El hambre en Siria y la oscuridad en el Líbano

Falta de alimentos, medicamentos y electricidad: los dos países de Oriente Próximo están al límite, en medio de la indiferencia general. El relato de dos sacerdotes pone en el punto de mira a dos poblaciones que siguen muriendo, asesinadas no solo por la guerra sino también por la falta de bienes básicos. Y las instituciones eclesiásticas salen al campo, tratando de hacer todo lo posible.

La Iglesia en Siria, además de la guerra, tiene ahora otra gran preocupación: la crisis económica que está arrastrando a la población ya agotada tras años de bombas y muerte a la más negra pobreza.

Si en el país de Asia occidental los combates se desarrollan principalmente en el noreste, dejando los principales centros urbanos relativamente tranquilos, sigue siendo más difícil, casi imposible, defenderse de la falta absoluta de alimentos, medicamentos, energía, e incluso agua potable.

SIN ESPERANZA

“La gente se muere de hambre, las familias no pueden sobrevivir con dignidad, los jóvenes huyen a otros países con la esperanza de encontrar un futuro mejor”. Así lo denuncia, con voz sentida, monseñor Joseph Tobji, arzobispo de Alepo de los maronitas. Según el prelado la responsabilidad de todo esto se basa en la aplicación de las sanciones internacionales:

“Llevamos años gritando esto, pero nadie nos escucha: las sanciones matan a todo el pueblo. Son peores que la guerra”.

IGLESIA EN AYUDA

Y es en esta situación, cada vez más dramática, cuando la Iglesia se moviliza, sustituyendo en muchos casos al Estado, incapaz de responder a las necesidades de la población. “Las instituciones eclesiásticas —dice monseñor Tobji— pagan la comida, las escuelas, las medicinas y a veces incluso el alquiler. No pretendemos hacerlo todo, sino solo lo que podemos”.

“Es en esta situación, cada vez más dramática, cuando la Iglesia se moviliza, sustituyendo en muchos casos al Estado, incapaz de responder a las necesidades de la población.

EL LÍBANO, LA MUERTE EN EL ALMA

También en el Líbano —que limita con Siria al norte y al este— la Iglesia está preocupada. Recién llegado de una misión al sureste de la capital, Beirut, el padre Abdo Raad grita su dolor:

“Aterricé en el aeropuerto y me recibió la oscuridad. Y si la capital está a oscuras, imagínense lo que ocurre en las demás ciudades y campos de refugiados. La falta de luz se debe al alto coste de la energía, que se ha duplicado 40 veces en comparación con hace solo dos años”.

LA LLAGA DE LA CORRUPCIÓN

El sacerdote libanés —que viaja entre su país natal e Italia— utiliza la metáfora de la oscuridad para definir la situación en la que se encuentra toda la población:

“Es la oscuridad del alma, de la inteligencia. Aquí falta todo, incluso el pan, las medicinas. Uno muere por nada”.

Y la culpa —denuncia— “es del fracaso de la política, que en este caso es corrupta”.

“Pongo un ejemplo emblemático: nuestros gobernantes se gastaron 40.000 millones de dólares en electrificar el país, pero ahora no hay electricidad, salvo dos horas al día y solo en Beirut. Ellos tienen miles de millones y la población muere”.

LA IGLESIA ALIVIA LAS HERIDAS

El padre Radd admite que, en pocos años, “han aumentado los suicidios y los jóvenes que pueden intentan escapar por mar, incluso arriesgando su vida”. La Iglesia intenta ayudar a la población pero —explica el sacerdote— “es muy poco lo que puede hacer porque no tiene muchos recursos económicos. Lo único que puede hacer es aliviar un poco las heridas, y esto ya lo está haciendo”.


Fuente: www.vaticannews.va / Imagen: FreeImages.

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