Mi religión no me lo permite

El hombre no tiene un cuerpo y un alma disociados, sino una unidad indivisible que cuando se quiebra, él muere.

Hugo Polcan

29 septiembre, 2021, 2:42 pm
17 mins

El tema de la relación entre religión y psicología siempre ha estado impregnado de delicada complejidad, pero a la vez de fecunda complementación, por lo cual es importante purificarlo de errores y prejuicios que lo enturbian innecesariamente. En la práctica, la sensatez ha ido superando antagonismos y hoy la atención está puesta con preferencia en que cada una cumpla lo mejor posible su misión.

“TEOLOGÍA DE LAS REALIDADES TERRENAS”

La humanidad había ido desplegando su proceso histórico durante milenios, desarrollando el conocimiento de sí y del mundo, de la ciencia, de la filosofía y de las artes… y de pronto irrumpió la figura de Cristo transformando la realidad con un sentido nuevo. Algunos de los primeros cristianos se plantearon: “El Reino ha venido, y ¿ahora qué? Este mundo terrenal ya cumplió su vigencia y su sentido y en poco tiempo llegará el Final”. Hasta que se comprendió que estaba la misión de llevar el Evangelio a las naciones y extender el Reino hasta el fin de los tiempos. Y que lo terrenal no quedaba anulado sino transformado, y esta vida debía ser asumida, revitalizada y sublimada, pero las leyes naturales continuaban su vigencia.

De modo que el hombre no tiene un cuerpo y un alma disociados, sino una unidad indivisible que cuando se quiebra, él muere. Con la realidad cristiana la carne ha sido bautizada y lo corporal ha sido incorporado a lo espiritual, en alguna forma transfigurado (1), pero sin dejar de ser tal. Dentro de esta perspectiva debe ser enmarcado el tema “religión y psicología”.

PSICOLOGÍAS Y RELIGIONES

Plantearse la supuesta oposición entre psicología y religión es partir de una idea falsa, porque ninguna de las dos existe: son nociones genéricas y abstractas. Existen “las religiones y las psicologías”. De hecho, la gente tampoco tiene definido qué es una psicología y qué es una religión.

Por lo general, llaman psicología a toda influencia, principalmente verbal, con lo que se busca la salud (¿mental? ¿emocional? ¿integral?) del otro. Pero la cuestión es que para definir la salud no basta con la psicología. La respuesta a “qué es una vida sana” la puede dar la convergencia de la medicina, la filosofía y las otras ciencias. Y así resulta que la psicología no es absolutamente autónoma y debe ser guiada por la Ética acerca de “lo que es bueno y lo que es malo para el hombre”.

De hecho, la psicología es una de las palabras más usadas y más tergiversadas de la actualidad. Hoy llevan ese nombre el psicoanálisis, la terapia sistémica cognitiva conductual, las constelaciones familiares, la hipnosis, la meditación trascendental y hasta el fulness, la autoayuda, las flores de Bach, el control mental y el tarot. Es decir, un indigerible conjunto de variedades. Y en el orden práctico, se dan situaciones complejas y polémicas. Por ejemplo: para el que no cree en la homeopatía, no es más que una terapia “por sugestión”. Por otro lado, para la mayoría de la población, religión es todo sistema de creencias de orden espiritual. Pero ¿implica una fe en Dios? Y ¿en qué Dios? El concepto es difuso. Se consideran religiones el cristianismo, el islamismo, el judaísmo, el budismo y hasta los rituales de la macumba y la astrología. En consecuencia, habrá que ver en cada caso cómo son, en concreto, las relaciones entre una psicología en particular y una religión determinada, cuáles son sus afinidades y cuáles sus antagonismos, cuáles sus coincidencias y cuáles sus incompatibilidades. Toda generalización apresurada será simplista e irrespetuosa.

En el caso del cristianismo, habrá que tener en cuenta un aspecto peculiar. Si consideramos la religión como un conjunto de creencias, ritos y normas, el cristianismo no sería propiamente una religión porque su esencia es una persona, Cristo. Los aspectos ideológicos y normativos devienen una consecuencia posterior, la mayoría sujetos a cambios históricos y culturales (2). Como conclusión general, se puede decir que las psicologías liberan de los condicionamientos y la fe propone qué hacer con la libertad obtenida (3).

