Revista Mensaje N° 700. «Colegio San Ignacio: Una historia de servicio, compromiso y espiritualidad»

Este es un colegio histórico que, desde su ubicación en calle Alonso de Ovalle, se ha adaptado y evolucionado de acuerdo con los tiempos. Gracias al Proyecto Archivo Escolar y al esfuerzo de nuestros profesores, es posible recrear su historia.

Escribir sobre la historia de un colegio que tiene 165 años de recorrido es abrumador. Nos encontramos con tantas historias personales y colectivas que han ocurrido en este espacio, que se vuelve una memoria diversa y múltiple, un poco compleja de fijar y ordenar en algún marco cronológico. El psicólogo y sociólogo francés Maurice Halbwachs (1877-1945) escribía e investigaba sobre la memoria y propuso que las personas generamos espacios colectivos significativos donde pueden insertarse memorias comunes a partir de las experiencias vividas allí. ¿Se pueden dar los mismos recuerdos del Colegio San Ignacio entre los estudiantes egresados el año 2003 con los recuerdos que tendrá la generación de IV Medio 2021, que está estudiando con clases híbridas y a distancia? Ciertamente, no. Pero ¿pueden estas generaciones convivir en un mismo marco de memoria? ¿Pueden identificarse espacios o experiencias en común? Absolutamente, sí.

He tenido la fortuna de trabajar en el colegio San Ignacio desde el año 2008. Allí comienza mi memoria personal que se inserta en memorias colectivas, tanto de las generaciones que han egresado, como de todos los que colaboramos en esta institución.

¿Cómo recordar y conocer la historia del San Ignacio? Esta pregunta comenzó a rondarnos en el área de Historia y Filosofía el año 2015 y nos llevó a hurgar en su historia. Cuando escribo “hurgar”, lo hago desde el ejercicio de acceder a las diversas fuentes que fuimos encontrando, especialmente en el archivo histórico que dispone el colegio.

Resulta necesario recordar el proceso vivido. Partimos invitando a investigadores expertos en archivos que nos dieron luces sobre cómo rescatar y clasificar las fuentes históricas disponibles en el colegio. Luego, en el año 2016, nos decidimos a solicitar acceso para revisar archivos y conocimos el Proyecto de Archivo Escolar patrocinado por la Universidad Católica y Universidad de Chile. Ellos nos orientaron y pronto fuimos el primer colegio particular pagado que pasó a formar parte de este proyecto que nos guio en nuestra búsqueda hacia el pasado.

Junto a las profesoras Gabriela Carrasco y Marianne Cárdenas, comenzamos a revisar el archivo, y abrimos una convocatoria para estudiantes interesados en dedicar una tarde a la semana a trabajar en este. En dos semanas ya teníamos tres alumnos que empezaron a trabajar en el archivo. El grupo, que en principio no tenía nombre, se autodenominó “Pelayo Chinchilla”, en honor a un estudiante de fines del siglo XIX que estudió en nuestro colegio. Los tipos de fuentes que encontramos —y que en su mayoría revisamos— fueron pequeños libros publicados anualmente, similares a lo que hoy sería un anuario, pero que, dependiendo de la época, se titulan como “Catálogo de estudiantes”, “Almanaque del Colegio San Ignacio” o “Memoria del año”.

El trabajo en el archivo nos permitió un viaje al pasado: ¿Qué ocurría en las aulas?, ¿Cómo era el colegio hace 165 años atrás? ¿Cómo ha cambiado?

UN “CONVICTORIO”

El Colegio San Ignacio en 1856 contaba con 60 estudiantes. En un comienzo había 44, pero luego se fueron incorporando estudiantes durante el año.

Desde sus inicios, la mayoría de ellos vivían en Santiago. Sin embargo, varios de los primeros estudiantes venían de regiones e incluso de fuera del país. El colegio funcionaba bajo el sistema de internado, al que a fines del siglo XIX se le llamaba “Convictorio”.

En 1896, por ejemplo, la matrícula del San Ignacio era de 349 estudiantes, de los cuales 276 eran de Santiago y 73 de otras localidades, como Concepción (14), Valparaíso (7) o Talca (6). Teníamos incluso estudiantes internacionales: uno de Florencia, Italia; otro de Madrid, España, y cuatro provenientes de La Paz, Bolivia. Esto se vincula a las migraciones desde Europa que se dieron a partir de mediados del siglo XIX, lo cual se refleja en la composición de los estudiantes del colegio. La gran mayoría de ellos estudiaba en régimen de interno, por lo que no sorprende la cantidad que no era de Santiago y estudiaba en el San Ignacio.

