“La Iglesia que queremos”. Carta abierta al Papa y a los Obispos de Chile

Preocupados por la crisis actual de la Iglesia chilena, pero sobre todo por el hecho de que el mensaje de Jesús no está llegando y convocando a las nuevas generaciones, un grupo de laicos redactó esta Carta Abierta al Papa y a los Obispos de Chile titulada “La Iglesia que queremos”.

Esta carta nace de la desolación por la crisis actual que atraviesa nuestra Iglesia y especialmente porque Cristo y su evangelio no están llegando y convocando a las nuevas generaciones. Concordamos con el Papa Francisco en no quedarnos rumiando en la desolación, sino ir más allá de la queja y hacer algunas sugerencias constructivas de por dónde ir. Esta carta es también una respuesta a su invitación a tener el coraje de decirle: “Este camino es el que hay que hacer, este no”. Esperamos que ella contribuya a la necesaria reorientación del rumbo de la Iglesia.

PREÁMBULO: UNA CONFESIÓN DE FE

Tal como nos enorgullecemos de Francisco de Asís, Tomás Moro, Madre Teresa y del Padre Hurtado, sentimos vergüenza propia por Maciel, Karadima y tantos otros sacerdotes y religiosos pedófilos; y ¿qué decir de los obispos encubridores? Nos abruma que, a consecuencia de estos condenables comportamientos, millones de personas se están distanciando de la fe. Desgraciadamente, la historia muestra que la Iglesia tiene, como cada uno de nosotros, un lado oscuro. Junto a lo santo y sagrado, conviven el abuso de poder, la arrogancia, la hipocresía, el dogmatismo – tanto más grave cuando van revestidos de virtud.

Con todo, amamos a la Iglesia y reconocemos lo mucho que hemos recibido de ella:

– Conocer a Cristo y su mensaje;
– infundirnos elevados ideales, centrados en el amor;
– despertar una inquietud por lo sagrado y lo trascendente;
– inculcarnos que somos parte de una comunidad, los unos para los otros;
– alentarnos a construir el Reino, lo que da sentido a nuestra vida.

Por eso —pese a las caídas e insuficiencias de Pedro y sus sucesores— Cristo fundó la Iglesia con el mandato de evangelizar al mundo. En efecto, sin la Iglesia institucional, con todos sus claroscuros, no se habría podido transmitir esa fe de generación en generación.

Sin embargo, por importante que sea la Iglesia, Jesucristo es el fin. La Iglesia sólo es eficaz en la medida que nos orienta hacia Él, su testimonio y su palabra. Por eso esta crisis es doblemente grave, sobre todo para quienes inadvertidamente pusieron su fe en la Iglesia y sus autoridades, en vez de en la persona de Cristo.

No obstante, confiamos en que esta necesaria renovación purificará nuestra fe. Y hay que reconocer que junto con lo negativo también hay muchos signos de esperanza, como la existencia de comunidades de base en torno a las parroquias donde las personas muestran su deseo de profundizar su fe más allá de la misa dominical. Otro es el aporte de numerosos movimientos (Carismáticos, Catecúmenos, Comunión y Liberación, CVX, Familia Espiritual Charles de Foucauld, Focolares, Opus Dei, Schoenstatt, Apostólico Manquehue…) por medio de los cuales los laicos pueden vivir más intensamente su fe, cada uno según su carisma.

Con todo, el signo más importante está en la evolución del pensamiento de la Iglesia sobre lo temporal y lo sobrenatural. Durante siglos prevaleció en ella la idea de que la vida religiosa era el estado más perfecto, puesto que se centraba en lo importante y trascendente, la unión con Dios; mientras que los laicos se dedicaban a lo secundario y transitorio: las cosas de este mundo.

