Revista Mensaje N° 694. «Elicura Chihuailaf: Mensajero de las palabras sagradas»

La obra de este poeta mapuche galardonado con el Premio Nacional de Literatura representa una posibilidad de esperanza en este tiempo de definiciones, pues ha abierto puertas a otras voces de la poesía mapuche.

Paula Miranda Herrera

19 noviembre, 2020, 12:39 pm
18 mins

¿Por qué es tan relevante que este año 2020, en plena crisis global, tanto sanitaria, como social y climática, el Premio Nacional de Literatura en Chile haya sido otorgado al poeta y oralitor mapuche Elicura Chihuilaf? Porque es la primera vez en la historia de este Premio Nacional (inaugurado en 1942) y en la historia de todos los demás premios nacionales otorgados en todas las áreas (trescientos cuarenta y un premios en total) que un Premio Nacional se concede a una persona perteneciente a un pueblo originario en Chile, pese a que nuestro país se autoasume como una “entidad pluricultural y multiétnica” (Boccara, 2012). Pero esta no es la única razón ni la más importante. Este reconocimiento es fundamental, sobre todo, porque el poeta y su obra representan hoy una posibilidad de esperanza en medio de la actual encrucijada epocal: de ahí que su obra haya sido ya ampliamente premiada, traducida a más de veinte idiomas y que haya abierto el camino desde 1977 a decenas de otras voces poéticas mapuche y biculturales.

Su palabra y su obra encarnan, en primer lugar, la revitalización de lo que la poesía y el canto han sido durante miles de años para distintas sociedades del mundo. Desde sus primeras manifestaciones, el canto y la poesía fueron necesarios para la vida ética y espiritual, por su afán cosmológico, pues buscaban explicar el origen y sentido del “hombre” en este mundo, su relación con el espacio-tiempo, su diálogo con lo ominoso, con los dioses y con el misterio, su sed de infinito y de belleza, su interdependencia con la naturaleza. El arte se limitaba por ello a muy pocos temas: el amor, la muerte, la naturaleza, la trascendencia. Sin embargo, en la modernidad esta función religiosa-social se fue debilitando significativamente y la poesía fue perdiendo sus funciones, debido al proceso de secularización y mercantilización de la vida moderna. “La poesía no sirve para nada, me dicen”, reflexiona Chihuailaf en su poema “La llave que nadie ha perdido” (1995), dialogando con lo que el poeta romántico Hölderlin se preguntaba en su poema “El pan y el vino” en 1804: “para qué el poeta en tiempos de penuria”. Él mismo respondería: “Pero ellos son, dices, como los sacerdotes sagrados del dios del vino/ que van de país en país en noche sagrada”. Por su parte, Elicura responde a esa sentencia, argumentando: “Pero en el bosque los árboles/ se acarician/ con sus raíces azules”, diciéndonos que la naturaleza actúa poéticamente y por eso la palabra poética seguirá viva, pese a todo.

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Escritora, académica de la Facultad de Letras, P. Universidad Católica de Chile.