Revista Mensaje N° 695: «Crónica de un movimiento político singular»

Muchos se preguntarán por qué es importante recordar al movimiento falangista desde nuestro presente. Me parece que la clave está en lo que la política dejó de ser en Chile.

Las encíclicas papales, cartas enviadas por el Sumo Pontífice a los obispos del mundo, han constituido siempre un valioso documento orientador para el mundo católico. Las encíclicas sociales de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX conmovieron no solo a la Iglesia católica, sino al mundo social y político universal.

En su encíclica Rerum novarum “Sobre la situación de los obreros” (2), proclamada en 1891, el papa León XIII condena de forma explícita los abusos a que estos eran sometidos en aquella época.

Desde el prisma del cristianismo, León XIII hace una descarnada reflexión sobre los derechos y deberes del capital y el trabajo. Utiliza un lenguaje directo y contundente para denunciar “la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría”. Sin la protección de organizaciones laborales, los pobres se encuentran “aislados e indefensos, [expuestos] a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores”. Se le “ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios” (3).

A este escenario del capital sin contrapeso, nos dice León XIII, el socialismo revolucionario postula el fin de la propiedad privada y el poder omnipresente del Estado para hacer justicia, promoviendo una igualdad quimérica que “no sería ciertamente otra cosa que una general situación, por igual miserable y abyecta, de todos los hombres sin excepción alguna” (4).

Cuatro décadas después, en 1931, Pío XI proclamó su encíclica Quadragesimo anno “Sobre la restauración del orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica” (5). En ella conmemora y retoma los temas planteados en Rerum novarum. Reafirmando las tesis elaboradas por su antecesor, intenta “resolver adecuadamente ese difícil problema de humana convivencia que se conoce bajo el nombre de cuestión social”, persuadido de que en modo alguno “una tan enorme y tan inicua diferencia en la distribución de los bienes temporales pudieran estar efectivamente conforme con los designios del sapientísimo Creador” (6).

En suma, es una abierta defensa del mundo de los trabajadores, los pobres y los indefensos, un rechazo del socialismo revolucionario, una condena a la codicia —ciega al dolor ajeno— y una invitación al mundo político e intelectual a elaborar políticas institucionales que tiendan a una colaboración justa entre capital y trabajo sobre la base de una inspiración moral cristiana.

En Chile, las encíclicas sociales fueron recibidas más bien con frialdad por los directivos eclesiásticos de la época y particularmente por el Partido Conservador y su vocero periodístico El Diario Ilustrado, quienes se autodefinían como portadores del pensamiento de la Iglesia católica.

Sin embargo y, por el contrario, las encíclicas impactaron decisivamente el corazón y la mente de los jóvenes miembros del Partido Conservador, muchos de los cuales pertenecían, además, a los movimientos laicos católicos como, por ejemplo, la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos, lo que explicaría su compromiso con los mensajes sociales de la Iglesia. Los jóvenes Bernardo Leighton, Manuel Garretón, Eduardo Frei Montalva, Ignacio Palma, Samuel Rodríguez, Manuel Francisco Sánchez, Tomás Reyes, Alejandro Silva B., Alfonso Naranjo, José Urmeneta y Ricardo Boizard conformaron al interior del Partido Conservador un grupo denominado Falange Conservadora inspirado en las encíclicas, inaugurando el socialcristianismo en la política chilena y tensionando sus relaciones con el tradicionalismo del Partido Conservador.

Este movimiento fue el germen de lo que sería más tarde la Falange Nacional, con talentosos jóvenes que adquirieron inmensa relevancia en el curso de los años (7).

Las encíclicas sociales abrieron para estos jóvenes cristianos una opción política, creando un nuevo referente para ellos en su búsqueda de respuestas a los graves problemas sociales y políticos que sufría el país.

En 1935 la juventud conservadora realiza una gran concentración en Santiago, una verdadera cruzada nacional de promoción de las ideas socialcristianas, evento considerado como la fundación oficial del movimiento falangista, con Bernardo Leighton como su primer presidente. Este movimiento inaugura una nueva manera de relacionarse con las comunidades de base a través de foros y discusiones con el fin de mejorar la calidad de la política chilena. El año 1936 se le llamó Falange Nacional.

En 1938, tras el triunfo del presidente Pedro Aguirre Cerda —candidato del Partido Radical apoyado por el Frente Popular, que seguiría la estrategia política aplicada por la izquierda en algunos países europeos— la Falange resuelve alejarse del Partido Conservador y convertirse en un partido político autónomo.