Sin embargo, la reflexión de la Iglesia sobre el mensaje de Jesucristo ha ido madurando, llegando a concluir que el Reino de Dios no es del más allá, si no que comienza con Jesús en el más acá. A la construcción del Reino estamos llamados sus seguidores, todos, no sólo unos cuantos. Seremos juzgados según hayamos contribuido a la construcción de una civilización basada en la fraternidad y el amor, tarea principal de los laicos.

Los hermanos protestantes fueron quienes primero desarrollaron esta idea —500 años atrás—. En esa misma época se encuentran otros exponentes de esta vocación de servicio de los laicos, como lo predicaba San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales. En el siglo XX, esta vocación pasa a ser carisma central de numerosos movimientos laicos. Y el Concilio Vaticano II lo explicita en su plenitud para la Iglesia universal.

PROPUESTAS CONSTRUCTIVAS

Queremos una Iglesia:

1. Centrada en Jesús y su proyecto de vida;
2. que vive y simboliza lo que predica;
3. evangélica y misionera;
4. cuyo magisterio esté centrado en lo esencial;
5. que distinga entre los ideales y las normas morales básicas, y
6. cuya institucionalidad esté acorde a Su mensaje.

Por cierto, la Iglesia nunca alcanzará la perfección, pues está compuesta de personas como nosotros, débiles y pecadoras.

1. Una Iglesia centrada en Jesús y su proyecto de vida

En tiempos pretéritos la fe era impuesta por la autoridad de la época. Si el monarca era cristiano, se generaba una cultura e instituciones favorables a la difusión del cristianismo. Esta cultura masificó la fe, pero a expensas de su profundización.

Hoy ya no hay una cultura dominante. Coexisten múltiples sub-culturas y creencias. De ahí que la fe es cada vez más una opción de convicción, fruto de un encuentro personal con Jesús, e incentivada por el testimonio de cercanos.

Para inducir tal encuentro, nuestra evangelización debe aterrizar el mensaje de Jesús a las necesidades del hombre y de la mujer de hoy. No obstante, el progreso alcanzado por la sociedad, siguen vigentes las preguntas de siempre. ¿En qué consiste una vida plena? El sentido de mi existencia ¿se reduce a maximizar el placer del momento? ¿En qué ideales y valores voy a construir mi vida? El mensaje de Jesús para la humanidad viene a responder tales inquietudes. Por cierto, el cristianismo no es la única cosmovisión presente, pero dudamos que haya alguna con un mensaje tan poderoso para mover al ser humano como el Sermón de la Montaña, ni un proyecto que dé más sentido a las personas que el de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Además, qué mejor fuente de seguridad y felicidad puede haber que la de arrimarse a un Padre Bueno y Misericordioso. Y lo que hace aún más atrayente y creíble el mensaje y propuesta de vida de Jesús, es que lo que predicó lo vivió hasta la muerte. Esta consecuencia, atrae, sobre todo en una era, como la nuestra, sospechosa de instituciones, pero sedienta de testimonios.

2. Una Iglesia que vive y simboliza lo que predica

Toda época rechaza la incoherencia entre lo que se predica y lo que se practica. Fue el mismo Jesús quien nos aconsejó que siguiéramos lo que enseñaban los doctores de la ley, pero no lo que practicaban. Nuestra época es particularmente sensible a esta incoherencia e hipocresía.

Pensamos que parte importante de la popularidad que despierta el Papa Francisco se debe a su sensibilidad por los símbolos. En lugar de residir en los amplios y suntuosos departamentos del Vaticano, opta por vivir en el pensionado para sacerdotes. En vez de movilizarse en un vehículo de lujo, usa un auto pequeño. Él se declara Obispo de Roma y visita periódicamente a sus habitantes. No sólo bendice a las personas si no que pide sus oraciones. Este actuar suyo, consonante con la sencillez de Jesús y del Evangelio, le da credibilidad a sus palabras, lo que atrae tanto a creyentes como no creyentes.

