Editorial Revista Mensaje N° 706. «Traer la Paz»

Los chilenos, como todos los seres humanos, estamos amenazados por la violencia, pero hoy se nos ofrece una extraordinaria posibilidad. Tendremos nuevas autoridades y la oportunidad de una nueva Constitución.

En Chile estamos preocupados por las diferentes formas de violencia que se han manifestado: violencia política y social en las manifestaciones, portonazos, asesinatos, robos y baleos. Existe también cierta violencia verbal. Además, hemos tomado conciencia de la existencia de una violencia estructural y cultural. ¿En tales circunstancias nos preguntamos si los chilenos somos una sociedad violenta? Según la encuesta “Chilenas y Chilenos Hoy”, realizada por Espacio Público–Ipsos, el 76% de los encuestados responde que Sí. Tras haber concluido las varias elecciones del año 2021 —que permitieron escoger gobiernos regionales, renovar parte del Congreso y elegir a Gabriel Boric como nuevo Presidente— la virulencia e intensidad del debate ha bajado y permite reflexionar con algo más de altura sobre este dato tan relevante.

La violencia o agresión es utilizar la fuerza física o el poder, de cualquier tipo, contra uno mismo o contra otra persona. Hay una violencia fruto de la ira y una violencia que es expresión de un tipo de poder ambicioso, omnímodo e irrespetuoso. La agresividad es un modo destructivo de canalizar la ira, emoción que surge de la frustración de las expectativas de una persona. La ira es una emoción inscrita en nuestra herencia genética y, cuando se expresa violentamente hacia una persona, busca defenderse o atacar destruyendo la potencial amenaza o a aquel que ha provocado la frustración. Entonces, cuando la vida se experimenta diferente de lo que se esperaba, brota la rabia que puede actuarse, entre otras formas, de manera violenta hacia alguien. También puede surgir la violencia por miedo frente a una amenaza ante la cual, en vez de escapar, se pelea. En buenas cuentas, la violencia es siempre la derrota del diálogo y los acuerdos equitativos. Finalmente, la violencia puede ser fruto de un tipo de poder ambicioso, omnímodo e irrespetuoso que aplasta todos los derechos humanos.

En la acción violenta hay una especie de actitud egoísta que hace incapaz a una persona o grupo para reconocer o empatizar con el dolor y los derechos de aquel a quien se agrede. Habitualmente, por ese motivo, en los discursos de odio se suele degradar al oponente, al punto de suprimir su humanidad, con lo cual, aunque el agresor reconozca el dolor, ese dolor no se asume moralmente relevante.

Justamente, para evitar esa violencia destructiva, la humanidad ha ido desarrollando modos de canalizar la ira y el ejercicio del poder de maneras no violentas. El Estado, con diversas formas y estructuras puede entenderse como un esfuerzo civilizatorio que encauza la convivencia humana mediante tribunales de justicia, sistemas de elección o de gobierno, entre otros. En el Estado moderno, es precisamente el Estado el que reclama para sí el monopolio del uso de la fuerza, es decir, el que puede ejercer legítimamente la violencia; pero, para que esa legitimidad sea precisamente efectiva, el uso de la violencia debe estar regulado por la ley.

LAS VIOLENCIAS EN EL CHILE DE HOY

En nuestra historia reciente las manifestaciones de violencia más evidentes están relacionadas con el estallido social, la violencia en la región de la Araucanía o con el narcotráfico. Sin embargo, y así lo han mostrado diversos análisis sociológicos, estas violencias son diversas y ponen de manifiesto violencias anteriores, algunas de orden más bien estructural y otras, de orden cultural. No se trata simplemente de destrucción física, sino también de otras violencias más sutiles, pero no menos dañinas.

Los informes del PNUD venían advirtiendo desde hace un par de décadas la insatisfacción de los chilenos con su vida en general. Ha crecido el malestar porque, a pesar del crecimiento económico experimentado, una buena parte del consumo que promovió dicho crecimiento venía financiado por deuda, con la consiguiente presión financiera que esto implica para las familias. En la misma línea, la desigualdad económica se ha intentado abordar de distintas maneras por la política pública, pero, durante los últimos años, se han develado algunas derivadas —acceso al transporte público, falta de áreas verdes, segregación urbana, marginación de regiones, entre otras— que ponen de manifiesto la desigualdad de trato que sufre una gran parte de la ciudadanía. Es violento trabajar diariamente en condiciones de primer mundo y vivir en un entorno del tercero.

La última década, sobre todo, la desigualdad de género ha cobrado fuerza. Eso implica que un poco más de la mitad de la población está siendo tratada injustamente y se ha hecho más lúcida respecto de ello. Es violento trabajar con el mismo esfuerzo y con los mismos resultados, y no ser compensada de la misma forma.

