Pobreza: la madre de todas las batallas

La batalla cultural más importante que nos debemos como sociedad es elevar la cuestión de la pobreza extrema al centro del debate a partir de considerar que se trata de una responsabilidad colectiva.

José Luis Galimidi

09 junio, 2017, 3:48 pm
21 mins

“Había un cajón entreabierto, uno de los diecinueve cajones, pequeños y grandes, cuyo número impar y extraña disposición, de pronto me daba cuenta, cuando estaban a punto de serme arrebatados, había llegado a traducirse en una especie de misterioso orden interno que guiaba mi existencia, un orden que, si el trabajo marchaba bien, adquiría cualidades casi místicas” (La gran casa, Nicole Krauss).

El párrafo que dispara estas reflexiones pertenece a una novela de una escritora consagrada. Delicada y vigorosa a la vez, en mi apreciación de lego. Refiere, como se deduce con facilidad, a la sinergia empática que surge entre el espíritu de una trabajadora de la cultura y los espacios físicos y las pertenencias más privadas con las que ella convive. Un escritorio de roble, en el caso de este texto, como respetuoso homenaje al cuarto propio de Woolf. El fragmento también trasluce, me parece, esa sensación ambigua de fragilidad y de agradecimiento que generan los dones misteriosos que hacen posible nuestra existencia productiva, y de los cuales solo tomamos cierto grado de conciencia cuando están por “sernos arrebatados”. La idea, creo, se exporta sin fricciones a todas las dimensiones de nuestra existencia. Somos seres agraciados con un alma y un cuerpo que debemos cuidar y cultivar. Es una combinación vulnerable y poderosa a la vez, como una pieza de música de cámara. Igual que la música, está condicionada, para llegar a ocurrir, por una variedad de circunstancias técnicas y materiales; sin embargo, las pone a todas bajo su dominio cuando se realiza con plenitud. A las bestias les basta con un ecosistema propicio para poder ser guiadas por el puro instinto. A los santos les basta con el hálito certero del espíritu que los anima. A nosotros, los mortales del común, en cambio, junto con un carácter firme, nos resulta indispensable algún tipo de espacio íntimo, nutrido de amor y provisto de cosas. Solo así, cobijados por el microcosmos de un orden externo en el que veamos reflejado el respeto por la santidad de nuestra vida interior, podemos aspirar a vislumbrar un destello del sentido “casi místico” de la existencia.

No hace falta ser muy creyente, o romántico, o metafísico, para confirmar lo anterior. Basta con reparar en la seriedad y la firmeza con las que defendemos ciertos ambientes, ciertos objetos o hábitos personalísimos. Todas las personas cuerdas, por pragmáticas y escépticas que se consideren, apuntalan su trajín cotidiano con módicos rituales privados y con cosas que a un ajeno desprevenido e insensible le pueden llegar a parecer insignificantes, triviales o vanas. Un determinado juego de mate, un sobretodo, un reloj pulsera, una pluma fuente que nos legó un ser querido; la cena periódica con los amigos de siempre, la clase semanal de yoga; un rincón de la casa donde recogerse para leer el diario; el tallercito del fondo, el cantero del jardín; el piano, con su banqueta, su lámpara y las partituras sobre el atril; la escapada anual a cierto lugar de la costa; la rutina placentera del aseo personal. Cada uno sabe bien de su valor contundente y del bienestar que representan. Son los santuarios de nuestra intimidad. Son escenografías en las que expresamos nuestro gusto por la vida, nuestra capacidad para triunfar sobre el estado de necesidad y para sabernos ciudadanos del reino de la libertad.

La idea se entiende todavía mejor si la pensamos por la negativa. La vida se nos aparece muy gris, opresiva o miserable si la imaginamos absolutamente privada de estos pequeños —y esenciales— lujos de microclima. Alguien que dice no necesitarlos nos parece un robot. La mera supervivencia biológica no es suficiente. Es lo que suelen contar y escribir los que sufrieron la emigración forzada, la clandestinidad, internaciones prolongadas por enfermedad, cárcel sin garantías, dictaduras totalitarias. Además de angustia o furia, sentían una nostalgia infinita por la dignidad de los pequeños objetos y lugares, íntimos y cotidianos. Es perfectamente razonable el sentimiento de horror que nos provocan las imágenes de cristales apedreados, de libros e instrumentos musicales familiares quemados, de juguetes pisoteados, de ancianos amontonados detrás de un alambrado, de niños formados en un desfile fascista. Y para no ir tan al extremo, ahí está el estremecimiento que nos provocan los geriátricos, los psiquiátricos y los orfelinatos desangelados, sin presupuesto ni personal idóneo. Son todas figuras diversas de la misma espiritualidad profanada. Son la evidencia de que los hombres también tenemos una dimensión demoníaca; somos muy capaces de cometer el sacrilegio de descuidar y hasta de negar a los demás la santidad del bienestar íntimo que tanto defendemos para nosotros y para nuestros seres amados.