En carta enviada en esa época al presidente de la Falange, Manuel Antonio Garretón, el entonces presidente del Partido Conservador, Rafael Luis Gumucio, expone, en un emocionado pasaje, las características de este movimiento: la Falange Nacional, “por su cuerpo de doctrinas, porque ha penetrado en la clase media, porque inspira confianza en el pueblo, porque posee el secreto de la mística que arrastra y entusiasma y, sobre todo, porque se la sabe desinteresada y sincera”… es la única capaz de enfrentar con éxito la competencia política (8).

Esta carta pretendía evitar la separación y autonomía de la Falange, provocada por la resistencia de algunos miembros del Partido Conservador a la avanzada mirada sobre la cuestión social de la Falange, y por las tensiones derivadas de la derrota electoral del candidato conservador del año 1938.

La Falange, cuya identidad política se resumía como nacional, popular y cristiana, sintetizó sus principios en un inédito programa denominado “Los 24 puntos fundamentales de la Falange Nacional”.

El primero de ellos —titulado “Definición”— proclama que la “Falange Nacional es una cruzada que se impone instaurar en Chile un orden nuevo. Más que un simple partido es una afirmación de fe en los destinos de Chile y una voluntad inquebrantable al servicio de la nacionalidad. La Falange Nacional fundamenta sus principios en el pensamiento cristiano. Para alcanzar sus fines hace un llamado a los chilenos y pone en marcha todas sus energías espirituales” (9).

PROPUESTAS QUE CONSERVAN VIGENCIA

En los puntos siguientes se exponen algunos de sus principales fines ideológicos, políticos y sociales:

– Defensa de la organización de los trabajadores sobre bases sindicales, con fines culturales, morales, sociales y económicos al margen de la manipulación partidista.
– Redención moral y material de la población campesina.
– Reforma agraria.
– Rechazo a toda doctrina que pone a la mujer en posición de inferioridad.
– Oposición a todo tipo de dictadura.
– Participación en las utilidades y acceso progresivo a la propiedad de las empresas por quienes trabajan en ella.
– Promoción de la organización corporativa, evitándose la anarquía individualista y la absorción de todas las actividades por el Estado.
– Efectiva descentralización administrativa y económica.

No deja de sorprender el carácter avanzado y humanista de las propuestas, que después de más de ochenta años conservan, en muchos aspectos, plena actualidad. Es fácil constatar que muchos de los preceptos del documento falangista encuentran su inspiración en las encíclicas sociales. Un rol de gran relevancia tuvieron los presidentes de la directiva nacional, muchos de los cuales tuvieron un destacado papel en la vida política nacional desde mediados de la década de los años treinta (10).

Los dirigentes del Partido tenían el aprecio y apoyo de la colectividad. El primer senador falangista, Eduardo Frei Montalva, se transformó —por su talento político, sus profundas convicciones, la excelencia de su labor parlamentaria, su dedicación al movimiento y su discurso convincente— en el líder indiscutible de la Falange y adquirió el gran prestigio público que lo transformó en una figura nacional.

Siendo un partido pequeño, la Falange participaba en todos las instancias políticas y sociales, estudiantiles, obreras y vecinales como manera de difundir su ideario, sabiendo que aún no era una fuerza electoral. Los jóvenes falangistas estaban más motivados por difundir sus creencias que por la conquista del poder por el poder.

Reflejo de lo anterior, se cuenta que, ante la intención de Gabriela Mistral de ingresar a la Falange, Tomic le habría escrito una carta recomendándole no hacerlo, a fin de preservar su condición de “patrimonio de toda la República”.

Nuestro tiempo y Rebeldía fueron publicaciones periodísticas de circulación interna, siendo la revista Política y Espíritu su principal fuente de análisis y difusión. Publicada a partir de 1945 por la Editorial del Pacífico, entidad estrechamente vinculada con el movimiento, esta revista fue trascendente en el desarrollo intelectual de la Falange y de la promoción del pensamiento socialcristiano en Latinoamérica.

