Revista Mensaje N° 705. «Teresa, la promesa incumplida»

La joven poeta parecía estar ante un camino único en las vanguardias latinoamericanas, en la literatura y también en las tareas de emancipación de la mujer, pero este fue interrumpido por su prematura muerte.

Hace cien años, en diciembre de 1921, tuvo lugar un París un episodio que en Chile fue registrado, con toda seguridad, por muy pocos: una mujer joven falleció tras una sobredosis de Veronal, un somnífero y antidepresivo muy popular en la época. Tal desenlace no es extraordinario, pues con este medicamento es muy fácil administrar una sobredosis, de manera intencional o no: personajes de Agatha Christie fallecen en varias ocasiones a causa del Veronal, pero también las muertes de Jimi Hendrix y Marilyn Monroe fueron provocadas por este fármaco (y es por esta razón que los barbitúricos no se encuentran en venta libre a nivel mundial desde hace décadas). Este episodio particular, no obstante, tuvo consecuencias importantes para la cultura de nuestro país, pues la que moría era Teresa Wilms Montt, una de las figuras, sin exagerar, más enigmáticas y prometedoras en el escenario de la literatura chilena del siglo XX, no precisamente pobre en poetas.

Su brevísima pero intensa biografía literaria —publicó cinco libros en tres años, entre 1917 y 1919, pasando como un meteoro por el mundo literario argentino y español (y no así por el chileno, donde su primera publicación fue la antología Lo que no se ha dicho, que apareció de manera póstuma, en 1922)— es inseparable de su ajetreada y trágica biografía. Nacida en el seno de una familia aristocrática chilena —era descendiente del presidente Manuel Montt por parte materna y se casó, en contra de la voluntad de sus padres, con un pariente de otro presidente, José Manuel Balmaceda—, tuvo una juventud marcada por la rebelión contra su restrictivo entorno familiar, contra un matrimonio que resultó infeliz y contra el orden social: en los años que en que vivió, por el trabajo de su marido, en diversas ciudades de Chile, como Valdivia e Iquique, empezó a interesarse por el feminismo y el anarquismo y se acercó a las visiones políticas de Luis Emilio Recabarren. En Iquique también dio a conocer sus escritos por primera vez, bajo un seudónimo. Posiblemente ya llamaba la atención en Santiago: Oreste Plath la incluye entre los personajes notables del Santiago que se fue y la definió como “anticipada a su época” y “extraordinaria”.

Esta fase termina en 1915, cuando, al descubrirse una infidelidad conyugal suya, un “tribunal familiar” de los Balmaceda la recluye en un convento, donde comete un primer intento de suicidio. Con la ayuda de un viejo amigo, Vicente Huidobro, logra escapar y huir hacia Buenos Aires, donde aflora otra Teresa: la bohemia, creativa y talentosa, amiga de Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges y, más tarde en Madrid, de Ramón Gómez de la Serna y Ramón del Valle-Inclán.

De su tiempo en esta última ciudad, el pintor español Julio Romero de Torres nos deja una visión de esa Teresa: una hechicera rubia, voluptuosa, con una semisonrisa misteriosa (a través de la representación de una mujer envuelta en un velo diáfano en las manos, una criatura de arte y misticismo hasta los huesos). Ya en Buenos Aires había sido retratada por el modernista argentino Gregorio López Naguil, un alumno de Hermenegildo Anglada Camarasa. De esa relativamente breve época data toda su obra publicada (aunque un buen número de poemas debe haber sido escrito en los años anteriores).

También está, como otra manifestación de su lado inquieto y aventurero, su intento de ingresar en 1917 en la Cruz Roja como enfermera voluntaria, intento que termina abruptamente en Nueva York, donde es primero recluida y luego deportada bajo la sospecha de que es una espía alemana, al parecer por su apellido germánico. El fantasma de la enfermera espía fue omnipresente durante la Primera Guerra Mundial: los alemanes fusilaron a la inglesa Edith Cavell y a la belga Gabrielle Petit, en 1915 y 1916 respectivamente, acusándolas de ser espías británicas. Seguramente los empleados de la aduana de Nueva York creyeron ver en Teresa Wilms Montt otro capítulo de la misma historia.

MOVIÉNDOSE EN UN CAMPO MINADO

La escritora pasó sus dos últimos años de vida en París, donde residían en esa época sus hijas, a quienes en un principio logra ver regularmente, hasta que sus abuelos se devuelven con ellas a Chile. Aquello sugiere un descenso en una profunda crisis depresiva, tesis indirectamente apoyada por la falta de publicaciones en 1920 y 1921, en contraste con el ritmo casi febril de los años anteriores, y por una vida solitaria y profundamente triste, que termina, después de una mortal dosis de Veronal, en un hospital parisino, a sus cortísimos 28 años de edad.