En un sentido ético, la sociedad liberal se fundamenta como resultante de la exportación de la sacralidad de lo íntimo en cada individuo hacia el espacio compartido por todos. En este aspecto, cada integrante cuenta como el que más. Todos tenemos el mismo derecho de expandir hacia lo común lo que sentimos más preciado en nuestro interior, así como compartimos la responsabilidad de respetar y de propiciar una expansividad similar por parte de nuestros semejantes. En el trabajo y en la expresión de las opiniones; en la asociación voluntaria, en la participación política y cultural, en el ejercicio de la función pública. De un modo u otro, todos somos trabajadores de la cultura, y entonces merecemos en la misma medida en que necesitamos que ahí afuera se reconozca y se propicie nuestra capacidad de aportar al ordenamiento, a la riqueza y a la belleza común. Y viceversa. Solo podemos habitar con serenidad los espacios y las situaciones de goce íntimo si los sentimos a la vez como refugio y como fruto legítimo de nuestro trajín. Ese orden casi místico de nuestra existencia del que habla Krauss nutre su validez a partir de la sana convicción de que lo estamos manteniendo y disfrutando en buena ley. El Evil de los totalitarismos, precisamente, consiste en su negativa a reconocer el derecho de cada persona a establecer una relación armoniosa y vigorosa entre su vida íntima y su existencia en público.

Ahora bien. Si aceptamos que hay una relación recíproca —ética y material— entre la calidad del espacio íntimo y los escenarios de la acción intersubjetiva, vemos que la problemática que plantean la pobreza y la indigencia es sumamente delicada. Los ciudadanos muy pobres no cuentan —a los efectos prácticos— como empleados, como trabajadores autónomos o como contribuyentes. No reciben el reconocimiento externo cotidiano que, al final de la jornada, los habilita para regresar a su intimidad y transmitirle un orden, importado desde su actividad socialmente valorada. Se les hace difícil constituirse en modelos de emulación para sus niños y jóvenes. Además, obviamente, tampoco cuentan con el volumen de recursos materiales y culturales suficientes como para construir y sostener un espacio propio de santidad íntima, para sí y para sus seres queridos. Saben o intuyen que tienen un derecho y un potencial que no se está actualizando, y esa carencia de desarrollo pesa en sus almas como déficit de autoestima. Soportan un malestar existencial del que no son responsables. Conjeturo que la violencia que ejercen algunos pibes chorros (N. de la R.: jóvenes delincuentes), a menudo innecesaria para los fines específicos del robo, es, entre otras cosas, un intento desesperado por hacerse valer ahí afuera, en el mundo de los incluidos, por decirle a los demás “yo cuento, y me lo vas a reconocer, aunque sea por las malas”.

No hay dudas, entonces, de que los niveles de pobreza extrema que se vienen registrando en la Argentina desde hace décadas son una expresión bizarra y patológica de nuestro sistema de convivencia. Si la utopía es la imagen de una sociedad óptima y feliz, que no queda en ninguna parte (en griego: “U”, partícula de negación, y también contracción de “EU”, excelente; “TOPOS”, lugar), la así llamada “pobreza estructural” argentina es una distopía, una utopía al revés. Es un escenario social pésimo, con carencias e infelicidades que no nos atrevemos a imaginar, pero que existe y que queda al lado y hasta adentro mismo de nuestras ciudades. Y la analogía invertida, todavía, se refuerza con lo siguiente: hay algo que es muy propio del discurso utópico, y consiste en desentenderse del problema de cómo sería el proceso histórico que lleve a su realización. Hablando con cierta precisión, la utopía no es un programa político. Critica lo vigente y celebra lo óptimo, pero no muestra el camino que va de uno a otro. Correlativamente, en el imaginario y en el cotidiano de aquellos argentinos que, mal que bien, tenemos las necesidades básicas cubiertas, la distopía de las villas de emergencia, de los asentamientos, de los territorios del paco, de las “mulitas”, de los jóvenes que ni estudian ni trabajan, del submundo de las prisiones, etcétera, es una situación que se tiende a asumir como parte del paisaje, como sucede con las favelas de Río de Janeiro. No se piensa demasiado en cómo llegaron a ocurrir, y, menos todavía, en cómo buscar una solución seria y comprometida al respecto. La pobreza y la indigencia, debido a una combinación de desánimo, desengaño respecto de la calidad moral y de gestión de la dirigencia y, digámoslo, también de repliegue insolidario de la sociedad civil en general, han pasado a ser consideradas, escandalosamente, como parte de la estructura. En términos políticos, no es numéricamente significativa la porción del electorado que pone al tope de sus demandas las políticas de Estado que encaren el problema de la exclusión.

