Revista Mensaje N° 695: «Crónica de un movimiento político singular»

Muchos se preguntarán por qué es importante recordar al movimiento falangista desde nuestro presente. Me parece que la clave está en lo que la política dejó de ser en Chile.

Dr. Alejandro Goic G.

26 diciembre, 2020, 3:30 pm
24 mins

Las encíclicas papales, cartas enviadas por el Sumo Pontífice a los obispos del mundo, han constituido siempre un valioso documento orientador para el mundo católico. Las encíclicas sociales de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX conmovieron no solo a la Iglesia católica, sino al mundo social y político universal.

En su encíclica Rerum novarum “Sobre la situación de los obreros” (2), proclamada en 1891, el papa León XIII condena de forma explícita los abusos a que estos eran sometidos en aquella época.

Desde el prisma del cristianismo, León XIII hace una descarnada reflexión sobre los derechos y deberes del capital y el trabajo. Utiliza un lenguaje directo y contundente para denunciar “la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría”. Sin la protección de organizaciones laborales, los pobres se encuentran “aislados e indefensos, [expuestos] a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores”. Se le “ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios” (3).

A este escenario del capital sin contrapeso, nos dice León XIII, el socialismo revolucionario postula el fin de la propiedad privada y el poder omnipresente del Estado para hacer justicia, promoviendo una igualdad quimérica que “no sería ciertamente otra cosa que una general situación, por igual miserable y abyecta, de todos los hombres sin excepción alguna” (4).

Cuatro décadas después, en 1931, Pío XI proclamó su encíclica Quadragesimo anno “Sobre la restauración del orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica” (5). En ella conmemora y retoma los temas planteados en Rerum novarum. Reafirmando las tesis elaboradas por su antecesor, intenta “resolver adecuadamente ese difícil problema de humana convivencia que se conoce bajo el nombre de cuestión social”, persuadido de que en modo alguno “una tan enorme y tan inicua diferencia en la distribución de los bienes temporales pudieran estar efectivamente conforme con los designios del sapientísimo Creador” (6).

En suma, es una abierta defensa del mundo de los trabajadores, los pobres y los indefensos, un rechazo del socialismo revolucionario, una condena a la codicia —ciega al dolor ajeno— y una invitación al mundo político e intelectual a elaborar políticas institucionales que tiendan a una colaboración justa entre capital y trabajo sobre la base de una inspiración moral cristiana.

En Chile, las encíclicas sociales fueron recibidas más bien con frialdad por los directivos eclesiásticos de la época y particularmente por el Partido Conservador y su vocero periodístico El Diario Ilustrado, quienes se autodefinían como portadores del pensamiento de la Iglesia católica.

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Médico chileno.