¿MATERIA O ESPÍRITU: LAS DOS CARAS DE LA LUNA?

En nuestra milenaria tradición cultural, las implicancias filosóficas, éticas, psicológicas y religiosas del pensamiento sobre el ser humano estaban mancomunadas y prácticamente no se diferenciaban. Pero en el siglo XVII se impuso la mentalidad del Modernismo, que abrió una profunda escisión entre materia y espíritu, lo corporal y lo mental, lo inmanente y lo trascendente, y luego la psicología se desprendió de sus raíces y se convirtió en disciplina autónoma. La culminación de esa disociación se produjo con el psicoanálisis. Un claro ejemplo de los prejuicios y absurdos propios del fanatismo de la época es la concepción de Freud según la cual “la religión es una neurosis obsesiva”. Hoy, para todos los autores está claro que en el TOC (trastorno obsesivo compulsivo) puede haber obsesiones religiosas, pero también agresivas, sexuales, somáticas, coleccionistas, de orden y precisión, de responsabilidad… Allí, la religión no es el origen y ha sido instrumentada por la neurosis como campo electivo preferencial y un pretexto inconsciente donde proyectar los conflictos.

En definitiva, sobreabundaron los errores y los prejuicios de ambas partes, pero paulatinamente se fue produciendo un proceso conciliador, de modo que en la actualidad podemos hablar de un profundo vínculo de complementación entre los campos psicológico y religioso.

Claro que también en los vínculos entre ambos ámbitos, las falsas motivaciones y los subterfugios no faltan y ofrecen una variada multiplicidad. “Mi religión no me lo permite” es la típica ironía que señala el recurrir a una pauta religiosa para no asumir algo que nos disgusta por otro motivo. Al mismo tiempo, hay quienes desvirtúan su posición religiosa al ejercer su afán de dominio sobre otros. En muchos casos, la psicología ayuda a desenmascarar desvíos religiosos o a abandonar normas eclesiales que ya no son útiles o han perdido su sentido primigenio. Así, las ciencias sociales y psicológicas hacen aportes que ayudan a la Iglesia a cumplir su misión. Por ejemplo, podemos decir que la Ética le enseña al hombre lo que debe hacer, y la Psicología señala lo que puede o no puede en cada caso. A su vez, la visión religiosa estimula y orienta todo el material humano liberado por las ciencias, y amplía y enriquece los horizontes humanos en pos de una plenitud.

El más claro ejemplo de apertura de la visión cristiana hacia las realidades psicológicas de la ética, el deber, la conciencia y la culpa está en el enunciado taxativo, de honda repercusión para el derecho, la justicia, la educación, la psiquiatría y la psicología que dice: “La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales” (4). Esto sin olvidar el enorme aporte cristiano en la defensa de los derechos y la justicia social y en el acompañar con comprensión y paciencia los procesos de crecimiento humano que se van construyendo cada día. En los momentos de crisis, especialmente como la actual, se pone de relieve el valor que el mensaje del amor al prójimo y la misericordia significa para la fortaleza de la comunidad.

LA INDUSTRIA DE LA FELICIDAD Y LA ESPIRITUALIDAD CAPITALISTA

La sabiduría oriental siempre alimentó altos valores morales, pero una “occidentalización” de métodos y prácticas hoy la desnaturalizan y la mezclan con un “cosmeticismo” americano superficial y narcisista. El estilo de vida de la globalización atiende al bienestar personal, el estado físico y su apariencia externa, con una abultada variedad de métodos, técnicas y productos: alimentación dietética, estado físico “saludable”, higiene corporal y mental, aromas y cosméticos de todo tipo, fitness… Y, en especial, se busca crear una imagen atractiva para los otros.

