El Espíritu como memoria

La pandemia nos ha puesto delante del misterio que habíamos olvidado: delante de la injusticia, de la debilidad humana… de un Dios que muere crucificado y resucita.

El otro día me preguntaron qué enseñanzas había tenido para mí, como jesuita, este tiempo de pandemia y de acontecimientos sociales, políticos y económicos que parece nos sitúan en un tiempo de excepción. Ya no me acuerdo qué conteste, supongo que salí del paso como pude. Pero tengo que admitir que la pregunta por lo que me enseñan las cosas me incomoda. Es verdad que, como seguidor de Jesús, torpe como los discípulos, no puedo dejar de entender mi relación con Él y mi vocación como un continuo aprendizaje del Maestro. Pero al preguntarme por lo que he aprendido no dejan de ponerme a mí en el centro, como si lo que importase más es lo que yo descubro que la cosa descubierta, como si lo que importara más fuera yo mismo que lo que está aconteciendo. Ya sé, son solo formas de hablar. Pero a veces nuestros tópicos reflejan nuestra manera de creer y situarnos en el mundo.

Más que aprender, en este tiempo, sinceramente, he hecho memoria. Creo que la pandemia nos ha puesto delante del misterio que habíamos olvidado: delante de la injusticia, de la debilidad humana… de un Dios que muere crucificado y resucita. Todo eso apunta al recuerdo de la verdad que, muchas veces, distraídos, no miramos de frente. El ser humano no puede aprender todo esto: solo puede experimentarlo como algo que le es dado y que le abre los ojos. O como algo que habita en el interior y que resuena cuando las circunstancias te invitan a leer el momento desde las claves de una dimensión distinta, más profunda, más desnuda. Cuando eso ocurre, está soplando el Espíritu como memoria.

Si nos vemos como el centro de todo, como el eje del reloj a partir del cual se mueven las agujas del tiempo, efectivamente podemos ver la gravedad de la hora que nos toca vivir, pero nuestra posición no cambia por más que nos retuerzan las agujas, si solo entendemos el sentido de los acontecimientos como una «oportunidad para aprender». No sé qué papel tendremos a la vista del momento que nos toca vivir, pero puedo intuir que el Espíritu, como soplo y como memoria, nos llama a que nos pongamos a trabajar, más que a aprender, como los obreros que se pusieron manos a la obra en la parábola de los siervos de la última hora.

El Espíritu como memoria, nos hace vivir el tiempo de modo distinto: delante de lo que está pasando, ante el dolor del presente y la inseguridad del futuro, hay una Presencia que viene ya de lejos y que nos lanza con esperanza a lo que está por venir. Y esto pasa por recordar lo olvidado: que el misterio de Jesús tiene que ver con la lucha del Bien por hacerse lugar en este mundo y que nuestra entrega y nuestro seguimiento permanecen más en el tiempo que lo que persiste un aprendizaje.

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Fuente: https://pastoralsj.org

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