacen especialmente presentes en el Sacramento del Altar. De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, “la Eucaristía es el corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia, pues en ella Cristo asocia su Iglesia y todos sus miembros a su sacrificio de alabanza y acción de gracias ofrecido una vez por todas en la cruz a su Padre; por medio de este sacrificio derrama las gracias de la salvación sobre su Cuerpo, que es la Iglesia” (CIC, 1407). El sacrificio de Cristo en el altar es un sacrificio fecundo que no se agota en la misma celebración eucarística, sino que se extiende, por la acción del Espíritu Santo, a todo el cuerpo vivo de Cristo que es su Iglesia. Una Iglesia sencilla, pobre y frágil, conformada por hombres y mujeres de carne y hueso, con rostro, nombre y apellido, en quienes podemos encontrar a Jesucristo encarnado y vivo, en quienes podemos tocar las heridas del Cristo sufriente pues “todo cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

No podemos reducir la fiesta del Corpus Christi solamente a la presencia sacramental de Cristo en el Sacrificio del Altar, sino que estamos llamados a encontrar la presencia de Jesús de Nazaret, pobre y humilde, entre los pobres y los humildes de nuestra tierra. En la Eucaristía se hace más estrecha la unidad entre los miembros del cuerpo de Cristo, se agotan las distancias y se desvanecen los muros de la indiferencia. La Eucaristía hace que la Iglesia viva la unidad en la diversidad e, inexorablemente, entraña un compromiso fundamental en favor de los pobres. Como ya lo diría San Agustín de Hipona:

Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis “Amén” [es decir, “sí”, “es verdad”] a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondéis “Amén”. Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu “Amén” sea también verdadero (San Agustín, Sermón 272).

Los empobrecidos y necesitados también son el cuerpo vivo de Cristo. Por tanto, en esta fiesta del Corpus Christi no podemos quedar indiferentes ante tantos cuerpos comercializados, humillados y abusados. No podemos quedar impasibles ante los miles de cuerpos torturados y desaparecidos por el crimen organizado. No podemos quedar inconmovibles ante tanta sangre de inocentes derramada en las grandes guerras alrededor del mundo y en las microguerras vividas calladamente en el seno de nuestros hogares. Adorar y comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo trae consigo una grave exigencia de amor en favor de la comunidad; se trata de que nuestro cuerpo sea uno con el Cuerpo de Cristo; que nuestra carne sea también pan que se parte y se comparte en servicio generoso por los demás. Adorar devotamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo no solo es cantar fervientemente el bello Pange Lingua, sino hacerlo vida tocando y curando las heridas de los sufrientes:

Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. […] Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno […] de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aun así, no te has hecho más misericordioso (San Juan Crisóstomo, hom. en 1 Co 27,4).

El sacramento del altar es alimento de vida que nos transforma y nos convierte en humanos verdaderamente hermanos: compasivos, generosos y misericordiosos. Solidarios y comprometidos. Responsables y Comprensivos. La participación constante y activa en el Sacramento del Altar nos hace ser constructores de comunidad y artesanos de la paz que viven atentos a nuestra realidad. Quisiera terminar este artículo con unas palabras de San Alberto Hurtado que nos pueden dar mucha materia de oración, de reflexión y de acción:

El Cristo eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo: Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la Samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre… Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles y a los discípulos de Jesús que andaban con él en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros: nuestras manos y nuestros labios pueden tocar la humanidad de Cristo, su carne dolorida en la cruz, sus nervios y sus huesos molidos, su cabeza coronada de espinas. El Crucificado está aquí y nos espera y nos espera”.

Pidamos Padre Bueno la gracia de tocar la humanidad de su Hijo, roguémosle que nos conceda adorar, en espíritu y en verdad (Jn 4,23), al cuerpo vivo de Cristo en nuestros hermanos y su Sangre que corre también por las venas de nuestros hermanos, miembros todos del único cuerpo del Nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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