Una biografía tan dramática (parecida al argumento de una película) seguramente la convertiría en un personaje llamativo en cualquier circunstancia. Su comportamiento adelantado y rebelde destaca todavía más si recordamos que, en los años de su periplo por el mundo, en la mayoría de los países occidentales (no solamente en aquellos por los que transita) no existe casi nada de lo que hoy conocemos como derechos de la mujer. De ese modo, la ejecución de cualquier gesto o acto fuera del hogar depende de la buena voluntad de su entorno, algo con lo que Teresa Wilms no contaba. Para hacerse una idea más clara, basta con mencionar que el derecho al voto femenino se establece en 1917 en Canadá, en 1918 en Gran Bretaña y Alemania, y en 1920 en Estados Unidos (Nueva Zelanda y Australia lo habían instaurado en 1892 y 1902).

En todos los países donde Teresa Wilms residió, es decir Chile, Argentina, España y Francia, este derecho fue consagrado décadas después de su fallecimiento. Lo mismo aplica, por supuesto, al divorcio, algo que la afectaría directamente. Es decir, desde el punto de vista legal, Teresa se mueve prácticamente durante toda su vida en una especie de campo minado.

No ocurre lo mismo en el campo intelectual y artístico. Teresa Wilms pertenece, con algunos años de diferencia, a la misma generación que Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y la mexicana Nahui Olin, y tiene algunos años más que María Izquierdo o Elena Caffarena, pero también que Teresa de Los Andes (nacida como Juanita Fernández Solar). Más que una mera coincidencia, este hecho es un testimonio de la multiplicidad de caminos que empezaron a abrirse a las mujeres latinoamericanas en las primeras décadas del siglo XX en este tan movido Nuevo Mundo, del increíble talento de una generación ambiciosa y de las posibilidades que supieron arrancar a un entorno que no necesariamente era benevolente con ellas.

Teresa se inscribe perfectamente en este fascinante universo nuevo, como un talento destacable y una promesa de mucha poesía por venir. Su lenguaje poético exuberante, emocional y, al mismo tiempo, elegante muestra ciertos paralelos con la poesía de Alfonsina Storni. Como ella (o como Gabriela Mistral), parecía estar ante un camino único en las vanguardias latinoamericanas, un camino que fue interrumpido por su muerte prematura en un punto donde este movimiento recién estaba empezando a tomar fuerzas. Como a la vanguardia misma, a Teresa le quedaba mucho que decir, mucho que crecer y madurar, lo que vuelve más trágicas, si cabe, su soledad emocional y su temprana muerte.

UNA VOZ INCONFUNDIBLE

Era, sin ninguna duda, poseedora de un gran talento poético, de un lenguaje dotado de una musicalidad innata. Demuestra además (tanto en su vocabulario como en los tópicos que emplea) un conocimiento de las corrientes artísticas de su época, lo que seguramente le permitió ser aceptada en los círculos literarios, sin, abandonar, no obstante, los motivos autobiográficos en sus poemas, algunos demoledores. En ellos se refiere una y otra vez a los momentos más traumáticos de su vida, como la pérdida de sus hijas (que supone, correctamente, como definitiva) o el suicidio de un joven poeta frente a ella: Anuarí, quien aparece en muchos de sus textos. Ella sugiere en su obra que no existe una separación entre Teresa, la autora, y el hablante lírico. Y en su producción en prosa —Cuentos para hombres que son todavía niños— elabora aún más esta unidad inseparable, ya que entre relatos mágicos y fábulas incluye recuerdos de Chile de claros tintes autobiográficos.

Teresa habla una y otra vez de la soledad, de la pérdida del ser querido (sus hijas en primer lugar), de la fugacidad de los momentos felices y, en un contraste intenso, de la gloria de la naturaleza, que en sus poemas adquiere rasgos casi panteístas. Estos motivos coinciden en las descripciones de los paisajes chilenos, que se funden con los paisajes internos de su psiquis. En una producción de muy escaso volumen —las ediciones de sus obras completas con suerte llenan un poco más de cien páginas—, Teresa Wilms logra encontrar una voz inconfundible, juvenil tal vez, pero ya única. Observar el progreso hacia la madurez artística de un talento así es una de las cosas más fascinantes que pueden ocurrir en los estudios de la literatura, pero en el caso de Teresa es una esperanza truncada y un acertijo sin resolver.

Además de ya mencionado Vicente Huidobro, la escritora contó en su carrera con el apoyo de Joaquín Edwards Bello y Ramón del Valle Inclán. En su vida personal, en tanto, estuvo privada de contención emocional, sobre todo de parte de sus familiares, factor decisivo en los últimos años y meses de su corta existencia. La autora pasó por este mundo —y por la literatura— como un relámpago, una promesa gigante, una ambición sin cumplir, un recuerdo de la fragilidad que nos afecta a todos, aunque parezcamos excepcionales.

Alguien con el potencial de llegar a ser comparable con Gabriela Mistral o Alfonsina Storni (que le llevaba apenas un año), pero fallece muy al inicio de una fase decisiva en el desarrollo de la literatura hispana, Teresa Wilms permanece como uno de sus más grandes misterios, un eterno “pudo haber sido”, como alguien cuyo “barco amoroso se estrelló contra lo cotidiano”, como dijo en su mensaje de despedida otro suicida nacido en 1893: el poeta ruso Vladimir Mayakovski. MSJ

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Fuente: Artículo publicado en Revista Mensaje N° 705, diciembre de 2021.

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