Desafortunadamente el ejemplo del Papa Francisco es más la excepción que la regla. Demasiados símbolos tradicionales de la Iglesia alejan en lugar de atraer. Jesucristo predicó que el que quiere ser primero sea último en honor y primero en servicio. ¿Es congruente este mensaje con los títulos que emplea la jerarquía: Reverendísimo, Excelentísimo? ¿No son anacrónicos tales títulos? Tal vez en la era monárquica pudo haber tenido algún sentido llamarse “Príncipe de la Iglesia”, como se titulan los Cardenales, pero ¿puede serlo hoy? ¡El único príncipe que se menciona en el evangelio es Satanás! Y ¿cómo es posible que las oficinas del arzobispo de Santiago se sigan llamando el “Palacio” Arzobispal? Sabemos que ahí se trabaja y se sirve al Pueblo de Dios, pero su nombre evoca el poder y no el servicio, que es el valor esencial en la Iglesia de Jesucristo.

Asimismo, muchas de las ceremonias litúrgicas son pomposas, llenas de incienso y vestimenta arcaica, que tuvieron sentido en una época, pero que resultan ajenos a la cultura actual. ¿Se sentiría cómodo Jesús con tales ritos? Sin duda vería la buena intención, pero ciertamente es un estilo antagónico con su forma de vida. ¿No sería más atrayente hoy optar por símbolos eclesiales más acorde con la sencillez y pureza interior predicada por Jesús y sus discípulos, pescadores de Galilea?

3. Una Iglesia evangélica y misionera

Reconocemos que servir al Pueblo de Dios es un desafío grande, pero dicha tarea no es suficiente. Esta todo el mundo de los no creyentes. Por eso el Papa Francisco nos invita a “salir de la capilla” y de nuestra zona de confort y predicar en la plaza pública. Una iglesia que no evangeliza no es iglesia. Si no estamos profundamente convencidos que los no creyentes se están perdiendo la riqueza de conocer y seguir a Jesús, entonces debemos dudar de nuestra propia fe.

Ahora que la fe no llega por la cultura ¿cómo interesar a las personas de buena voluntad, en búsqueda de la trascendencia y sedientos de descubrir el camino hacia una vida plena? Un lugar privilegiado, es a través del sistema educacional y las clases de religión. En efecto, es en la adolescencia cuando la mayoría de las personas decide qué quiere hacer con su vida y qué valores van a sustentarle en su camino. Desgraciadamente, con contadas excepciones, la clase de religión es pobre, más apta para niños que para jóvenes. Su contenido a veces deslinda con la superstición, induciendo a dejar de lado la razón en lugar de usarla. No en balde muchos jóvenes abandonan la fe por considerarla puro mito, tal como dejan de creer en el viejito pascuero.

Por eso, consideramos imperativo que se convoque a nuestros mejores teólogos y pedagogos a diseñar programas modernos de religión para la juventud, a la altura de sus inquietudes, aspiraciones e intelectos; que los entusiasmen con los ideales de Jesús, su propuesta de vida y su ejemplo. Ello requerirá mejorar drásticamente la preparación de profesores de religión, incluyendo el entrenamiento de laicos voluntarios de otras profesiones.

Evidentemente, ofrecer tales programas no garantiza que todos los jóvenes tomarán la opción creyente —no hay nada que lo garantice—. Pero al menos habrán estado expuestos e instruidos en una fe adulta y atrayente, para que la semilla plantada germine más adelante.

4. Una Iglesia cuyo magisterio está centrado en lo esencial

Mateo 25 nos indica que en el Juicio Final entrarán al Reino los que “dieron de comer al hambriento y de beber al sediento, los que recibieron al forastero, vistieron a los sin ropa, visitaron a los enfermos y a los encarcelados”. Esto muestra que para Jesús lo esencial para la salvación es la ortopraxis, no la ortodoxia. Ello implica revertir los actuales énfasis desde la pureza doctrinaria a la pureza (nunca plenamente alcanzable) de la praxis.