Ya durante la primera mitad del siglo XX, la cantidad de estudiantes va aumentando y a inicios del siglo XX hay alrededor de 350. Luego, en 1956, la matrícula pasa sobre los 900. En lo que corresponde a su origen, es preponderante el número de estudiantes de Santiago, pero de comunas específicas. Las que más se repiten hasta mediados del siglo XX son Santiago, Providencia, Ñuñoa y Las Condes. Al mismo tiempo, va disminuyendo la cantidad de los que vienen del extranjero.

UN DÍA NORMAL PARA UN ESTUDIANTE

Largas y exigentes jornadas de estudio eran compatibilizadas con academias y clases de variadas disciplinas. En 1930, por ejemplo, la jornada de los estudiantes comenzaba a las 6:45 de la mañana. Luego de levantarse a las 7:15 horas, realizaban oraciones y a partir de las 8:15 entraban al colegio los que no estaban en régimen interno. A las 8:30 horas tenían misa, para luego comenzar las clases, que se programaban hasta las 16:35 horas aproximadamente. La cena era a las 20:05. A las 20:55, la oración y, luego, a acostarse.

El Colegio ofrecía a los estudiantes muchos servicios que hoy serían insólitos para cualquier institución escolar. Por ejemplo, una clínica dental que atendía lunes, miércoles y viernes a las 8:30 de la mañana. Se contaba con servicio de peluquería los lunes a las 17:00 horas. También podían solicitar visitas de un médico, el que estaba disponible a las 12:00 horas, todos los días, exceptuando jueves y domingo. Aparte de estos servicios, para el desarrollo académico, el colegio ofrecía academias de Filosofía, Literatura, Idiomas y Declamación semanalmente, así como clases “de adorno”, que eran de piano y violín, y también estaba la posibilidad de ser parte de un coro.

Sobre las evaluaciones, encontramos una publicación de 1925 que explica que a las tradicionales pruebas se les denominaba “concursos” y existía un exigente protocolo ante las inasistencias a estas: “Nota: Por alguna Vacación imprevista no pudiera tener lugar algún concurso en el día señalado, se hará en la clase inmediata siguiente. 2° La falta a un concurso será calificada con cero; pero si la inasistencia queda justificada se permitiría hacer el concurso para el solo efecto de las clasificaciones mensuales, pero no para obtener optar a los premios y dignidades”.

Respecto a las asignaturas, encontramos anuarios que nos presentan las áreas que cursaban los estudiantes. En 1919, por ejemplo, los de enseñanza básica —que corresponde a lo que es hoy de 1° Básico hasta 7º Básico— tenían cinco asignaturas: Aritmética, Castellano, Historia, Inglés y Religión. Por otra parte, un estudiante de IV Medio o 6° de Humanidades debía cumplir la siguiente carga académica: Apologética, Cosmografía, Economía Política, Filosofía, Geografía Física, Historia Natural y Química.

Este horario para estudiantes del último año de enseñanza media se mantiene durante toda la primera mitad del siglo XX. Luego, en 1955, observamos un cambio importante en la cantidad de asignaturas para estudiantes de IV Medio: Apologética, Castellano, Filosofía, Educación Cívica, Historia, Inglés, Francés, Matemáticas, Ciencias, Física, Química. Esta cantidad de asignaturas se asemeja mucho más a la carga académica que hoy tienen los estudiantes.

Uno de los hallazgos que más llamó la atención en este proceso de investigación fueron los documentos de 1956, año en que el San Ignacio celebraba el centenario. Para celebrarlo, el colegio organizó el 1° de septiembre las “Olimpiadas del Centenario”, con una misa inaugural. El evento duró hasta el lunes 3 de septiembre.

Del mismo año del centenario del colegio, encontramos un documento donde se informaba a los estudiantes sobre el “Testimonio de Segunda”, una carta similar a lo que hoy sería la condicionalidad del estudiante, es decir, se le advertía que por su conducta y calificaciones podía ser cancelada su matrícula. El “Testimonio de Segunda” se podía obtener si el estudiante era calificado con “(…) dos notas 2 a la semana en Aprovechamiento; por dos notas 2 bimestrales, por haber sido echado de clase, a juicio del Padre Prefecto; Por un 4 en Convictorio” (conducta, puntualidad, urbanidad, etc.).