No es que falten las iniciativas sociales, ni las respuestas afectivas intensas ante una determinada situación de catástrofe sanitaria, o natural. Y, desde luego, tampoco es que a los profesionales y servidores públicos que están en contacto directo con las situaciones de emergencia y penuria (jueces, médicos, docentes, asistentes sociales, policías, etc.) les falte compromiso o vocación de servicio. Más bien lo contrario. Lo que sucede es que, en términos macropolíticos, trabajan solos. Hay una distancia enorme entre los principios de nuestra Constitución, que postulan la santidad de una vida íntima de calidad, y la pobreza franciscana de recursos económicos, institucionales y comunicacionales con que se apoya la tarea de los agentes estatales que trabajan en la inclusión. Es un enorme espacio vacío en el que falta debate, conciencia y, básicamente, voluntad, tanto política cuanto societal. Hay, indudablemente, muchos compatriotas sensibles y decentes, pero tomada colectivamente, y a juzgar por sus resultados, la sociedad argentina es cruelmente excluyente.

El problema que se presenta aquí es que, históricamente, la socialidad moderna y liberal también se nutre de otra fuente filosófica, que se hizo fuerte, precisamente, en la indiferencia escéptica para con la dimensión sagrada de la existencia (especialmente, de los demás). La cara pragmática del liberalismo piensa en términos instrumentales, que son moralmente indiferentes. Concibe las instituciones y las prácticas como un orden utilitario, que equilibra pasiones y afanes de poder enfrentadas. El mismo impulso individualista que habilita la competencia económica entre los particulares es el que sospecha del ejercicio de la autoridad estatal como agente de contención y de promoción del bienestar social. En este segundo sentido, el ideario liberal aconseja oponerse —por principio— al aumento de atribuciones gubernativas. Cuantas más tareas e incumbencias se les reconocen a los gobiernos, más presupuesto y poder se está obligado a habilitarles. Desde esta perspectiva, la pobreza y la indigencia pueden llegar a ser vistos como un problema que genera inconvenientes económicos, de seguridad, de salubridad, de imagen, etcétera. Pero se estima como un factor distorsivo más, dentro de un esquema general que solo está diseñado para percibir costos y beneficios.

Dirigir y gobernar en la sociedad argentina, se ve, involucra contradicciones severas, tanto en lo práctico cuanto en lo conceptual. De un lado, hay que respetar la fuente pragmática de la legitimidad. Conservare lo stato es una responsabilidad muy compleja, porque requiere equilibrar las demandas de actores individuales y sectoriales que, con pleno derecho, cuidan intereses, y, para decirlo en términos puglesianos, no son proclives a escuchar con el corazón. En contextos de escasez, la disputa por los recursos suele ascender hacia los extremos en términos de intensidad, afectando la gobernabilidad misma. Pero, del otro lado, también hay que respetar las fuentes éticas de la legitimidad. En determinado momento se debe decidir dónde queda la línea que distingue entre meros contextos de dificultad y situaciones espiritualmente disolventes. En este segundo sentido, el ejercicio de la autoridad política implica una responsabilidad moral y pedagógica. Cuidando de preservar el espíritu liberal de no intromisión en las convicciones privadas, y de no contaminar las cuestiones de Estado con perspectivas de partido, gobernar en circunstancias de crisis también requiere reorientar la demanda; literalmente, educar al soberano.

La situación de exclusión de millones de conciudadanos atenta contra la integridad espiritual de la Nación, y lesiona severamente el sentido de sí de los argentinos que, de alguna manera, estamos incluidos en el sistema del reconocimiento sustantivo. Implica, además, una carga muy pesada para la conciencia de las nuevas generaciones, que tendrán la ardua tarea de deconstruir ese imaginario posmoderno en el que se ha naturalizado una situación perversa. Para decirlo con el Evangelio, es una sangre que no debería seguir cayendo sobre la cabeza de nuestros hijos.

Este es, entiendo, el verdadero eje de la batalla cultural que hace falta plantear. Poner la cuestión de la pobreza extrema en el centro del debate, y enseñarla como lo que es, una responsabilidad colectiva. Revalorizar la sana emoción del pudor como cemento social fundante, y desde la política buscar, como norte del combate ideológico, que una porción significativa del electorado se apropie del problema y lo ubique al tope de sus demandas ciudadanas. Para resignificar el relato y visibilizar la que, a mi entender, es la madre de todas las grietas, no estaría mal resignificar también la noción de empoderamiento. Ya no un eufemismo malversado para referirse a una transferencia de recursos monetarios que, sin contraprestación razonable, empobrece y clienteliza. Por el contrario, ayudar a pensar el poder como la capacidad consciente de beneficiar al semejante. Y empoderar, por tanto, a los no tan vulnerables con la responsabilidad colectiva de sofisticar la demanda.

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Fuente: www.revistacriterio.com.ar

Escribe para revista Criterio de Argentina.

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