La doctrina es importante sólo en la medida que nos lleva a la ortopraxis. Cuáles son esas doctrinas que llevan a la ortopraxis es materia de reflexión y discusión. Pero nos parece ser un conjunto de dogmas mucho más reducido de los que pueblan el catecismo actual. El Credo puede ser un buen punto de partida (y tal vez de llegada).

Además, es necesario distinguir entre las doctrinas de fundamental importancia, y doctrinas de segundo o tercer nivel de relevancia. Las doctrinas de “primera importancia” serán aquellas que se han mostrado históricamente como las que más acercan a Jesús y a su mensaje, por lo que pueden considerarse condicionantes para profesar la fe católica. Las doctrinas de “segunda” o “tercera”, deberían ser las que complementan las de “primera” o ayudan a algunos a acercarse a Jesús.

¿Serán doctrinas de la misma importancia para la fe: el pecado original, la teoría de la expiación, el purgatorio, las indulgencias, los pecados capitales, la marianología, los mandamientos de la Iglesia; como lo son la Divinidad de Jesús y la Santísima Trinidad, el amor a Dios y al prójimo, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, el perdón de los pecados y la vida eterna? En suma, deberían ser considerados de primera importancia todos aquellos conceptos contenidos en los evangelios y la iglesia primitiva. De no hacerse esta distinción, se corre el riesgo de confundir lo que es fundamental para una vida cristiana, de lo que no lo es y, por ende, de crear problemas y dudas innecesarias en asuntos no esenciales para lograrla.

Esta distinción de una fe basada más en lo esencial y menos en lo accesorio, ¿no nos conduciría además hacia un acercamiento con nuestros hermanos ortodoxos y protestantes?

5. Una Iglesia que distinga los comportamientos ideales de las normas morales básicas que deben cumplir sus fieles

Jesús no fue nunca “manga ancha” con la ley. Fue exigente, mucho más allá de esta. Para Él no basta el cumplimiento externo de la ley si no el deseo e intención de corazón. Por eso, por ejemplo, el destruir la reputación del otro es una manera de matarlo; así como mirar con lujuria a una mujer es una forma de adulterio. Sin embargo, no sólo fue exigente, si no compasivo con el caído. Es lo que nos indica en la parábola del hijo pródigo. Es lo que hizo al perdonar a la mujer adúltera. Nos llama a ir más allá de los mínimos- a superar al fariseo que se jacta de su virtud en cumplir la ley; pero es compasivo con el que se reconoce necesitado del perdón, como el publicano que se golpeaba el pecho por sus pecados.

La Iglesia no debe dejar de motivarnos hacia el ideal que nos propone Jesús. Sin embargo, tiene que reconocer que hay una diferencia entre el ideal a que Jesús nos llama —aspirar a lo máximo— y lo mínimo que se le debe exigir a un feligrés, simplemente por ser persona. La Iglesia ha desarrollado este distingo en muchos temas, por ejemplo, en el manejo de nuestros bienes materiales. Jesús dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos. Además, le propuso al joven rico que si quería ser perfecto vendiera todos sus bienes y se los regalara a los pobres y luego lo siguiera a Él. La Iglesia ha interpretado esta pobreza “evangélica” propuesta por Jesús, como un ideal al que todo cristiano debería aspirar; pero no considera su incumplimiento un pecado mortal. La persona que le paga un salario justo a sus trabajadores y gana una remuneración limpiamente por su esfuerzo es honrada; cumple con el mínimo (de la ley natural), aunque diste del ideal cristiano de compartir todos sus bienes con los más necesitados.

