¿Es Chile un país creativo? El problema de pensar libremente en la Universidad

Es en la Universidad, aquella con prístina vocación pública, donde se debe gestar el pensamiento libertador. Se trata de un pensamiento que, siendo liberado, en su misión de servicio a la sociedad amplia, ayude a liberarla de toda opresión.

Juan Salazar Parra sj

27 Septiembre, 2017, 12:51 pm
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Mucho se advierte de la crisis de las instituciones en Chile y en América Latina. Estado, Iglesia, Fuerzas Armadas, colegios y universidades se ven sometidos a constante escrutinio por parte de la sociedad. Hay, a la vez, una manifestación de descontento y un llamado profundo —y necesario—, a ofrecer soluciones y mejoras, a pensar el tipo de país y de instituciones que queremos construir.

Por otra parte, surgen imágenes que duelen en el alma. Cada cierto tiempo, la prensa se dedica a mostrarnos alguna que remece el corazón. También, de cuando en cuando, surgen otras grotescas que atiborran las redes sociales y que sacan lo mejor y lo peor de nuestra idiosincrasia. Además de aquella de las mujeres con una cuna vacía simulando un funeral y la de nuestros hermanos haitianos discriminados en la propaganda oficialista en contra del virus del VIH, tal vez, la que más me ha violentado es la de millares de estudiantes, funcionarios y académicos de la Universidad Chile agredidos por fuerzas policiales en medio de un acto académico-político. Al mirar esa imagen, da la impresión de que algo se ha roto en nuestra cultura. No soy exalumno de esa casa de estudios; sin embargo, me resulta innegable que ese lugar es un bastión de la historia de la academia —hoy en situación crítica—, de nuestra patria.

La Educación Superior es el espacio, por excelencia, para pensar la sociedad. Hoy se debate su reforma en Chile y, con ella, el proyecto de ley de la educación pública universitaria ingresado en junio de este año al Congreso Nacional. Un modelo centrado en la generación de productos concretos y medibles, con criterios venidos de las —inexistentes— ciencias exactas y con la gerencia empresarial amenazando aquel baluarte de pensamiento libre y creador de nuevas concepciones de mundo que llamamos Universidad. Estamos, por tanto, frente a una propuesta que desafía tanto nuestra libertad como nuestra creatividad.

En la declaración inicial, el proyecto afirma que pretende fortalecer la calidad académica, la gestión administrativa y la autonomía de los planteles estatales. La contradicción se genera cuando, al leer el documento, hallamos tres principios quebrados: la gestión pública con códigos de la empresa privada, la exigencia de entidades que supervisen los productos cuantificables generados por la vida académica, la pérdida de autonomía en el Consejo Superior, con el nombramiento unilateral de algunos miembros por parte del Ejecutivo y falta de representatividad triestamental en él, así como la creación de un Consejo Universitario (más representativo) como entidad meramente consultiva. A lo anterior se le suma un complejo sistema de jerarquización académica parcial y desregulado, y la nebulosa de contratación de funcionarios no docentes.

El profesor Noam Chomsky, lingüista y librepensador estadounidense, acompaña muchas de mis lecturas de descanso y, las más de las veces, de trabajo. Encontré un texto titulado “La responsabilidad de los intelectuales”, escrito hace más de 50 años. En él, hace referencia al rol que tienen aquellos que dedican su vida, descanso y sudores al ejercicio de pensar, de vivir ‘a concho’ sus tiempos muertos para dar a luz ideas que revolucionen el mundo y trastornen los parámetros de la realidad violenta. Con el fin de luchar contra las guerras, Chomsky propone un principio elemental: la resistencia libre y liberadora.

Ese grupo de estudiantes, profesores y funcionarios, detuvo la máquina de producción del capital para resistir libremente, para compartir juntos, como trabajadores del mismo universo académico, un tiempo de calidad para pensar, forjar acuerdos y luchar. Después de largas horas de discusión y un acalorado compromiso con la educación pública y la investigación sin presión, una comunidad se pronunció. Enarbolando la siempre elocuente bandera de la libertad de cátedra, se propusieron presentar comentarios a la reforma estatal a la educación pública. Fueron amonestados, insultados y todos (rector incluido) agredidos por fuerzas de seguridad pública. Ante su pensamiento creativo y novedoso, fueron reprimidos.