Por otro lado, las artes marciales, la meditación, el yoga y la relajación poseen una tradición milenaria y surgieron de una sabiduría profunda, no simplemente como una técnica útil sino como fruto de una concepción de vida e incluso de una cosmovisión religiosa. Hoy se las suele utilizar desgajadas de sus raíces, como un artículo de consumo, al servicio de un egocentrismo superficial propio de la mentalidad globalizada de la época. Al mismo tiempo, las inevitables necesidades espirituales de la población han hecho que la cultura economicista encontrara una espiritualidad con la que no entrara en conflicto. Así, “la práctica de meditación conocida como mindfulness es la nueva espiritualidad capitalista a la medida del mercado, a imagen y semejanza de McDonald’s”, según el profesor Ronald Purser.

Para Jon Kabat-Zinn, apodado “el padre del mindfulness”, estamos en medio de una “revolución de la conciencia”, al borde de un renacimiento global, y el mindfulness “puede ser realmente la única esperanza que la especie y el planeta tienen para sobrevivir los próximos doscientos años”.

Siendo una técnica de autoayuda mercantil e instrumental, resulta poco serio este lenguaje de profetismo autosuficiente y exagerado y la ingenuidad política de la “revolución consciente” resulta asombrosa. La industria del mindfulness, que se cotiza en mil cien millones de dólares, postula que la causa subyacente de nuestra insatisfacción y angustia es que no concentramos la atención en el momento presente. No se da cuenta que el estrés y el sufrimiento social son el resultado de desigualdades masivas, sino que lo atribuye a una crisis dentro de nuestras cabezas faltas de concentración. El estrés es simplemente “una fatalidad de la era moderna que debemos saber tolerar”.

El mindfulness y la industria de la felicidad comparten una despolitización del estrés. Según Mark Fisher, esto “ha llevado a una destrucción casi total del concepto de lo público” y a naturalizar y perdurar los sistemas tóxicos. La falsa revolución de la conciencia enfrenta los problemas de la injusticia social refugiándose en una pasividad política resignada.

Este movimiento se ha promovido a sí mismo como un remedio científico que espera que sane la llamada “enfermedad del pensamiento” de la civilización moderna. Se nos dice que, al practicarlo, podemos pasar de nuestro hacer frenético a un “modo de ser” más armonioso, solo con aprender a “soltar y a fluir” en situaciones estresantes. Pero el foco exclusivo sigue estando puesto en el individuo: “Solo tienes que estar en el momento presente y todo estará bien”. Además, la nueva inmunización supuestamente puede ayudarnos a prosperar en medio del estrés de la vida moderna y se comercializa como una forma de mejorar nuestra productividad y de convertirnos en trabajadores más eficaces. Esta actitud “momentista” conduce a un retiro permanente en el refugio psíquico individualista y egocéntrico como paliativo. Lleva a naturalizar y mantener los sistemas sociales deshumanizados. Busca convertirse en una religión o en una psicología de espiritualidad particular, inmanentista y autorreferencial, acorde con los desvaríos de la cultura vigente. Es una visión individualista y personal, en la que “yo me comunico directamente con la Divinidad”, opuesta al sentir cristiano, que es eminentemente comunitaria y en la que el fiel es miembro del Pueblo de Dios.

Como conclusión final: Los niveles de la inmanencia y de la trascendencia no se oponen, sino que se complementan. Y para las diferentes formas de sentir y de pensar, el camino propicio hacia el futuro es el de la comprensión, el diálogo, el respeto mutuo y el enriquecimiento a través del contacto con lo diferente.

(1) Expresión enfatizada por Desmond Tutu, presidente de la Comisión por la Paz y la Reconciliación durante el gobierno de Mandela.
(2) R. Guardini, La esencia del cristianismo. Ed. Cristiandad (2006).
(3) Ver el excelente artículo de Osvaldo de Piero “El desafío de superar el dualismo”, en Rev. Ciudad Nueva N° 629 (abril 2021).
(4) Papa Francisco, Evangelii gaudium N° 44 (2013).

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Fuente: www.revistacriterio.com.ar

Licenciado en Psicología. Escribe para revista Criterio de Argentina.