Asimismo, el ideal de amor al prójimo sería “poner la otra mejilla” si uno es atacado. Sin embargo, el mínimo es frenar nuestro instinto de venganza y cumplir con la justicia. En otros casos hemos elevado lo que es un ideal a lo mínimo exigido por la moral. Un ejemplo de ello es el ideal del matrimonio: que sea un amor de por vida. Es lo que cree y desea toda pareja al casarse; es lo que se refleja en la poesía y los juramentos espontáneos de fidelidad eterna de los enamorados de todos los tiempos; es lo que nos dice Jesús que fue la intención de Dios, cuando le preguntan sobre el divorcio permitido por Moisés. Pero ¿es la indisolubilidad matrimonial el mínimo exigible a toda persona, por lo que sería pecado mortal divorciarse y volver a casarse? o ¿no será este un ideal al que debemos aspirar, pero no el mínimo exigible? Ese distingo entre el ideal matrimonial y el mínimo exigible es lo que hace que nuestros hermanos ortodoxos, así como protestantes, permitan que personas cuyos matrimonios fracasaron —después de un auténtico intento de reencuentro— se divorcien y puedan volver a casarse, siguiendo en comunión con la Iglesia.

Algo similar podría decirse de las relaciones sexuales. El ideal es que sean signos de amor en una relación estable y permanente (matrimonio). Y sin duda es necesario seguir insistiendo en el ideal de relacionar sexo con amor, sobre todo en una sociedad como la actual donde se llega a banalizar el acto sexual reduciéndolo a un puro placer narcisista. Pero ¿no habríamos de distinguir entre relaciones sexuales promiscuas, sin amor, de relaciones pre-maritales donde el acto de amor es eso: una expresión de amor entre los dos, aun no siendo matrimonio?

Como en todos los temas morales la última palabra la tiene la voz de la conciencia abierta e instruida, predispuesta a dudar del impulso del deseo y a contrarrestarlo. Con todo consideramos que la moral católica se beneficiaría de una revisión sistemática de sus posturas tradicionales bajo la lupa del distingo entre lo que es ideal y lo que es el mínimo exigible a cada persona.

6. Una Iglesia cuya institucionalidad esté acorde a Su mensaje

Hay distintos carismas en la Iglesia, todos necesarios: el de los laicos, construir el Reino; el del clero, predicar, administrar los sacramentos y animar a los laicos; el de los obispos, orientar y organizar la evangelización y mantener la unidad del pueblo de Dios; el del Papa como “primus inter pares”, de mantener la unidad de la Iglesia.

Sin embargo, con los siglos se han privilegiado algunos de esos carismas y atrofiado otros. De tal modo que la Iglesia se asemeja hoy mucho más a la estructura de un “ejercito prusiano” que a una comunidad de fieles, con una cúspide sobre empoderada y una base pasiva y obediente. El Papa ha llegado a ser “la” autoridad, casi todopoderosa, en doctrina, en moral y en el gobierno de la Iglesia; apoyado por la Curia, una “élite” poco transparente, hermética, autocomplaciente y alejada de la grey. Una cosa es escuchar con apertura y debido respeto las palabras y enseñanzas del Papa y otra es pretender que todos sus dichos son dogmas. De hecho, apenas dos de las enseñanzas posteriores a la declaración de infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I son consideradas dogmas por los teólogos: la Inmaculada Concepción y la Asunción de la Virgen (y en ambos casos se dijo que simplemente se estaba ratificando la creencia y práctica del Pueblo de Dios por siglos).

Los teólogos distinguen entre el magisterio extraordinario (infalible) y el magisterio ordinario. El magisterio ordinario es el del día a día, partiendo del catecismo, las prédicas dominicales en la parroquia, las cartas del Obispo o del Papa, las declaraciones de la Conferencia Episcopal, e inclusive Concilios universales orientadores (como el Vaticano II, que no intentó “definir dogmas”). Ahí sin duda se encuentra la sabiduría acumulada de la Iglesia por siglos, pero ahí también hay cizaña: teologías equivocadas, prejuicios culturales, enfoques parciales y aseveraciones francamente erradas. En su conjunto es muy relevante y beneficioso, pero no hay que sacralizarlo todo. El magisterio infalible es ese conjunto de doctrinas importantes y relevantes para la salvación (aunque, como dijimos arriba, ninguna es esencial salvo la ortopraxis de Mateo 25), que distingue primordialmente a los cristianos de los no cristianos y no creyentes y, secundariamente, los católicos de los cristianos no católicos. El magisterio ordinario es amplísimo. El magisterio infalible, referente a declaraciones excepcionales de Concilios y del Papa, es muy reducido, cuyos límites sigue siendo aún materia de discusión entre los teólogos.

