El Evangelio que anunciamos las mujeres. «Denunciar y anunciar. El clamor en el desierto»

Todas y todos estamos recibiendo el llamado de anunciar y hacer vida el Reino de amor, de justicia, de paz.

Pilar Bravo Pejean

11 diciembre, 2020, 11:50 am
8 mins

Domingo 13 de diciembre de 2020
Evangelio según San Juan 1, 6-8.19-28

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?».
Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: «No».
Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?».
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

DENUNCIAR Y ANUNCIAR. EL CLAMOR EN EL DESIERTO

Mis amigas de Mujeres Iglesia me han pedido que comente la lectura de Juan 1, 6-8.19-28 que corresponde al tercer domingo de Adviento. Lo asumo con mucha alegría, agradecida por la confianza.

Lo primero es conocer para quién escribía Juan, qué estaba viviendo su comunidad. Había sido destruido el templo de Jerusalén, los judíocristianos fueron expulsados de la sinagoga, y muchos de los seguidores de Jesús se habían acomodado al sistema. Por lo tanto, en los tiempos de Juan, había que reavivar el proyecto de Jesús, resistir y seguir anunciándolo con el testimonio y la palabra.

En la comunidad de Juan, había muchos seguidores de Juan el Bautista, por eso era necesario aclarar a la comunidad que su misión era preparar el camino para la llegada del Mesías y asumir Su proyecto. Es triste pensar que hoy también hay que aclarar en el imaginario de nuestras comunidades que somos comunidad de iguales, no hay jerarquías, somos servidores(as), compartimos la misma misión: todas y todos estamos recibiendo el llamado de anunciar y hacer vida el Reino de amor, de justicia, de paz.

Cuando leí este texto, me encantó la postura de Juan, el Bautista, un hombre de Dios a quien muchos veían como el posible mesías. Sin embargo, inmediatamente aclara que solo está preparando el camino para el que viene después, el que es anterior a todo.

El evangelio de Juan nos trae un texto que nos puede iluminar para los tiempos que vivimos hoy. Para explicitar esa idea, me basaré en dos términos que sostendrán mi reflexión: “Palabra” y “Luz”. Son dos palabras en femenino, generadoras de Vida.

Varias preguntas surgen para iluminar la reflexión: ¿de qué manera nuestras palabras son generadoras de vida? ¿traen esperanza? ¿construyen comunidad? ¿son liberadoras? Frente a una sociedad tan polarizada, muchas veces tan inhumana, individualista, insensible, injusta, indolente, ¿Cómo hacer que mis palabras sean generadoras de vida, esperanzadoras, liberadoras, inclusivas, acogedoras, comunitarias? Ese es un gran desafío.

Juan proclama: “Yo soy la voz que clama en el desierto”. Esta frase me trae a la memoria la homilía que Antonio de Montesinos realizó en nombre de su comunidad, en el primer domingo de Adviento de 1511 en la isla La Española. Alzando su voz con fuerza, utilizando la misma frase de Juan, llamó la atención de los conquistadores frente a la crueldad que infringían a los indígenas, “que estaban en sus tierras mansas y pacíficas”, para extraer sus riquezas. Es más, les dice que “están en pecado mortal” por lo que les hacen.

Hoy, más que nunca, necesitamos ser la voz que clama en el desierto para denunciar las injusticias, la desigualdad, la crueldad de los que sustentan un sistema perverso que depreda, oprime, explota, viola nuestros derechos, extermina comunidades enteras, destruye la naturaleza y la vida.

Somos seguidores de la Luz, tenemos que ser luz para iluminar el camino de quienes viven en la desesperanza, en el dolor, quienes viven determinados(as) por el lugar donde nacen, condenados(as) a una vida de miseria, explotación e injusticia.

Tenemos que ayudar a encontrar caminos de liberación para que la buena vida sea una realidad. Nuestra misión es denunciar y anunciar, es hacer vida el Reino aquí y ahora. Tenemos un compromiso y una responsabilidad política, sí, política, porque la política, como decía Paulo VI, es el mayor acto de caridad, de amor.

Fue el mismo Jesús quien nos mostró el camino, se enfrentó a las autoridades de su época, denunciando las injusticias y proclamando su Reino de Amor. En este Adviento que es tiempo de esperanza, tiempo de alegría y de transformación, preparémonos para vivir una verdadera Navidad, donde Dios se nos regala en este Niño que esperamos, y anunciemos esta Buena Noticia, que ella sea la fuerza que nos ayude para hacer realidad su proyecto de Amor. ¡Buen Adviento y una muy feliz Navidad!

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Laica Dominica, Santiago.