El Evangelio que anunciamos las mujeres. “Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida”

El lenguaje para hablar de la experiencia que Jesús tiene de Dios es el del servidor-esclavo. No porque tenga que somerterse en obediencia, sino porque es el lenguaje de la solidaridad.

Karla Huerta

24 septiembre, 2018, 10:47 am
8 mins

Domingo 23 de septiembre
Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida” (Mc 9, 30-37)

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar a fondo sobre los conflictos en nuestras comunidades. Servirá para mirar nuestros propios contextos particulares, como también, por cierto, el de nuestra Iglesia en Chile. Dice el evangelista Marcos: “Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, Jesús les preguntó a sus discípulos: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante”. Y el apóstol Santiago se pregunta: “¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros?”.

Hace poco, justamente, leía un breve texto de Chantal Mouffe, titulado “Política y pasiones: el papel de los afectos en la perspectiva agonista”. Propone que los conflictos son propios de la vida, de todo lo político (toma de decisiones) y que no se resuelven de manera racional, como pretenden hacerlo creer los liberales. Sino que siempre suponen la victoria de unos sobre otros, de vencedores y vencidos, como diría Walter Benjamin. La idea del consenso es falsa, dice ella, solo corresponde al relato hegemónico de los vencedores. Desde esta perspectiva, el conflicto en sí mismo no sería malo. Lo malo sería ocultarlo, porque terminaría invisibilizando a los más débiles, los vencidos. En esta misma línea, la teóloga Elsa Tamez reflexiona en su texto “Santiago, lectura latinoamericana de la epístola”, diciendo que a partir de los indicios literarios de la epístola es posible deducir que hay básicamente dos grupos antagónicos en la Carta de Santiago: los pobres y los ricos, los opresores y los oprimidos. Y además advierte que también hay contradicciones en el grupo de los oprimidos, y que entre los oprimidos habría cristianos y no cristianos, así como también entre los opresores.

El libro de la Sabiduría, con sencillez y una impresionante claridad, recoge la voz de los torturadores que buscan someter al justo porque les resulta incómodo, “se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada”, dice el texto. El justo los deja en evidencia, al parecer se trata de una oposición pública, de otro modo no les incomodaría. Ellos no quieren ver publicada su maldad, la prefieren resolver en privado: la tónica de los abusadores, ¿no les parece? Parece ser similar a la vergüenza que sienten los discípulos que no le quisieron contar a Jesús la razón de por qué discutían. Buscaban mantener su conflicto de poder oculto. Eso de andar “ventilando” las injusticias que se cometen en nuestras comunidades les cae muy mal a los abusadores. Sin embargo, el libro de la Sabiduría, al poner la voz de los opresores en este texto, expone su mentalidad y sus mecanismos de opresión. Lo mismo hace Jesús, alza la voz, no elude el problema.

¿Y qué les dice Jesús a los discípulos? «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí (…)». ¡Qué tremendas palabras de Jesús para la Iglesia chilena! Me atrevo a traducirlas así: “El primero no es el Papa, ni los obispos, ni los curas, sino los niños. El que quiera ser mejor seguidor mío defienda a los niños, no proteja más a los abusadores”.

Finalmente, pareciera que este domingo las lecturas apuntan a poner de relieve la experiencia de las víctimas y a Dios que libera de esa experiencia, abriéndola, exponiéndola, tematizándola, precisamente porque uno de los mecanismos de la violencia es su ocultamiento. El mal que aparece es la tortura permanente de la injusticia de unos que someten a otros, de unos que se alzan sobre otros. ¿Con qué lenguaje Jesús propone hablar de la experiencia de su Dios? Abandonar el lenguaje pomposo del vértice del poder (cristo rey, cristo triunfante) y de la altura moral. El lenguaje para hablar de la experiencia que Jesús tiene de Dios es el del servidor-esclavo. No porque tenga que somerterse en obediencia, sino porque es el lenguaje de la solidaridad entre hermanas. Dios mismo asume ese lenguaje kenótico (Filipenses 2). Él mismo se hace el último, víctima, oprimido, y vencido en la cruz —“lo matarán”, dice el evangelio, justo antes del conflicto—, para que nosotras nos hagamos solidarias como Él de los que han perdido en la historia: los pobres, los niños, las niñas, las mujeres, el laicado. Y así podamos rezar como el salmista: “Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida”.

* Queridas hermanas, queridos hermanos, les enviamos una nueva homilía del Evangelio que anunciamos las mujeres. Nos alegramos y agradecemos los ojos y la voz nueva de mujeres que se atreven a decir y orar el Evangelio para nuestras comunidades. Estas van enriqueciendo nuestra capacidad de comprender y ampliar el mensaje de la Palabra, el mensaje de Jesús. Les invitamos a escuchar, meditar y compartir esta homilía, que nos invita a salir del silencio y hacernos profecía viviente con toda la fecundidad que hay dentro de nosotras. Pueden encontrar todos los comentarios anteriores en Facebook, Mujeres Iglesia Chile, y en la página de la Revista Mensaje: https://www.mensaje.cl/category/noticias/iglesia/

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Fuente: https://www.facebook.com/MujeresIglesiaChile/

Estudiante de Teología. Mujeres – Iglesia Chile / karla.huerta.m@gmail.com