Sabemos que Jesús prometió estar con su Iglesia hasta el fin del tiempo “para que las puertas del infierno no prevalecieran sobre ella”. Más nos parece tarea urgente de los teólogos precisar hasta donde se extiende esta promesa de Jesús de proteger su Iglesia de errores fundamentales irremediables. Ello requiere delimitar ese magisterio infalible a lo esencial del mensaje de Jesús. Como un paso en la dirección de aclarar los límites del magisterio extraordinario, consideramos prometedor la distinción anterior entre doctrinas de primer orden para ayudar a la salvación, y otras que son secundarias.

Por otra parte, por mucho respeto que nos merezca el Papa y su magisterio, no todo lo que él o sus antecesores dicen y hacen, es necesariamente bueno y correcto. También pueden equivocarse gravemente en sus nombramientos, sobre todo si no escuchan al episcopado y al laicado. Hay signos esperanzadores: la corrección fraterna al Papa Francisco por el obispo de Boston cuando Francisco trató de calumnias las acusaciones al Obispo Barros; también es admirable la constancia de la comunidad de Osorno que insistió en no aceptar al Obispo, pese a que este contaba hasta hace poco con la confianza del Papa. La “corrección fraterna” va en ambas direcciones, no sólo de arriba hacia abajo (lo típico hoy en día), sino también desde ésta hacia la autoridad (dónde aún falta mucho).

Si en la práctica, el papado está sobredimensionado en su papel y autoridad, los obispos están demasiado reducidos en lo suyo. Esto implica reconocer institucionalmente la colegialidad de los obispos tanto en el ámbito nacional como universal. Ellos trazan su autoridad directamente desde los apóstoles. Son tan obispos como el Obispo de Roma. Grandes decisiones en materia de doctrina, moral o rito deberían ser fruto de una reflexión colegiada de los obispos en un Concilio universal, convocados por el Papa, sucesor de Pedro y Obispo de Roma.

El rol de los laicos en la Iglesia está casi totalmente atrofiado debido al clericalismo reinante de hace siglos, basado en una teología que caducó con el Vaticano II. Ese Concilio insistió no sólo en que el Reino de Dios comienza en este mundo si no que su construcción es de todo el Pueblo de Dios. Laicos y religiosos somos igualmente responsables, cada uno con su propio carisma.

No obstante, el clericalismo perdura en la práctica —tanto en el clero como entre los laicos—. Por ejemplo, en estos últimos acontecimientos de la Iglesia en Chile la voz de los laicos ha sido un gran ausente. Los laicos hemos sido espectadores, cada uno preguntándose ¿Por qué la “Iglesia” permite estos abusos? ¿Por qué los obispos y/o el Papa no hacen algo? Pero salvo contadas excepciones, los laicos hemos tomado palco. Por cierto, los laicos no fuimos consultados por la jerarquía cuando estalló la crisis actual. Pero nada ni nadie nos impidió opinar libremente una vez que se conoció. ¿Dónde está la opinión de los laicos? Más bien, ¿dónde están esas opiniones?, pues seguramente habrá una gran diversidad de puntos de vista. Si los laicos desean ser escuchados, ante todo deben expresarse. Y deberá incorporarse esa voz de los laicos institucionalmente a la estructura de la Iglesia. Cada parroquia tiene, en teoría, un consejo laical y nos imaginamos, el obispo también tendrá el suyo. Pero al parecer funcionan al arbitrio del párroco u obispo. ¿Ha de tener el consejo laical un rol puramente asesor o debe tener un rol vinculante en algunos temas? ¿Podrá sugerir la remoción de un párroco o un obispo? ¿No deberá ser al menos consultado antes del nombramiento de unos y otros? ¿Qué rol institucional deben de tener los movimientos laicos?