¿CAMBIOS EN 165 AÑOS?

Probablemente muchos piensen que los cambios abundan, pero todo lo que hemos podido ir recogiendo en esta investigación, que aún no concluye y que deseamos continuar, es que las exigencias, las clases, las ideas sobre la enseñanza y el servicio a los demás siguen presentes.

El Concilio Vaticano II, que invitaba a discernir los signos de los tiempos, encontró su respuesta en la Compañía de Jesús. Teniendo presente el servicio de la Fe y la Promoción de la Justicia, nacen las experiencias de los Trabajos de Fábrica y los Trabajos de Verano en el Colegio San Ignacio, que pusieron en contacto directo a nuestros estudiantes con el mundo más postergado.

PROPUESTA DE ACUERDO CON LOS TIEMPOS

Santiago crece, se moderniza, la conectividad aumenta. Este panorama lleva, entonces, a que a finales de la década de los años cincuenta se cierre el internado que se había mantenido desde la fundación del colegio. Ya no era necesario mantenerlo en una ciudad que contaba con mejores medios de transporte y posibilidad de movilizarse más rápida y cómodamente.

Durante la década de 1980, llega al colegio la propuesta de Pierre Faure S.J. respecto a la educación personalizada. Su método se basa en una visión integral del ser humano y en la necesidad de “aprender a aprender”, buscando un acompañamiento personal, y en la incorporación de estrategias de enseñanza innovadoras que pongan al estudiante como protagonista.

El siglo XXI exige ajustes y cambios relevantes. El año 2002 se inició el prekinder, con la meta de ampliar el proceso de acompañamiento de los estudiantes desde temprana edad. Luego, en el 2011, considerando las demandas internas y externas, y las necesidades de nuestra sociedad, el Colegio San Ignacio se comenzó a preparar para la coeducación. Así, el 2015, con gran alegría, abrió sus puertas a niños y niñas, en fidelidad a la Misión que nos moviliza y a la Espiritualidad que nos inspira para formar “hombres y mujeres para los demás”.

¿Es hoy el San Ignacio un colegio de élites? Como explicamos anteriormente, a inicios del siglo XX teníamos estudiantes de Santiago, regiones y el mundo. Por ejemplo, en 1906 teníamos cuatro estudiantes provenientes de Francia y uno de España. Sabemos que estos estudiantes venían principalmente de familias de acomodada situación económica.

Actualmente, en estos últimos años, hemos tenido un aumento significativo de estudiantes provenientes de países como Bolivia, Perú, Haití, Colombia, Venezuela, Cuba, México, Ecuador, entre otros. Hoy, con 165 años de historia, sin duda que el componente de los estudiantes del colegio es más diverso, en cuanto a la situación económica y también a sus comunas de procedencia. Este año 2021 el Colegio cuenta con una matrícula de 1.428 estudiantes provenientes de 43 comunas de la Región Metropolitana. Dada la situación sanitaria que vivimos producto de la pandemia por COVID-19, en el año 2020 un total de 770 estudiantes recibieron algún tipo de ayuda socioeconómica, las que van desde rebajas de un 10% del arancel mensual hasta becas del 100%. Este año, a la fecha, estas ayudas han impactado a un total de 400 estudiantes.

El San Ignacio es un colegio histórico, no solamente por su antigüedad, sino también porque ha sido una institución que se ha adaptado y evolucionado de acuerdo con los tiempos. Muchas cosas han cambiado: la propuesta curricular, el horario, la cantidad de estudiantes, entre otros. A pesar de todos estos cambios, se han mantenido temáticas como el servicio a los demás, la espiritualidad ignaciana y el compromiso hacia una sociedad más justa y solidaria. La tarea de educar hacia la formación integral de los y las estudiantes es un sello que nuestro colegio ha mantenido a través del tiempo: formar personas capaces de actuar y reflexionar, comprometidas por el bien de nuestro país.

¿Qué significa ser Ignaciano e Ignaciana hoy?

Es una pregunta que debe encontrar respuesta mediante la inserción de cada uno en la sociedad, entendiendo los procesos que estamos viviendo y comprometiéndonos a la luz del evangelio, al respeto y a la dignidad de todas y todos, a ser mejores personas por y para servir a otros. MSJ

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Fuente: Artículo publicado en Revista Mensaje N° 700, julio de 2021.

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