Esos hombres y mujeres, representantes de sus estamentos y, por extensión, de todos aquellos que dedican su vida a la edificación del país por medio de diferentes Casas de Estudio, batallan por ofrecer a Chile una nueva visión de Universidad, centrada en la comunidad, en el bien de la sociedad y en el progreso de la cultura. Sintiéndose herederos de la libertad de pensamiento, quieren ayudar a libertarnos, es decir, rescatarnos de la atadura de la autoridad empresarial impuesta por una moral del abuso.

El problema se asoma cuando esa perspectiva no es la establecida por el poder hegemónico, virada hacia la economía empresarial. No se trata aquí de denostar la necesidad de una administración transparente o de una economía estable para subsistir. Por el contrario, la lucha de ese grupo de pensadores de la Universidad de Chile, formados y en formación, y de trabajadores actuales y potenciales, es la de aquellos que resisten a las lógicas comerciales que dominan y, a veces, se convierten en el único criterio del actuar del conjunto social.

El problema de la lógica comercial es el de la productividad. Pareciera que el tiempo debe ocuparse integralmente en la elaboración de productos, y si el producto no es material, los presupuestos se reducen. Eso está pasando con la investigación universitaria chilena. Disminuido el presupuesto anual, se prohíbe el pensamiento libre, para favorecer el conteo de objetos medibles desde el prisma de la oferta y la demanda. La desesperación ha entrado en los pasillos universitarios, comercializando tiempo e ideas, trocándolas por dinero y puestos de trabajo. ¿Qué pensamiento es negociable comercialmente? Desde esa lógica, ni los miembros de una comunidad pueden pensar, ni el Estado permite que ellos piensen. Los contratos laborales, la jerarquización académica y la progresión de la malla curricular cohíben el desarrollo del pensamiento libre y del tiempo-espacio para realizar esa tarea.

Si a esto le sumamos que la vida universitaria, cuna del pensamiento crítico, ha dejado de perseguir su objetivo principal, la crisis se acentúa. El proyecto presentado por el gobierno actual y apoyado ampliamente por ilustres congresistas, da cuenta de una nueva cultura en la educación superior como empresa competitiva. Junto a ello, quienes viven dentro de esa cultura, se convierten o en los jefes dominantes o en los siervos dominados. Cuando es el Estado el que motiva la oposición de quienes debieran compartir una misma misión, la de pensar el mundo, no hay cabida para la creatividad, porque las energías se consumen en el ejercicio de dominar o de luchar contra esa dominación.

No existe el tiempo, siquiera, para plantearse esa pregunta ni esbozar respuestas. Los miembros de la comunidad universitaria son los llamados a “perder el tiempo”, a ser creativos en pensamientos liberadores. No solo la Universidad de Chile, sino que todos los centros de educación superior necesitan alzar la voz ante la guerra —como diría Chomsky— del capital, bajo la lectura de los actuales miembros del gobierno, que intenta dominar todas las estructuras y actividades humanas.

Es en la Universidad, aquella con prístina vocación pública, donde se debe gestar el pensamiento libertador. Se trata de un pensamiento que, siendo liberado, en su misión de servicio a la sociedad amplia, ayude a liberarla de toda opresión. Algún día, esperamos, los gobiernos de turno dejarán de oprimir y reducir toda la amplia gama de pensamiento universitario a los criterios de la tecnología. Por mientras, la resistencia de la Universidad de Chile, de las universidades estatales y de toda universidad que se jacte de servir a la sociedad, seguirá siendo no solo válida, sino necesaria. De otro modo, Chile estará condenado a vivir sin libertad y sin creatividad.

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Fuente: https://territorioabierto.jesuitas.cl

Jesuita chileno. Profesor de Lengua Castellana y Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Estudia Teología en el Centro Interprovincial de Formación Santo Inácio, Belo Horizonte, Brasil. Escribe para el portal Territorio Abierto.