Además, hay que reconocer que los que más trabajan pero menos participan en decisiones dentro de la Iglesia son las mujeres. Tal vez, para algunos sea demasiado pronto la idea del sacerdocio femenino. Sin embargo, todos concordarán que la mujer debería tener un liderazgo en la Iglesia semejante al del hombre. Y esto debería reflejarse en los distintos consejos laicales y en la conducción de la Iglesia, despojándola del machismo que la ha caracterizado históricamente.

Finalmente, unas palabras sobre el clero. Nuestros corazones están con esa mayoría de sacerdotes y monjas que trabajan día a día en el apostolado sin mayor reconocimiento, y que hoy tienen que cargar con la cruz de ser sospechosos de abusos y corrupción por la acción de los menos. También sufrimos por ese gran número de curas de pueblo o único cura de parroquia que viven vidas tan abnegadas y en gran soledad. Mas esta última cruz no es necesaria. La vida sacerdotal es suficientemente exigente, casi heroica, para exigir además la soledad afectiva del celibato. Nos parece que es tiempo de volver a la práctica de antaño en Occidente y vigente hasta el día de hoy en los ritos orientales de nuestra propia Iglesia católica, que los sacerdotes, al menos los diocesanos, puedan ser casados. El celibato sería requisito sólo para la vida monacal y las órdenes religiosas cuya labor así lo requiera.

CIERRE

Sin duda nuestras aseveraciones son incompletas; faltarán matices y habrá más de alguna errada. Y aunque fuera pertinente todo lo que decimos, lo aquí propuesto no es “el” camino si no, a lo más, unos pasos en la dirección que estimamos correcta. Sabemos que son muchos, con otras ideas de cómo y por dónde ir. Bienvenidas sean esas propuestas. Los que sientan que en lo grueso esta carta representa su sentir los invitamos a adherir a ella. Pero igual de importante, los que no estén de acuerdo o sientan que son otros los caminos, los invitamos a expresar públicamente su sentir. Pero comencemos a andar, pues como Jesús mismo nos dijo, “la cosecha es abundante pero los trabajadores pocos”. La Iglesia no es sólo asunto de los religiosos. Es hora que los laicos asumamos el rol que nos corresponde en el Pueblo de Dios.

Santiago de Chile, junio 2018

Mafalda Abuhadba S. Mónica Domínguez H. Mireya Oyanedel F.
Cecilia Arancibia C. Gerardo Domínguez H. Andrea María Palma C.
Mónica Arellano C. Patricia Domínguez H. Wendy Raby O.
Rodolfo Armas M. Francisco Duboy U. Joseph Ramos Q.
Gloria Baeza F. Laura Edwards V. Iván Rojas T.
Benito Baranda F. Josefina Errázuriz A. Mario Rubio M.
Antonio Bentué B. Mary Ann Fones I. Daniela Sánchez S.
Carmen Cortázar S. Ximena Fuentes M. María Elena Sánchez U.
Alvaro Covarrubias R. Patricio Gross F. Hernán Santa Maria B.
Marta Cruz-Coke M. Patricia Mac-Donald María Luisa Sepúlveda E.
Alvaro de la Barra G. Jorge Mardones A. Enrique Strobl R.
María Eugenia de la Jara G. Sergio Micco A. Fernando Tagle Y.
Magdalena del Río C. María Estrella Montero C. Alberto Valdés E.
Carlos del Río L. Maria Eloísa Morel M. Ana Maria Valdés R.
Carolina del Río M. Sergio Muñoz L. Regina Valdés B.
Raimundo Díaz C. Anita Olave V. Isabel Vial D.
Alfonso Diaz Q. Pilar Ossa O. Begoña Villanueva B.

* Nota: Los que deseen adherir a esta carta pueden hacerlo en [email protected]

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