Lo más decisivo somos nosotros mismos, lo que hacemos con nuestras vidas

El único Dios que existe es relación, pura relación. Relación de amor.

Sería bueno no desperdiciar el tiempo de este encierro obligatorio y emplearlo en lo que, aunque es lo más decisivo de nuestras vidas, con el trajín de cada día tiene el peligro de ser dejado de lado. Lo más decisivo somos nosotros mismos: lo que hacemos con nuestras vidas. Nuestra condición de personas.

Las relaciones están en el origen de nuestras vidas: ellas, relaciones de amor, de entrega de sí a nosotros, nos han posibilitado llegar a ser lo que somos. ¿Por qué, al contrario de lo que nos mete el orden globalmente establecido por todos los sentidos, las relaciones son lo trascendente y fecundo?

Para nosotros, los cristianos, la respuesta es muy simple: nuestro Dios es relación. Decía el Papa en la Laudato Si’, citando a santo Tomás: “Las personas divinas son relaciones subsistentes”. Esto significa que no es que exista el Padre, el Hijo y el Espíritu y se relacionen. En ese caso existirían tres dioses. Lo que existe es la relación. Ella a la vez diferencia: el Padre, el Hijo y el Espíritu; y une: un solo Dios verdadero. El Dios que nos han enseñado es el dios sustancia de la metafísica griega: el monarca divino, la proyección sublimada de la pirámide social. Dios es el que más manda, pero a diferencia de los que mandan en este mundo, él busca nuestro bien. Gracias a Dios, ese dios no existe. El único Dios que existe es relación, pura relación. Relación de amor. Decir Padre o Hijo es decir relación. El Padre solo es Padre por el Hijo y el Hijo solo es Hijo por el Padre. La relación pone la diferencia: hace que el Padre sea Padre y que el Hijo sea Hijo; y la mantiene unida: ambos son un solo Dios.

Si nosotros no nos relacionamos con nadie o si nuestras relaciones son meramente utilitarias y no de entrega gratuita de nosotros mismos, no nos parecemos nada a Dios. Cuanto más recibamos la entrega gratuita de los demás y nos entreguemos horizontal y gratuitamente, más nos parecemos a Dios. Se nota que la entrega es genuina cuando diferencia: yo quiero que los otros sean no como yo, sino lo mejor de ellos mismos y así se constituyen las comunidades y los cuerpos sociales, que son nosotros: primera persona de plural donde los yos se encuentran trascendidos y realizados.

Esa entrega es lo único que él nos pide. La doctrina, los preceptos y los ritos solo tienen sentido en cuanto vehiculen esa entrega. Pero lo que vale es la entrega.

La realidad, como creada por Dios, es por eso una red de relaciones, como no se cansa de decir el Papa en la Laudato Si’. Por eso, si nosotros apostamos por ser individuos autorreferenciales y autocentrados, nos descentramos de la realidad, nos hacemos irreales. En cuanto nos relacionamos simbióticamente hacemos justicia a la realidad y nos hacemos reales, nos realizamos.

Este encierro obligado puede ser un momento de gracia si nos sirve para echarle cabeza a todo esto y decidirnos por las relaciones de entrega de nosotros mismos y de recibir tantas entregas.

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Fuente: https://revistasic.gumilla.org

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