El Evangelio que anunciamos las mujeres. “La Promesa que crece en lo profundo”

¿Será posible hallar un signo más hermoso que una mujer embarazada que dará a luz un hijo quien será el Salvador del mundo?

Valeria Martins

20 diciembre, 2019, 12:44 pm
12 mins

Domingo 22 de diciembre 2019
Mateo 1, 18-24

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con nosotros”». Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

“LA PROMESA QUE CRECE EN LO PROFUNDO”

Hemos llegado al cuarto y último domingo de Adviento. Y luego de haber recorrido este camino es bueno detenernos a contemplarlo. ¿Qué emociones, deseos, certezas, preguntas se nos han ido suscitando en estos días de espera? Muchas veces me gusta pensar el Adviento como un tiempo fértil, donde las semillas son arrojadas a la tierra en un acto de esperanza y valentía muy hermoso. Una nunca puede saber qué destino encontrarán esas semillas; si habrá valido la pena el esfuerzo de encomendarlas al suelo y si serán capaces de romper sus pequeñas cortezas para abrirse paso a la vida nueva. Siento que con el Adviento las mujeres y los hombres nos embarazamos de esperanzas. Llenamos nuestro interior de una vida que, aunque incipiente es toda promesa, es todo futuro. Lo más hermoso de eso es que nunca esa promesa es sin Dios, porque nuestro Dios (como lo dirán las lecturas de este domingo) es un Dios-con-nosotros y nosotras. El Evangelio de este fin de semana es una gran escuela sobre cómo se hacen grandes cosas sin exhibirse ni estar en el primer plano, y esto está encarnado en las preciosas figuras de María y José, el carpintero. Muchas veces intenté imaginar a José y lo primero que a una se le ocurre es pensarlo como un hombre bueno y obediente, lo cual es decididamente cierto; pero también me gusta pensar que era fuerte, decidido, de convicciones firmes, valiente. Él, al recibir el anuncio de que el hijo que esperaba su prometida provenía del Espíritu Santo, acoge la voluntad de Dios y abraza a María y a su hijo, llevándose a ambos a su casa. Creo que este gesto sencillo que se nos narra en el Evangelio encierra una belleza muy grande. María y José eran una familia como cualquiera de nuestras familias. Seguramente en ese tiempo del embarazo habrán compartido momentos lindos y otros más difíciles, como cualquier familia que espera a su primer hijo. Es en el caminar cotidiano en el que las personas vamos descubriendo los sentidos más profundos de la existencia humana, es en lo pequeño donde se juega lo grande. Allí, en Nazaret, entre las maderas y los olores de la cocina, iba creciendo en la pancita de María nuestro Salvador. Esto creo que no es algo menor, sino todo lo contrario, ya que lo que ocurre entre una madre embarazada y el hijo que va creciendo en su vientre es sencilla y grandemente, un verdadero milagro. La conexión profunda e intransferible que acontece entre la madre y el bebé resultará trascendental para el desarrollo de esa persona a lo largo de la vida. Me atrevo a pensar que María habrá amado mucho a su hijo desde el momento en que supo que vendría, y ese amor de madre habrá nutrido la vida frágil y pequeña del niñito Jesús. Pero María no era solo buena, también era valiente, fuerte y decidida. De hecho, nos relatan los Evangelios que ni bien supo que su prima Isabel estaba embarazada, salió a su encuentro caminando grandes distancias para ir a cuidarla y acompañarla. María no se quedó esperando que su hijo, que según la promesa del ángel sería el Salvador, naciera; sino que se puso en marcha para ir donde la necesitaban. Así eran José y María. Y algo, mucho o poco de eso, habrá ido moldeando suavemente al pequeño Jesús. ¿Será posible hallar un signo más hermoso que una mujer embarazada que dará a luz un hijo quien será el Salvador del mundo? Toda la maravilla de la naturaleza y su belleza podría estar contenida en el signo de una mujer embarazada. En ese misterio hermoso que Dios nos regaló tanto a los hombres como a las mujeres de que seamos nosotras las portadoras de la vida, quienes custodiamos lo más sagrado, frágil y bello, cabe toda la fe y toda la esperanza. Duerme en el seno de una madre la vida latiendo en silencio, abriéndose paso lenta y calladamente al Universo; creciendo desde lo oscuro, lo profundo, lo oculto, lo impenetrable. Así creció el Salvador en el medio de los hombres y las mujeres de este mundo. ¿Qué promesa más hermosa que esta podemos recibir de parte de Dios? Jesús, nuestro hermano, el centro de nuestra vida vino al mundo en el silencio precioso de una mujer embarazada que llena de esperanza canta la grandeza del Señor y proclama: “En adelante todas las generaciones me llamarán feliz”.

Quiero detenerme un momento en el nombre de Jesús. Pienso que una de las cosas más hermosas que vive una pareja que espera un hijo es la decisión de qué nombre llevará. Es algo que se piensa y se discute mucho. A veces influyen abuelos o abuelas, personas que han sido significativas, opiniones de otros familiares. Para José y María fue tal vez más fácil, porque el bebé venía con el nombre puesto: Jesús, que significa: “Salvador de los pecados del pueblo”. Muchas veces escuché decir que el nombre es el destino. Y creo que para esta madre y este padre primerizos habrá sido difícil pensar que el destino de su Hijo, que era el Hijo de Dios, consistía en el cumplimiento de la promesa que el Señor le había hecho al pueblo judío hacía mucho tiempo. Sin embargo, confiaron. Se abandonaron en las promesas de Dios y pusieron por sobre los temores de pie la esperanza. Qué bonita enseñanza esta para lo que nos toca vivir también hoy como pueblos latinoamericanos. A veces, podemos sentir que estas crisis sociales y políticas tan fuertes que estamos viviendo no nos conducirán a nada; pero qué lindo mirar con los ojos y la fe de esta joven pareja de Nazaret que espera lo imposible, y cree a pesar de todo. Las cristianas y los cristianos somos personas afortunadas porque hemos creído en las promesas de Dios. No somos mejores ni peores que nadie, simplemente tenemos la bendición de saber, sentir y creer que Dios cumple sus promesas; que Dios se hizo frágil y tierno como un bebito; que el Señor es el Dios de los pobres, de los desplazados, de las mujeres violentadas, de las personas que sufren todo tipo de abusos, de quienes son víctimas de un sistema que oprime y vulnera los derechos más elementales de todo ser humano y que seduce con promesas mentirosas de éxitos y deseos vacíos que nos dejan llenos de insatisfacción.

Nuestro Dios es un Dios-con-nosotros y nosotras, Padre y Madre, que no está sentado en su trono mirándolo todo desde arriba, sino que se hace carne, herida, pueblo caminante, obrera, trabajador, pobladora, sufriente, hermano, amiga, compañero… Que el Señor nos dé la fuerza para no desear ser protagonistas, para avanzar sin pisotear, para colaborar sin imponernos, para amar sin reclamar, para luchar sin aplausos, para perseverar sin homenajes, como José y como María; que el Señor nos haga iguales a los hombres y las mujeres en el mundo y en la Iglesia. Y que también nos ayude a esperar en Dios y a creer con firmeza, alegría y esperanza en sus promesas.

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Profesora de Literatura. Asesora Pastoral Juvenil. Parroquia San José de Libertad Merlo, Buenos Aires, Argentina.