Intelectuales del movimiento publicaron libros de reconocido valor y repercusión nacional, como es el caso, entre muchos otros, de La política y el espíritu, de Eduardo Frei Montalva, con prólogo de Gabriela Mistral titulado “Recado a Eduardo Frei” (11); Una experiencia socialcristiana, de Alejandro Silva Bascuñán (12); Nuestros hermanos justicialistas, de Alejandro Magnet (13); En vez de la miseria, de Jorge Ahumada (14); En defensa de Maritain, de Jaime Castillo (15); Filosofía social de Maritain, de Carlos Naudón de la Sotta (16); y Cuatro retratos en profundidad: Ibáñez, Laferte, Leighton y Walker, de Ricardo Boizard (17).

Situada en calle Ahumada 57, la librería de la Editorial, a cargo de Mario Cifuentes, era un centro de actos culturales y un lugar de encuentro cordial de militantes del movimiento. Asimismo, en la sede del partido —ubicada en Alameda frente al cerro Santa Lucía y administrada por el recordado Gustavo Tobar— tenían lugar, periódicamente, lecturas literarias y sociopolíticas, declamaciones, coros y recitaciones.

Muestra de la ilusión y esperanza de los jóvenes falangistas es la tonada chilena La palomita que cantaban en sus ceremonias con la siguiente letra: “Qué linda cómo flamea/ la bandera falangista/ ella será bella conquista/ si de Arica a Magallanes/ todo Chile adhiere/ al ideal falangista”. Todo esto ocurría en medio de un bosque de banderas azules con la flecha roja apuntando al cielo cruzada por dos barras horizontales, símbolos tal vez de las dificultades del camino.

Pese a su limitada representación parlamentaria, la Falange hizo importantes contribuciones al perfeccionamiento de la democracia nacional. Una de ellas fue su rechazo a la Ley de Defensa de la Democracia propuesta por el Gobierno del presidente Gabriel González Videla, que proscribía al Partido Comunista. Pese a ser estos sus principales adversarios ideológicos y políticos, la Falange votó en contra de ese proyecto de ley, demostrando su profunda convicción democrática y su amor por la libertad. En un brillante discurso en el Parlamento de la República, Radomiro Tomic dio voz a este rechazo de la Falange a la así llamada Ley maldita: “Este proyecto contiene una negación implícita de los fundamentos morales básicos del sistema democrático. Es un acto de desconfianza en los principios de la democracia y en la capacidad política y de discernimiento del pueblo chileno” (18).

Una segunda contribución al perfeccionamiento democrático fue lograr la introducción en el país de la cédula única en los actos electorales, en reemplazo de la viciosa práctica que entregaba a cada partido político la responsabilidad de imprimir y distribuir sus propias cédulas en la cámara secreta de votación, lo cual era fuente de gran corrupción y extendido cohecho (19). Finalmente, el año 1952, destaca el decisivo apoyo de los parlamentarios falangistas, liderados por el senador Eduardo Frei Montalva, al proyecto que crea el Servicio Nacional de Salud, uno de los más trascendentes en la historia social de Chile.

EPÍTOME

Muchos se preguntarán por qué es importante recordar al movimiento falangista desde nuestro presente. Me parece que la clave está en lo que la política dejó de ser en Chile. Asistimos desde hace tiempo a una degradación de su función pública, al abandono del afán de servicio que la distinguió, a la pérdida de un vínculo virtuoso entre ella y la sociedad, y a su desprestigio y pérdida de legitimidad. Todo esto constituye un riesgo para la libertad y la democracia.

La política del presente no entusiasma, no convoca a los jóvenes, no despierta sentimientos nobles, no irradia con liderazgos creíbles.

La crisis en curso me despierta un sentimiento de nostalgia que vuelve, una y otra vez, a clavar los ojos en el pasado de esa ilusión que generó el movimiento falangista en los jóvenes de la época.

Si quisiéramos sintetizar los atributos especiales que, a nuestro parecer, singularizaron al movimiento falangista, diríamos que, en lo esencial, las ideas y propuestas de la Falange Nacional, estaban basadas en una ética individual y colectiva humanista cristiana, de profundo sentido espiritual. Las notas más relevantes eran el amor por la libertad del ser humano, la justicia, la solidaridad, la compasión, la honestidad, la búsqueda del bien común sin cálculos ni intereses espurios y, no menos importante, la unidad y fraternidad entre los militantes, todas ellas, virtudes política, social y económicamente fértiles y condición sine qua non para el bien común.