Otra cara de la violencia es el abuso económico por parte de los carteles del papel o de las farmacias. Es violento constatar cómo se organizan para cobrar de más a la gente. También está la violencia política, de quienes utilizan a las personas como instrumento para ganar elecciones, pero no cumplen sus promesas de campaña. Del mismo modo, es violento tener que esperar meses para un diagnóstico de cáncer o morir en la fila de espera para una determinada intervención. Es violenta la discriminación por la identidad sexual o por el pueblo al que se pertenece, por el color de la piel o por el país de origen; como también es violento ser víctima de bullying a través de las redes sociales, a veces con mentiras o, simplemente, cuestionando a la persona y no sus argumentos. Es muy violenta la impunidad de quienes delinquen, tanto de aquellos de cuello y corbata como de quienes actúan a mano armada, de los que se pasean sin patente en el vehículo o de quienes pagan con factura sus gastos personales.

IGLESIA, EVANGELIO Y VIOLENCIA

La Iglesia católica tiene una relación especial con la violencia. No se puede obviar que Jesucristo es, en último término, la víctima de los poderes religiosos y políticos de la época. Más aún, es una víctima inocente que se identifica personalmente con todas las víctimas de la historia (Mt 25). Ese simple hecho empuja a la Iglesia a la solidaridad con las víctimas. Cuando la Iglesia se ha puesto del lado de las víctimas, nunca se ha equivocado, aunque ha pagado esa actitud con miles de mártires.

Una reacción natural es responder a la violencia con la violencia. Los ejemplos sobran, incluso al interior de la historia de la Iglesia. Pero hay otros que dan cuenta de otra salida, tal vez, más difícil, pero, por lo mismo, más humana. En Chile, la Vicaría de la Solidaridad fue expresión de esa opción de la Iglesia por la no-violencia, por la búsqueda de justicia, por el diálogo aparentemente imposible, contra la violencia de la dictadura. El trabajo de laicas y laicos como Fabiola Letelier y Roberto Garretón, recientemente fallecidos, muestra un modo de luchar contra la violencia de Estado con herramientas institucionales. Otros modos fueron boletines clandestinos, como “No podemos callar” o “Policarpo”, que circulaban reservadamente entre miembros de comunidades cristianas para denunciar los atropellos de la dictadura. Esos años la Iglesia exhortaba a resistir la injusticia sin violencia.

No se puede desconocer que también la misma Iglesia ha cedido ante la tentación de ser ella misma victimaria. Fue ciertamente violenta cuando impuso la fe por la fuerza, aliada con los poderes monárquicos y políticos, o cuando pretendió recuperar los santos lugares mediante las Cruzadas. Hoy podemos juzgar dichas acciones con mayor claridad, a pesar de las justificaciones morales y teológicas que se dieron en su momento. Hoy no haríamos lo mismo.

Tampoco podemos desconocer que miembros de su clero han abusado sexualmente de una enorme cantidad de menores de edad en todo el mundo y que esos hechos se minimizaron o, peor aún, se naturalizaron. Para muchos cristianos la conciencia de esos actos, el reconocimiento de los dolores y daños provocados y la incompetencia para encontrar formas de reparación, son un motivo de vergüenza. Esta es una muestra reciente de la Iglesia victimaria confundida en su propio pecado.

A pesar de cargar con esa tremenda incoherencia, la Iglesia no debe dejar de proponer la paz y trabajar por ella. No se trata de un mero control del orden público, sino más bien de la paz del evangelio, aquella que se sustenta sobre un principio anterior de justicia y reparación de las víctimas. De otro modo, es una paz con pies de barro.

Al mismo tiempo, el Evangelio está atravesado por un principio de misericordia y perdón hacia el victimario. Jesús mismo lo pone en práctica con quienes lo crucifican. Para ello se pide el arrepentimiento, el deseo de reparación, el propósito de enmienda y la colaboración con la justicia por parte de quien ha hecho daño. A veces, sin embargo, el ofendido simplemente perdona, sin más. Quizás el perdón sea lo más difícil del Evangelio, pero es indispensable para romper el círculo de la venganza privada, que frecuentemente no tiene proporción y que siempre deja heridos tras de sí.

Sabemos que esa paz es un horizonte hacia el cual se camina, pero que nunca se alcanza. Una “paz inquieta”, porque creativa. Siempre es posible más, siempre queda algo por hacer. Sin embargo, es un horizonte al cual no se puede renunciar. Justicia y misericordia abren la esperanza hacia un futuro en paz.

Los chilenos, como todos los seres humanos, estamos amenazados por la violencia, pero hoy se nos ofrece una extraordinaria posibilidad. Tendremos nuevas autoridades y la oportunidad de una nueva Constitución. Esperamos reconstituir nuestra vida social y política. Es necesario reforzar los tres conceptos heredados de la tradición cristiana y que marcaron el comienzo la civilización: Igualdad, Libertad y Fraternidad. Para eso debemos insistir en el diálogo, en la justicia y en la solidaridad humana. MSJ

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Fuente: Editorial de Revista Mensaje N° 706, edición de enero-febrero de 2022.

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