Pensamos que, como experiencia política, humana y espiritual, la Falange Nacional fue un caso excepcional en la historia republicana chilena del siglo XX. Si consideramos los cambios culturales, sociales y políticos ocurridos en el mundo y en nuestro país, caracterizados por el individualismo, el consumismo, la intolerancia, el debilitamiento de la ética y del sentido de lo sagrado, se presenta ante las nuevas generaciones el inmenso desafío de crear una pedagogía de la esperanza sustentado en valores espirituales superiores para construir un nuevo orden social.

En 1957, la Falange se fusiona con grupos políticos socialcristianos provenientes del Partido Conservador, del Partido Nacional Cristiano y del Partido Agrario Laborista entre otros, para constituir el Partido Demócrata Cristiano. Esta fusión de partidos produjo un cierto desencanto en algunos antiguos militantes de base de la falange, que temían que se desvaneciera lo que para ellos era una “bella conquista”, así como una nueva forma de hacer política. Pero esa es otra historia. MSJ

(1) El autor expresa su reconocimiento a la valiosa colaboración de Juan Goic J. y Andrea Goic J. en la preparación del presente manuscrito. Lo propio, a los revisores del texto por sus generosos juicios críticos y sugerencias.
(2) León XIII, Rerum novarumhttp://www.vatican.va
(3) León XIII, op. cit., párrafo 1.
(4) León XIII, op. cit. párrafo 11.
(5) Pío XI, Quadragesimo annohttp://www.vatican.va
(6) Pío XI, op. cit., párrafo 5.
(7) Entre ellos, Radomiro Tomic, Renán Fuentealba, Rafael Agustín Gumucio, Jaime Castillo, Patricio Aylwin, Andrés Aylwin, los dirigentes sindicales Ernesto Vogel, Roberto León, Luis Quiroga, Fernando Frías y comprometidos estudiantes, profesionales y líderes de la Juventud Falangista como Bernardo Valenzuela, Julio Silva, Ricardo French-Davis, Víctor Jadresic, Ignacio Alvarado, Jorge Cash, Jacques Chonchol, Narciso Irureta, Bosco Parra, Alberto Jerez, Sergio Jerez, Paulino Campbell, Juan Hamilton, Irene Frei, Wilna Saavedra, Marta Ossa, Silvia Correa, Mimí Marinovic, Fresia Arcos, Fernando Sanhueza, Eduardo Pino, Luis Scherz, Abraham Abusleme, Eduardo Sepúlveda, Hernán Vergara, Benjamín Prado, Patricio Yáñez O., Eugenio Ballesteros, Darwin Vargas y muchos otros a lo largo de todo Chile.
(8) Jorge Cash, Bosquejo de una historia, 1986, Editorial Copygraph, Santiago de Chile, p. 132.
(9) Jorge Cash, op. cit., p. 321.
(10) Fueron presidentes de la Directiva Nacional de la Falange a partir de 1935, Bernardo Leighton, Ignacio Palma V., Manuel Garretón W., Radomiro Tomic, Eduardo Frei Montalva, Pedro J. Rodríguez, Tomás Reyes G., Juan de Dios Carmona, Patricio Aylwin, Jaime Castillo, Rafael Agustín Gumucio y Edmundo Pérez Zujovic. Ejercieron la vicepresidencia, entre otros, Gabriel Valdés S., Jorge Rogers S., José Piñera C., Ricardo Valenzuela S., y Enrique Tornero M.; como contador, se desempeñó Carlos Conejeros.
(11) Eduardo Frei M., La política y el espíritu, Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1946.
(12) Alejandro Silva Bascuñán, Una experiencia socialcristiana, Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1949.
(13) Alejandro Magnet, Nuestros vecinos justicialistas, Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1953.
(14) Jorge Ahumada, En vez de la miseria, Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1958.
(15) Jaime Castillo V., En defensa de Maritain, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1949.
(16) Carlos Naudón de la Sotta, Filosofía social de Maritain, Club de Lectores, Santiago de Chile, 1948.
(17) Ricardo Boizard, Cuatro retratos en profundidad. Ibáñez, Laferte, Leighton y Walker. Editorial El Imparcial, Santiago de Chile, 1950.
(18) Discurso Radomiro Tomic en Actas de la Cámara de Diputados, Sesión 5ª Extraordinaria, martes 11 de mayo de 1948, pp. 142-154.
(19) El diputado falangista Jorge Rogers Sotomayor fue el perseverante adalid de esta conquista democrática. Ver, Jorge Cash, op cit., p. 263.

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Fuente: Artículo publicado en Revista Mensaje N° 695, diciembre de 2020.

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